miércoles, 6 de mayo de 2015

Once aldeanos

En 1898, un grupo de jóvenes estudiantes ingleses, aficionados a aquel nuevo deporte que pretendía hacerle la competencia del rugby en la vieja Gran Bretaña, decidieron fundar, en la capital de Vizcaya, un club de fútbol al que bautizaron como Athletic. Sus primeros partidos, en la bautizada como campa de los ingleses, atrajeron la atención de un centenar de vecinos que se acercaban, curiosos, a visionar aquel extraño deporte que se jugaba con los pies.

No tardaron los ingleses en dejar paso en el club a los jugadores nacidos en la tierra. La pasión por el fútbol fue tal que no hubo un joven de la zona que no quisiera formar parte de aquel equipo que había adoptado los colores azul y blanco en honor al Blackburn Rovers inglés. La popularidad del juego fue tal que el club se vio obligado a construir un nuevo campo de juego donde pudiesen acudir los miles de fieles que querían ver al equipo cada mañana de domingo.

Desde 1913, el Athletic Club de Bilbao, jugó todos sus partidos como local en el bautizado como Estadio de San Mamés. Con motivo del juego practicado en sus orígenes, el Athletic se convirtió en un equipo aguerrido de juego directo y eficaz, al más puro estilo británico. Aquella manera de jugar con todo y sin red les valió ganarse el sobrenombre de "leones". Con ello se hacía hincapié de la fiereza de los once tipos que vestían una casaca que había tornado en roja y blanca. Bandas de sangre y pureza.

La fama del equipo, lograda a base de victorias, le situó en el altar de los clubes más valorados del país. Suyo fue el primer doblete del fútbol español y solamente la guerra civil que estalló en España en 1936 fue capaz de frenar el ímpetu de un grupo dispuesto a escribir una historia con letras de oro.

Tras casi dos décadas de deriva institucional, el Athletic decide poner su futuro en manos del visionario Fernando Daucik. El entrenador húngaro, que había llegado a España de la mano de su cuñado Ladislao Kubala, había sido artífice desde el banquillo de exitoso Barça de las cinco copas. Entre sus ideas revolucionarias, había importado la figura del falso nueve que en la Hungría de los cincuenta había encarnado Hidegkuti y que Kubala había perfeccionado con la camiseta del Barça.

Entre sus arduas tareas, le tocó reconducir la transición entre la segunda delantera histórica y una nueva hornada de jóvenes que apretaban desde atrás. Aquella delantera hístórica que los viejos de lugar recitaban de memoria y que formaron Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza tuvo que dejar sitio a los Uribe, Aguirre o Artetxe que ya brillaban en el segundo equipo.

La dupla Panizo y Gaínza ha sido, hasta la fecha, la que más alegría, en concepción de fútbol bonito hablando, ha dado a la afición del Athletic de Bilbao. Eran dos jugadores excelsos que se entendían simplemente con mirarse. Por ello, la transición fue difícil en cuanto a Panizo se le acabó la magia con los años y Gaínza hubo de verse solo ante la apabullante juventud que pedía paso de forma descarada. Lo que algunos pensaron que duraría una eternidad apenas tardó en cuajar en un equipo inolvidable. Primero se ganó la copa del Generalísimo de 1955 con un solitario gol de Uribe ante el Sevilla, después vino el doblete de la siguiente temporada y en Bilbao se tuvo la sensación de que se volvía a ser todo lo grande que los más viajos habían augurado durante épocas anteriores.

Los días de vino y rosas se extendieron más allá de las fronteras de España. El equipo fue recibido por el Papa Pío XII quien les dio la bendición, uno a uno, a todos los jugadores de la plantilla. Era un grupo feliz, conjuntado, una tropa que jugaba de memoria. Quedaba el asalto a Europa y estaban dispuesto a emprenderlo como la más bella de las aventuras.

Primero cayó el Oporto. Los portugueses eran un buen equipo, rivalizaban en su país con un Benfica emergente e intentaban poner a Portugal en el mapa futbolístico europeo. Después cayó el Honved de Budapest y aquello fueron palabras mayores. Era el equipo de Puskas, de Bozsik, de Czibor y de Kocsis. Era un equipazo en toda regla, herederos de la fabulosa Hungría que había dominado el continente con puño de hierro durante el primer lustro de la década. Fueron dos partidos a cara de perro que el Athletic se terminó llevando por convencimiento, algo de suerte y puro fútbol. Porque era un gran Athletic, un equipo que competía hasta el tuétano y un grupo de amigos que soñaban muy fuerte.

El siguiente escollo era el Manchester United. Se había cambiado el año y el mes de marzo era frío como en la misma Siberia. Bilbao amaneció nevado la víspera del partido y dejó de caer nieve hasta el día después del épico encuentro. En San Mamés se vivió el que posiblemente sea el partido más memorable de su historia. El Athletic ganó por cinco goles a tres a un fabuloso equipo inglés capitaneado por Duncan Edwards y donde un incipiente Bobby Charlton hacía sus primeros pinitos. Nadie dudaba entonces de que aquel joven equipo sería algún día campeón de Europa.

Aquel fragor guerrero lo confirmó el United en el partido de vuelta. Con Old Trafford entregado a sus chicos, el Manchester arrolló al Athletic y le dejó sin el sueño de las semifinales. Tan solo el gran Real Madrid, el mejor equipo del mundo, pudo frenar a los descarados ingleses. En Bilbao quedó la sensación de oportunidad perdida y el recuerdo imborrable de dos tardes de fútbol completamente espectaculares.

Aquel partido significó el canto del cisne de un equipo que había nacido hambriento y terminó muriendo henchido de éxito. Han pasado sesenta años y el Athletic no ha vuelto a llegar tan lejos en la máxima competición. De repente, parecieron irse las musas. Se acabó la bendición papal y el equipo inició una cuesta abajo que terminó con la destitución de Daucik y el fin de un ciclo casi irrepetible.

Baltasar Albéniz, hombre de la casa, se hizo cargo del equipo empezado el año 1958. Las cosas iban mal y se hicieron esfuerzos para enderezar el timón. A pesar de los recientes éxitos, el público seguía añorando a Zarra. Había tipos con una extraordinaria visión y movilidad, pero no había goleadores tan excelsos como el viejo Telmo. Gaínza, que permanecía en el equipo a pesar de su veteranía, trataba de imponer su jerarquía, pero estaba lejos de ser el decisivo extremo que había vuelto locos a todos y cada uno de los defensas del fútbol español. Para colmo, la depresión se ahondó al verse el equipo hundido en el pavor que generó el accidente aéreo que terminó con la vida de la mitad de la plantilla de aquel Manchester que les había apeado un año antes del sueño europeo.

Se intentó enderezar el rumbo y se consiguió a medias. El equipo terminó sexto en liga y se centraron los esfuerzos en la copa, cuyas últimas rondas se jugaban una vez concluído el campeonato doméstico. El déficit económico había obligado al club a afrontar una temporada sin refuerzos. Habían subido chavales del filial, pero no habían sido todo lo fiables que se había supuesto. El equipo, pues, estaba en la manos de la magia de Uribe y Aguirre, dos tipos excelsos que jugaban por detrás del delantero y aportaban fútbol y goles. Fue por ello que, con la Copa por delante, ellos se vieron obligados a dar un paso al frente y tomar las riendas del equipo de cara a salvar la temporada.

Los rivales se fueron convirtiéndose en más difíciles a medida que avanzaban las eliminatorias. Primero cayó un buen Celta, al que eliminaron por un cuatro a cero en el global de la eliminatoria. Después cayó un Las Palmas que se estaba convirtiendo en un equipo muy difícil, pese a ello, el Athletic se llevó la eliminatoria por un global de cinco a cero. Por último, y como penúltimo escollo, quedaba el gran Barcelona de Kubala y Luis Suárez. El Athletic ganó dos a cero en San Mamés y refrendó su buen momento con un tres a cuatro en el Camp Nou. El pase a la final fue celebrado como un premio mayor. Esperaba el Real Madrid, el mejor equipo del mundo, quien no jugaba una final de Copa desde hacía once años.

El partido supondría, pues, la reedición de uno de los grandes clásicos del fútbol español. Ambos equipo se habían enfrentado en tantas ocasiones que se conocían casi de memoria. Si en los primeros años del fútbol patrio el Athletic había sido el equipo dominante, ahora era el Real Madrid el auténtico coloso casi imposible de batir.

El Athletic era el equipo con más copas en su haber, sin embargo, en aquella ocasión, su clasificación para la final se había considerado como una auténtica sorpresa. Nadie había esperado que el equipo que tan irregular marcha había seguido en la liga, se hubiese de plantar en la final de la Copa del Generalísimo. La Federación, por ello, y previendo que quizá no fuesen muchos los bilbaínos que viajasen para asistir a la final, dañados en su ánimo por la debilidad moral del equipo, propuso el Metropolitano como escenario de la final.

La fecha fijada para la misma es el veintinueve de junio, onomástica de Pedro y Pablo. Día festivo por entonces en España y día en el que resto del mundo estará pendiente de lo que ocurra en Estocolmo pues allí terminarán jugando la final del mundial la anfitriona Suecia contra la maravillosa Brasil. Aquel mismo día, además, el Barcelona jugará contra el Eschende el partido que servirá como homenaje al mítico extremo Estanislao Basora. El monstruo de Colombes.

En España, que la fecha coincidiese con la disputa de la final del mundial de fútbol daba un poco igual. Nuestra selección no se había clasificado para la fase final a disputar en Suecia y los organizadores de la federación habían pensado que, estando fuera de la competición el equipo nacional, a nadie le interesaría lo que ocurriese en Estocolmo un sábado cualquiera junio. Allí, como única representación española, estaría el juez de línea Don Juan Gardeazábal quien, entre carrera y carrera, disfrutaría desde la banda de los malabares de ese joven prodigio al que llamaban Pelé.

El Real Madrid, que venía de ganar liga y Copa de Europa, iba lanzado a por el triplete. El partido era un clásico, sí, pero el favoritismo caía, principalmente, de un solo lado. Aquello, sin embargo, no amedrentó a los dirigentes del Athletic. Sabedores de que tenían que aceptar Madrid como imposición directa al tratarse de la ciudad residencia del dictador Franco, en una bilbainada digna del mejor león, solicitaron el estadio de Chamartín como escenario de la final. "Vamos a ir a Madrid, vamos a jugar en Chamartín y vamos a traer la copa a Bilbao". Ni los más optimistas podían creer en aquella fanfarronada.

Los antecedentes no eran nada halagüeños. En liga, el Madrid había ganada por seis a cero como local y por cero a dos en San Mamés. Profanar aquel templo no era nada fácil en la época, pero el Madrid era mucho Madrid. Era el equipo que terminaba sus alineaciones de Di Stefano, Puskas y Gento. Canela fina.

En aquella época, el término Athletic estaba prohibido en España por ser considerado anglosajón. Llamar Atlético de Bilbao al equipo era la manera correcta de mostrar españolía y majestuosidad en el hablar. Pero ellos siempre fueron el Athletic en el corazón y en la memoria. Con aquella reivindicación, miles de bilbaínos invadieron Madrid y se abocaron a aquella tradición que decía que había un día cada mes de junio que Madrid se llenaba de vizcaínos. Por algo les llamaban "El rey de copas".

El partido sería televisado para Madrid. Era aún una televisión pública en pruebas y no había suficientes repetidores como para emitir la señal a toda España. Así pues, todos los bilbaínos que no hubieron conseguido entrada habrían de seguir el partido pegados al transistor.

En la previa, el Atlético le gana al Alicante por dos goles a uno la final juvenil. El público, inquieto ante un comienzo que no llega, se divierte a regañadientes con el espectáculo de veintidós chavales que sueñan con ser algún día futbolistas de verdad. Pero las estrellas de la noche son otras. El Madrid forma con Alonso, Atienza, Santamaría, Lesmes, Santisteban, Zárraga, Joseíto, Mateos, Di Stéfano, Rial y Pereda. Son bajas Kopa y Gento por lo que el equipo se verá obligado a atacar por el centro. Son los dos mejores extremos de Europa y los defensas del Athletic respirar aliviados ante su ausencia.

El Athletic, menos técnico pero con más brío, forma con Carmelo, Garay, Orué, Canito, Mauri, Etura, Artetxe, Marcaida, Arieta, Uribe y Gaínza. Eran once chicos nacidos y criados en Vizcaya. Once chicos de la tierre. Once hombres de casa.

La identidad, algo tan apropiado para afrontar los mayores retos, les estímuló el nervio. Aquello sirvió para que saliesen sin miedo a competir. La premisa táctica la tenían clara; repliegue y contragolpe. Y la manera de ejecutar el plan, también; velocidad y brío. A partir de ahí, balones largos a Arieta y Uribe guardando la espalda con Etura y Mauri. Es el Real Madrid quien se ve sorprendido con el planteamiento. Lejos de replegarse, el Athletic se abalanza a por cada balón. La presión asfixiante se traduce en dos robos y en dos buenas ocasiones que los bibaínos fallan en los primeros minutos de encuentro.

Pasado el cuarto de hora, Alonso salva un gol con una parada espectacular pero el infortunio del Athletic dura poco. Se acerca el ecuador de la primera parte cuando Gaínza recibe el balón en el costa izquierdo. Atienza no le aprieta por lo que tira un centro medido a la cabeza de Arieta quien remata con todo al poste. Parecía una ocasión marrada más, pero la pelota hace un efecto y termina en la portería del Madrid. 1-0. Salta la sorpresa.

Apenas tiene el Madrid tiempo para reaccionar cuando Uribe gana la pelota por el otro costado y la tira hacia atrás, rasa, para la llegada de Etura quien la pega con el alma al fondo de las redes. Corría el minuto veintitrés y la final se ponía cuesta arriba para los propietarios del terreno. Y aún pudo ser peor si Arieta acierta con un nuevo mano a mano que salva Alonso cuando la mitad del estadio ya celebraba un nuevo gol.

Había sido una media hora esplendorosa. Un tiempo que en Bilbao se recordará durante muchos años y que, las generaciones, irán mitificando haciendo creer que el equipo pudo ir ganando por diez al final del primer tiempo. No fue tanto, pero sí fue primoroso. Y si se recuerda con tanto entusiasmo es porque lo que vino después fue mucho peor. El Athletic se echó atrás, presto a guardar la ropa. El Madrid, sorprendido, se quedó sin ideas. Ni siquiera Di Stefano era capaz de cambiar el rumbo. En Bilbao, mientras tanto, miles de ciudadanos festejaban en silencio pegados al transistor y preguntándose si el tiempo seguiría pasando tan despacio antes de que el árbitro señalase el final del partido.

La superioridad del Athletic se hacía patente en cada lance. Quedaba claro que el partido había sido estudiado de antemano. Dos contra uno en cada acción, mucho sacrificio y movilidad arriba. En este aspecto destacó Arieta, con un partidazo soberbio. Tal fue su actuación que el encargado de marcarle, Santisteban, terminó siendo pitado por su propio público. Nada que hacer contra él. Si aparecía en el centro del campo, Santisteban siempre llegaba tarde, si aparecía en el área, era siempre ganando la espalda de Santamaría. Ambos soñaron durante meses con el ariete vasco.

Desesperada la retaguardia blanca y con Zárraga desaparecido, el Athletic se dedica a contener el partido y lo hace de una manera cómoda. Garay, Artetxe y Mauri forman un muro y, con la ayuda, de Canito, forman una línea de cuatro que ahoga a Di Stefano y Rial, los encargados de generar el juego de ataque, quienes se ven siempre en inferioridad contra los defensores vascos.

La segunda parte apenas ofrece emoción. El partido se va apagando, poco a poco, mientras languidecen las estrellas madridistas y se crecen, en defensa, los bizarros vizcaínos. Carmelo se dedica a perder tiempo, el público madridista pita, a su equipo y al propio Carmelo, el equipo responde con patadas a destiempo y Gaínza, sabedor de que la gloria de recoger la copa será suya, pide la pelota para hacerse dueño del último momento de gloria.

¡Qué grandes somos! Le gritó Artetxe a Gaínza cuando buscó el abrazo del capitán una vez hubo finalizado el partido. Más tarde, ya en frío, el propio Artetxe reconoció que había sido un partido mucho más fácil de lo esperado. Aún así, es el saludo final, Di Stéfano, que había jugado uno de los partidos más incómodos de su carrera, le confesó al propio Artetxe, dolido por la derrota: "No jugáis a nada". "Sí, pero os ganamos", le contestó este.

No fue del todo cierto que el Athletic no jugase a nada. Aquella tarde jugó una primera media hora fantástica. Luego, cierto es, se dedicó a dormir el partido. Una hora de juego trabado que quedó en la memoria de los frustrados perdedores. Cuando subió al palco a recoger la copa, Franco le dijo a Gaínza: "¿Otra vez usted por aquí?". El capitán sonrió y levantó el trofeo. Se convertía en el futbolista con más copas de España de la historia. Un hito aún no superado en la actualidad.

Aquel triunfo signficaba el séptimo entorchado del Piru y la tercera copa ganada por el Athletic en la década de los cincuenta. Con ella, el palmarés subía a veinte. Y todos querían más. La algarabía por la gesta se plasmó en un recibimiento apoteósico nada más pisar el equipo tierra vizcaína. Unas horas antes, haciendo parada y fonda en el burgalés pueblo de Ojeda, el presidente, Enrique Guzmán, les hizo saber que eran héroes y que como tal les iban a recibir.

El Alirón se escuchaba en las calles y plazas. Bilbao se echó a la calle, la ría se llenó de barcos pintados de rojo y blanco y muchos llegaron a exclamar que ellos eran los auténticos campeones de Europa. Les alimentaba el ánimo la legitimidad de saberse vencedores en su último duelo ante el campeón continental. Enrique Guzmán, desde el balcón del ayuntamiento, tomó la palabra:

- ¡Con once aldeanos les hemos pasado por la piedra!

Once chicos de Vizcaya habían reescrito la historia. Once hombres del Athletic habían levantado un país.

- ¡Hasta el año que viene!

Aquel saludo de despedida, tan cargado de promesa y voluntad, terminó convirtiéndose, con el tiempo, en una losa casi imposible de cargar. Aquel "hasta el año que viene" se alargó tanto que muchos aficionados llegaron a creerse malditos por algún capricho del destino. El Athletic, quien hasta entonces llevaba impreso en su razón de ser, el sobrenombre de "Rey de Copas", tardó ocho años en volver a disputar una final y once en total hasta que volvió a salir victorioso. Entonces ya no quedaba ningún aldeano de los que habían derrotado al gran Real Madrid de Di Stéfano. Aquellos once aldeanos que escribieron una bonita historia y dieron paso a una coplilla que, durante años, se tarareó por los alrededores de San Mamés en víspera de gran partido:

"Ya te lo dije, hermano. Que las cosas no están mal. Para ganar la final, nos basta con once aldeanos".



Fuentes: Iraizar.com, Wikipedia, As, Diarios de fútbol, El blog de Iñigo Landa, Miathletic.com, Cadena Ser, Pinterest.com, Bilbao.net, Mística del fútbol, Abc    Foto: Mística del fútbol

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