miércoles, 26 de septiembre de 2012

El toro del Bronx

Cuando, el día catorce de febrero de 1951, "Sugar" Ray Robinson y Jake Lamotta subieron al ring para enfrentarse por sexta vez, ambos sabían que aquel no sería un combate más en sus carreras. Las gradas del estadio Olympia de Detroit estaban alborozadas, no quedaba un asiento libre y los espectadores clamaban por ambos boxeadores como si el mundo se dividiese en dos: el bien y el mal; Robinson y Lamotta. Lamotta, el mejor perdedor de la historia, era el campeón, y Robinson, el mejor boxeador del peso medio, era el aspirante. Un combate a vida o muerte, una enésima revancha y en juego, más allá de un cinturón de campeón del mundo, había un orgullo, una reputación y un lugar escrito en oro en el libro de la historia del boxeo.

Los ojos de Robinson bebían sangre. Era un boxeador ambicioso, imparable en el mano a mano, rápido, estilista, vistoso, un espectáculo para los aficionados. Los ojos de Lamotta bebían odio. Igual que Rocky Graziano, Lamotta estaba marcado por el odio; había llorado lágrimas de sangre, había sudado un mar de lágrimas y había vivido más vidas que un gato. Se miraron a los ojos, se odiaron con la mirada y esperaron en el rincón el momento del gong. La campana marcaría para siempre sus destinos.

Giacobbe Lamotta, Jake para todo el mundo, nació en el corazón de Nueva York un caluroso día de verano de 1922. Pronto descubrió que la vida y el mundo no regalaban nada. Sus padres, sicilianos de nacimiento, buscaban en la capital del mundo la oportunidad que Philadelphia les había negado y encontraron en el Bronx un techo donde vivir y un trabajo donde ganar los dólares suficientes para llevar un pedazo de pan a casa.

El pequeño Jake era bajito y cabezón, testaduro, flaco y algo debilucho. Quizá por ello, los niños del barrio se cebaban con él propinándole fuertes palizas mientras jugaban a las peleas callejeras. Su padre no tardó en proporcionarle un arma y le dio un viejo consejo siciliano "o aprendes a defenderte o acabarán por matarte". Vida o muerte, aquello era el Bronx. Tras los primeros pinchazos asestados con el picahielos que le regaló su padre, los niños empezaron a respetarle; el flacucho iba en serio. Pero pronto aprendió, que el verdadero respeto se ganaba con los puños. La primera gran paliza se la proporcionó a su hermano Joey el día que le vio flirtear con su primera novia, pero fue la paliza asestada al librero Harry Gordon la que le atormentó durante gran parte de su vida.

Gordon, quien regentaba una librería en un callejón del Bronx, se disponía a cerrar su negocio cuando vio llegar a un jovenzuelo corriendo directamente hacia él. "Está cerrado", le espetó. Pero el chico no venía a saludar y, mucho menos, a comprar libros. Era Jake Lamotta quien, armado con una barra de acero, golpeó incesantemente su cabeza y no cesó hasta comprobar que había perdido el sentido. Buscó en los bolsillos de la chaqueta y se llevó la cartera sin comprobar su contenido antes de salir corriendo. La primera angustia llega en forma de decepción al comprobar que la cartera no tiene un solo dólar en su interior. La segunda angustia llegará en forma de impacto al hojear el periódico del día siguiente: "Matan al librero Harry Gordon en un atraco y se dejan la recaudación del día que guardaba en el bolsillo delantero del pantalón". Aquello terminó por superarle. Se consideraba un chico rebelde, sin muchas aspiraciones en la vida, un ladronzuelo de poca monta con ínfulas de importancia, pero no quería ser un asesino. Atormentado por sus propios actos, Lamotta se convierte en un joven arisco y encerrado en sí mismo, un peligro público que corre demasiados riesgos sin importarle el peligro. Tras uno de sus numerosos robos es detenido por la policía y encerrado en un reformatorio. Tenía dieciséis años y una ficha policial demasiado cargada de delitos como para seguir dejándole suelto por las calles.

Lamotta siempre pregonó que había tenido dos escuelas: La calle y el reformatorio. Tras cumplir dos años de prisión y alcanzar la mayoría de edad, regresa a la calle con intención de redimirse. No le sería fácil; la mala fama y la depresión económica no le daban muchas alternativas. Curtido por los golpes recibidos durante su encierro y deseoso de descargar toda su frustración, se presenta en el gimnasio de Mike Capriano para aprender lecciones de boxeo. Capriano, perro viejo de la calle y maestro de más de mil jóvenes, le hace la pregunta más existencial de su corta vida de pendenciero. "¿Por qué quieres pelear?". "No quiero, me obligan. Pelear es algo natural para mí". Con esa premisa se sube al ring y descarga sus puños en sus compañeros de gimnasio. Su hermano Joey, empeñado en sacarle del agujero, le insistía; "No lo pagues con el mundo, Jake, descarga tu rabia en el ring. Toda tu rabia en el ring".

Así lo hizo. Pronto conoció el sabor de la sangre mezclada con el lilimento y, para sorpresa propia, descubrió que le gustaba. Alternó sus primeros combates entre el peso medio y el semipesado y alcanzó un ranking de 14-0-1 en sus quince primeras peleas. Por su forma de fajarse en el cuadrilátero y su forma suicida de pelear, fue bautizado como el Toro del Bronx. Lamotta, que seguía atormentado por la muerte del librero Gordon, se presentaba en los combates con la nariz aplastada y la voz gangosa buscando intimidar al adversario. Poco a poco se fue labrando un prestigio hasta caer derrotado contra Jimmy Reeves en Ohio, en un duro combate que creyó haber ganado de principio a fin. Enfadado con los jueces y aprendiendo que nadie seguiría regalarle nada, se volvió más uraño y más duro si cabe. Una roca imposible de derribar. De esta manera, alcanzó las treinta peleas con un record de 27-4-2. Ya era un tipo conocido en el mundo pugilístico y solamente le quedaba un paso: pelear contra el mejor.

La primera pelea contra "Sugar" Ray Robinson tuvo lugar en 1942 en el Madison Square Garden de Nueva York. Lamotta, descuidado por la fama, se presentó en el pesaje más gordo de lo habitual y terminó pagando el sobrepeso en forma de fatiga. Robinson le castigó con su famoso uno-dos y terminó ganando aquel combate a los puntos.

Aquella derrota supuso un punto de inflexión en la carra de Jake Lamotta. Avergonzado por su falta de profesionalidad, trabajó a tope para volver a los primeros lugares del ranking y se citó de nuevo con Robinson en Detroit el cinco de febrero de 1943. Aquella pelea fue colosal; Lamotta aguantó en pie el castigo de Robinson y se lanzó a un intercambio de golpes suicida. En el penúltimo asalto, con las cartulinas de los jueces echando humo, El toro del Bronx descargó un gancho de izquierda brutal sobre la mandíbula de Robinson. El ídolo de masas, el profeta del pueblo negro americano, cayó desplomado a la lona y se enfrentó sin remedio a la cuenta fatídica de diez. No llegó a completarse porque la campana sonó cuando el árbitro iba por el nueve. Pero Lamotta sabía que Robinson no podía seguir teniendo tanta suerte y, aprovechando su aturdimiento, se propuso castigarle con un último asalto bestial. Robinson aguantó de pie, pero los jueces impartieron objetividad y dieron como ganador a Lamotta quien celebraba la victoria en la esquina mientras Ray Robinson mascaba el sabor de la derrota por primera vez en su carrera.

La federación de boxeo, viendo el filón económico que suponía la rivalidad generada entre Robinson y Lamotta, no tardó en conceer una nueva oportunidad para la revancha. Veintiún días después, y de nuevo en Detroit, ambos púgiles volvían a subirse al ring para ofrecer un nuevo espectáculo. Robinson, con la lección bien aprendida por la derrota anterior, mantuvo a distancia a Lamotta mientras castigaba su rostro con su rápido uno-dos. Los espectadores que abarrotaban, una vez más, el Olympia Stadium, se preguntaban cuando llegaría el gran golpe de Lamotta. No tuvieron que esperar tanto como la última vez; esta vez fue en el séptimo asalto y de nuevo fue un gancho de izquierda a la mandíbula. Como si de una mala broma del destino se tratase, una vez más, a Robinson le salvó la campana cuando la cuenta iba por el número nueve. Con mucho más tiempo para recuperarse que en el combate anterior, Robinson se abrazó a Lamotta para dejar pasar el octavo asalto y recuperó fuerzas para seguir castigando su rostro sin piedad. Los jueces, de nuevo imparciales, dieron la victoria a "Sugar" por unanimidad y Lamotta bajaba del ring derrotado en el orgullo pero con todo el aliento de la grada en su espalda. Había nacido un nuevo héroe.

Envalentonado por el ánimo que le insuflaba la calle, Lamotta siguió preparándose para ser el mejor. En ataques cada vez más suicidas, fue sumando victorias y aprovechó el momento para volver a citarse con Jimmy Reeves. El pequeño toro había cambiado; ahora era más fuerte y no conocía el dolor. Todo un peligro en el ring. Con el rencor por la injusticia cometida en Ohio dos años antes aún latente en su orgullo, se lanzó a por Reeves desde el primer gong y no cesó en su empeño hasta tumbarle en el sexto asalto. El toro estaba desbocado. Poco después derrotó a un buen boxeador como Fritzie Zivic y retó a un nuevo combate a "Sugar" Ray.

En 1945, Robinson y Lamotta volvieron a enfrentarse en dos ocasiones y en las dos, el vencedor fue Sugar. En cualquier combate, y contra cualquier rival, aquel Robinson pletórico hubiese finiquitado el combate en tres o cuatro asaltos a lo sumo, pero pelear contra Lamotta era distinto. Cuando peleaban contra el campeón, la mayoría de los boxeadores renunciaban al cuerpo a cuerpo y a menudo sucumbían, exhaustos, ante su juego de piernas. Robinson era un uno-dos constante, nunca se cansaba. Pero a Lamotta le divertía aquel juego; cuanto más le pegaba Robinson, más se crecía en la adversidad. No cesaba de entrar en la guardia, siempre buscando un golpe, siempre fajándose en el cuerpo a cuerpo. Robinson ganaba siempre a los puntos pero siempre bajaba del ring con la sensación de no haberle ganado del todo. Todos caían, pero Jake Lamotta siempre permanecía en pie.

Lamotta era como una roca indestructible ante los azotes climatológicos. Se le podía erosionar, se le podía castigar durante un combate entero, pero él siempre permanecía inquebrantable, nunca doblaba, nunca se quejaba. Gran culpa de aquello la tenía su inmunidad al dolor; fue él mismo quien llegó a declarar "Peleo como si no mereciese vivir". Realmente, él mismo creía que no merecía vivir. Llevaba casi una década sintiéndose un asesino arrepentido, pero la culpa no le servía de nada, solamente para sentirse aún más despreciable. Era por ello que creía merecerse cada golpe que recibía y era por ello que buscaba más y más golpes en cada pelea. Y era entonces cuando reaccionaba. Necesitaba que le pegasen, necesitaba expiar cada pecado en el puño de cada rival.

Fuera del ring era aún peor. Atormentado por la culpa, el ídolo de masas se había convertido en un tipo irreconocible, huraño, agresivo, irascible. Un matratador que jugaba a los sacos de boxeo con todas sus parejas, un celoso recalcitrante que necesitaba reivindicarse en cada combate cada vez que una de sus mujeres le hablaban de lo guapo que era su siguiente rival. Quien más pago el pato fue Tony Janiro, quien después de recibir un halago en privado por parte de su esposa Vicky, recibió una paliza que le mandó al hospital. Cuanto más miraba su cara bonita, más ganas tenía de destrozársela.

Valiente dentro del ring, huraño y desconfiado fuera de él, Lamotta juega con su destino el día que rechaza recibir a los matones de la Mafia. A partir de entonces su vida profesional se convierte en una tortura; ningún promotor le llama, ningún rival le reta y la federación parece haber olvidado su nombre. Aconsejado por su hermano Joey, quien se había convertido en su mánager y único confidente, decide descolgar el teléfono y hacer esa llamada que siempre quiso evitar. El precio a pagar será caro. En primer lugar, la Mafia le "invita" a perder un combate fácil contra Billy Fox a cambio de que algún capo se forre en una casa de apuestas y más tarde le piden veinte mil dólares en concepto de gastos de gestión como fianza a pérdida a cambio de un combate por el campeonato del mundo.

El caso es que la extorsión recibida al final tuvo su fruto y el campeón francés Marcel Cerdan viaja a Detroit para enfrentarse a Lamotta y defender así su corona. Nadie debió haber avisado al Cerdan de contra quién se enfrentaba; Lamotta, ebrio de gloria y rabia, le castigó hasta que le hizo gritar "basta". Avergonzado por la derrota, Cerdan aceptó una revancha que jamás se disputaría puesto que el avión que le conducía de vuelta a los Estados Unidos se estrelló sin dejar ningún superviviente.

Durante la noche que venció a Cerdan, Jake Lamotta espantó todos sus fantasmas. El primero tenía forma de cinturón dorado y el segundo tenía la figura encorvada de un anciano cuyo rostro era igual al del librero Harry Gordon. Enfundado en su bata de leopardo, Lamotta se dispuso a recibir a todo aquel que le quisiera felicitar y su respiración se cortó cuando vió a Gordon ante la puerta del vestuario. Frotó los ojos, imploró al cielo y estrechó una mano. No era una visión, era el hombre al que había matado doce años antes en un callejón del Bronx. "No puede ser, usted está muerto". "No, Jake, no estoy muerto. La prensa se precipitó y un buen médico me salvó la vida. Y ahora he venido para perdonarte".

Aquello fue más de lo que pudo haber pedido. Durante los siguientes meses se dedicó a vivir, a descuidarse y a presumir por el campeonato obtenido. "Le gusta tanto el cinturón de campeón del mundo que incluso se lo pone para dormir", llegó a declarar su esposa. La vida ya no era una jungla en mitad de una tormenta; había motivos para disfrutar y Lamotta lo estaba haciendo. Tanto que hasta llegó a olvidarse que tenía obligación de defender su cinturó y que algún día debía volver al ring para ponerlo en juego.

La primera defensa fue contra Tiberio Mitri, un boxeador italiano que le llevó hasta el decimoquinto asalto y al que terminó derrotando a los puntos. La segunda defensa le enfrentó al francés Laurent Dauthuille al que noqueó en el último segundo del último asalto después de haber sido dominado durante todo el combate. Y la tercera defensa se produjo el catorce de febrero de 1951 y enfrente tendría, por sexta vez, a "Sugar" Ray Robinson, convetido, ya, en leyenda viva del deporte.

En el pesaje previo, Robinson enseñó sus músculos y se bebió de un trago un vaso de sangre de toro. Era su manera de decirle al mundo lo fuerte que se sentía y como iba a aplastar a Lamotta en la noche siguiente. Y la verdad es que los nueve primeros asaltos no dijeron mucho a favor de Robinson quien rehuyó el cuerpo a cuerpo y se dedicó a bailar alrededor de Lamotta sin apenas castigar su rostro. Fue en el décimo asalto donde comenzó la épica. Lamotta, harto de esperar un ataque para pasar al contraataque, se fajó en cuerpo de Robinson hasta hacerle caer al suelo. Parecía que el campeón iba a retener su título que las fanfarronadas de Robinson en la previa no eran más que ínfulas de un tipo subido en una nube. Pero Ray Robinson no era un boxeador cualquiera, era el mejor. Saltó enrabietado de su taburete cuando sonó el gong que daba inicio al undécimo asalto y se cebó con todas sus ganas en el rostro de Lamotta quien comenzó a manar sangre como si de una fuente se tratara. La gente aterrorizada ante aquel dantesco espectáculo, prefería tapar los ojos y gritarle a Lamotta que se tumbase; era imposible que aguantase en pie un castigo así. Pero Lamotta aguantó los tres minutos del undécimo asalto y desoyendo los consejos de su esquina, se puso en pie para disputar el duodécimo parcial. En lo que aún hoy se recuerda como el asalto más sangriento de la historia del boxeo, Robinson castigó la cara de Lamotta hasta casi desfigurarlo, pero Lamotta, lejos de caer, incitaba a Robinson para que no cejase en el castigo. "Vamos, Ray, ven aquí, veamos si eres capaz de derribarme, vamos", le espetaba. Y Robinson fue, y siguió pegando y pegando hasta que el árbitro se interpuso entre ellos y puso fin a la carnicería. Levantó los brazos del nuevo campeón y le mostró al mundo las virtudes de un boxeador inigualable. Los asistentes se agolparon sobre la esquina de Lamotta, pero Jake era demasiado orgulloso como para dejarse amedrentar por una veintena de golpes, se zafó del mundo, buscó a "Sugar" Robinson y le gritó tan alto que incluso el pabellón quedó en silencio. "Oye, Ray. No me has derribado. Jamás me vas a derribar". Jamás volverían a enfrentarse y Lamotta jamás volvió a ser un boxeador lo suficientemente fiable como para otorgarle la esperanza de optar al campeonato del mundo.

Al día siguiente, la prensa bautizó el combate como "La masacre de San Valentín". La gente hablaba de un perdedor que luchaba como un ganador, pero poco a poco le fueron perdiendo la fe. Hubo un día que el público admirada a un boxeador valiente, pero tras aquel catorce de febrero, muchos puristas comenzaron a rechazar a un boxeador temerario. Peleado con el libro de estilo y acuciado por la crítica, Lamotta comenzó a gastar su dinero en alcohol y mujeres. Fue una cuesta abajo demasiado dura, una autodestrucción a cámara lenta. Primero le abandonó su mujer y después le abandonó el boxeo. Tras caer derrotado ante Billy Kilgore, decide colgar los guantes y poner fin a su carrera profesional.

La caída a los infiernos le llevó de nuevo hasta la cárcel. Propietario de un club nocturno y desencantado por la vida, inició una relación con una menor de edad que no tardó en cantar la traviata ante la policía poco después de que el propio Lamotta, arrepentido, confesase el amaño en el combate ante Billy Fox. Sin blanca y sin más futuro que una botella de whisky, inicio una breve carrera como comediante al tiempo que veía como la federación de boxeo le borraba, como si de un apestado se tratase, de las listas de grandes púgiles de la historia. Nunca entró en un salón de la fama y sintió un profundo dolor en el alma el día que no fue invitado al homenaje a "Sugar" Ray Robinson. Precisamente él, que había sido el primer boxeador en hacerle besar la lona.

El verso libre del ring se transformó en un adulto tranquilo que aprendió a pedir perdón y a perdonarse a sí mismo. Encontró una nueva mujer, un empleo estable y un bar alejado del mundo donde poder contar su historia a los clientes que le quisieran escuchar. Uno de ellos le aconsejó escribir una autobiografía y el libro cayó en manos de un director de cine. Scorsese pidió contar su historia y Robert de Niro le convirtió en leyenda en la gran pantalla. Tras el estreno de "Toro salvaje", al que había acudido toda la gente que le había importado a lo largo de su vida, y aterrorizado ante lo que había visto en el cine, se acercó a Vicky, su ex mujer, y le preguntó, casi llorando "¿Yo era así?". Vicky guardó silencio unos segundos y recordó los años de tortura. "No", le contestó. "Tú eras peor".



Fuentes: Wikipedia, Algo más que cine, Notifight.com, mvidal.es, ABC, imdb, elseptimoarte.net, Jot Down    Foto: The G Manifiesto

martes, 18 de septiembre de 2012

El penalti de Panenka

El Bohemians era el tercer equipo de la ciudad de Praga. Demasiados años a la sombra del Sparta y del Slavia como para ser considerado un equipo temido; tenía sus destellos, sus tardes de gloria y alternaba sus victorias con algunas derrotas inesperadas que siempre le trasladaban a la mitad de la tabla clasificatoria. Un clásico de la liga checoslovaca, pero no un equipo grande. Como bien apuntaba su nombre, representaba a los nostálgicos de la ciudad, a los bohemios y evocadores que soñaban con un fútbol clásico, donde la disciplina quedase más allá de la línea de cal y donde los goles se celebraran con abrazos sinceros. El más bohemio de todos era su centrocampista estrella, un tipo bajito, de anchas caderas y caminar pesaroso que flotaba por la cancha a cámara lenta y tocaba el balón con la elegancia de los artistas. Se llamaba Antonin Panenka y era un fijo en las convocatorias de la selección checoslovaca.

Checoslovaquia se enfrentó a la Unión Soviética en el duelo a doble partido de los cuartos de final de la Copa de Europa de Naciones de 1976. Aquello, tras los años de represión comunista, era más una oportunidad para la venganza que un simple partido de fútbol. La ciudad de Praga llenó el estadio en la ida y se volcó con el corazón junto al transistor mientras escuchaban la narración del partido de vuelta. Fue una dulce victoria, Checoslovaquia dejó en la cuneta al opresor y picó billete destino a Yugoslavia, lugar donde se celebrarían los últimos partidos del torneo. En realidad, aquella fue la última edición de una Eurocopa que se jugó sin una sede fija, la Uefa ya había acordado que el siguiente torneo se celebrase en Bélgica y que allí se disputaran tanto las fases de grupos como las rondas definitivas.

Vaclav Jecek, seleccionador checo, había juntado a una generación de buenos futbolistas en el orden táctico con un par de figuras en el orden técnico. Por encima de todos destacaba Panenka, un futbolista diferente que no necesitaba correr para jugar al fútbol, más que nada, porque correr lo agotaba como a un burro desentrenado. Por ello, neesitaban imperiosamente desactivar el juego de Holanda en el partido de semifinales si no querían que se convirtiese en un angustioso correcalles que terminase por desfondarles a la media hora de juego. Jecek planteó un partido físico y ordenó férreos marcajes individuales sobre Cruyff, Rep y Reensenbrinck. La desesperación holandesa se hizo patente con el paso de los minutos y tanto Neeskens como Van Hanegem fueron expulsados tras cometer sendas agresiones fruto de la frustración. El mundo futbolístico, que esperaba la reedición de la final del mundial de 1974, tuvo que ver como Checoslovaquia daba la gran sorpresa y derrotaba a Holanda bajo un aguacero monumental tras anotar dos goles en la prórroga y establecer un contundente tres a uno que no dejaba lugar a dudas.

Checoslovaquia y Panenka eran finalistas, pero Alemania, un rodillo sin compasión ni puntos débiles, era la gran favorita para hacerse con el título. La noche antes de la final Panenka conversaba con su amigo Viktor, portero del equipo nacional y compañero de habitación. Analizaban los puntos débiles del rival y bromeaban sobre alguna cuestión mundana. En la conversación salió el nombre de Maier, portero alemán. "Qué porterazo", exclamó Viktor, admirado por las cualidades de la araña del Bayern Munich. "Como haya un penalti se lo voy a tirar como tú y yo sabemos", desafió Panenka. "Ni se te ocurra", sentenció su compañero.

Y a fé que hubo penaltis. Checoslovaquia se puso dos a cero pero Alemania, siempre fiel a su estilo y a sus actos de fé, no cesó su esfuerzo hasta empatar en el último minuto. Fue un palo difícil de digerir para una selección checa exhausta después de dos prórrogas y tras haber acariciado la copa durante tantos minutos. Con el empate a dos el partido debía morir en la tanda de penaltis. Masny, Nehoda, Ondrus y Jurkemik anotaron para Checoslovaquia y Bonhof, Flohe y Bongartz lo hicieron para alemania. La tanda estaba en cuatro a tres cuando le tocó en turno al excelso Hoeness quien mandó la pelota a las nubes. Quedaba un lanzamiento y era para Panenka.

Antonin buscó a Viktor con la mirada y asintió ligeramente; había tomado una decisión. Viktor agachó la cabeza y decidió mirar al suelo, aquello era el suicio deportivo más mediático al que había asistido. Frente a Maier, Panenka colocó el balón y buscó un duelo de miradas. "Aquí estamos". Jugando en el Bohemians hubiese sido imposible enfrentarse al Bayern, hubiese sido imposible intentar anotarle un gol al mejor portero del mundo. Panenka no había anotado ningún gol en la Eurocopa, pero llevaba muchos años lanzando penaltis. Una tarde, tras un entrenamiento del Bohemians, y cansado de perder apuestas con el portero Hruska, ideó una manera de marcarle un gol desde los once metros. Se trataba de mantener la mirada, acomodar el cuerpo en un amago de lanzamiento esquinado y posteriormente tocar el balón con suavidad con el empeine. El balón se elevaba lentamente, Hruska se lanzaba hacia un lado y la pelota terminaba mansamente en gol por el centro de la portería. Era la obra de un loco.

Pero Panenka era un loco feliz. Como había hecho con Hruska amagó un lanzamiento esquinado mientras desandaba la carrerilla, Maier se venció a la izquiera y en ese momento, tic, se paró el mundo. Panenka tocó el balón sutilmente, con el empeine de su bota derecha y el balón se elevó suavemente en una vaselina interminable. Igual que su juego pausado, el disparo de Panenka se dirigó a la portería a cámara lenta y el loco feliz supo que era gol antes de que la pelota besara las redes. Levantó los brazos, dio media vuelta y, en su celebración, buscó a Viktor. Sus miradas hablaron; "Estás loco", dijo el portero. "Sí", contestó él, "pero soy un loco feliz". "Siempre he entendido el fútbol como una manera de divertirme", aquella sentencia definió su personalidad y aquel penalti definió su leyenda. Panenka, que no hizo mucho más a nivel internacional, dejó un instante para la historia y una esquela para la memoria. Un penalti con denominación de origen que hizo saltar una sorpresa y alumbró el nacimiento de un mito.



Fuentes: El País, Wikipedia, Eurocopa.de, Uefa.com, Osclassicos.com, Siguelaroja.es, Sport, Gente digital, bdfutbol.com, Goal.com, Sacatipa, Hombres de honor, As    Foto: Mercafútbol

lunes, 10 de septiembre de 2012

La playa del Gurugú

En el verano de 2001 el Getafe Club de Fútbol buscaba su identidad planificando sus visitas a los campos de la Segunda División B. Inmerso una grave crisis económica y con un nuevo estadio al que no accedía ni un cuarto de su capacidad en cada partido de domingo, el nuevo técnico, Felines, había confeccionado una plantilla bastante bien dotada en el aspecto técnico y con serias aspiraciones de liderar el grupo de cara a regresar, por cuarta vez en su historia, a la Segunda División del fútbol español.

Entre los componente de la plantilla se encontraba Sebastián Gómez Garrido, futbolísitcamente conocido como "Sebas". El defensor central, que ya había fichado por el equipo durante el verano anterior, se reincorporaba a la plantilla después de una exitosa cesión en el Gandía. Este futbolista de perfil bajo, que había pateado campos de tierra y barro en busca de un sueño, regresaba a Getafe con la promesa de sentirse un futbolista importante por primera vez en su vida.

Corrían los últimos días del mes de agosto cuando el entrenador decidió dar unos días de asueto a sus chicos en pos de que se despejaran y olvidasen, por unos momentos, toda la tensión competitiva que estaba a punto de echárseles encima. Faltaba una semana para que comenzara la liga y Sebas viajó a Castellón para pasar unos días con la familia y alternar un par de noches con sus amigos de toda la vida. Junto a la playa del Gurugú, tomaba unas copas en un pub cuando se fijaron en un grupo de chicas. No le costó demasiado esfuerzo ligarse a una de ellas y proponerle un plan nocturno sobre la arena de la playa. Eran las cuatro de la mañana cuando la pareja retozaba en la arena y cuando un desconocido se acercó para orinar en la oscuridad.

Todo sucedió demasiado rápido. Sebas se levantó enfurecido, acusó al desconocido de mirón y le persiguió hasta darle caza y soltarle dos puñetazos en el rostro. El otro se echó atrás, sacó una pistola, disparó tres veces y salió corriendo antes de comprobar como su agresor caía inerte sobre la arena dejando un río seco de sangre que le nacía del pecho. Le habían perforado la arteria aorta con una bala.

El desconocido, quien tiró la pistola al mar en el puerto mientras corría en busca de un lugar donde protegerse, terminó confesando su crimen a la mañana siguiente. Igual que Sebas, también venía de Madrid, e igual que Sebas, también disfrutaba de unos días de permiso. La situación se enmarañó aún más cuando se dio a conocer que el tipo era un policía en activo que pasaba unos días de vacaciones en Castellón y caminaba por la calle con el arma reglamentaria bajo el pantalón.

A Sebas le quedaban dos semanas para cumplir los veintiséis años, tres mil personas salieron a las calles de Vila-Real para darle el último adiós y sus afectados compañeros del Getafe portaban el ataúd que terminaría sepultado para siempre en una tumba, igual que aquellos sueños que dibujaron a un joven ilusionado como un futbolista importante por primera vez en su carrera. El incidente unió aún más a la plantilla que aquella temporada firmó unos registros históricos y ascendió a la Segunda División. Fue en la primavera del año siguiente, unos meses después de que Ángel Torres accediera a la presidencia del club. El equipo, el estadio y la ciudad se acordó de Sebas. Un par de años más tarde el Getafe ascendería a primera y el recuerdo de Sebas se fue borrando mientras otros ídolos iban llenando el corazón de los aficionados.

El policía que disparó contra Sebas fue condenado a cuatro años de cárcel a pagar una multa de ciento veinte mil euros. La familia, que consideró que la vida de Sebas tenía muy poco valor para la justicia, recurrió la sentencia alegando trato de favor por parte del tribunal. Son los litigios oscuros de la realidad. La justicia se paga con injusticia y las agresiones se pagan con la vida. Desde hace once años hay un recuerdo en Getafe para un chico que quiso ser defensa titular y no llegó a debutar con el primer equipo. El recuerdo se apaga y las balas siguen ardiendo en la conciencia de quienes obviaron la verdad. Quizá él no hubiese jugado nunca en Primera, pero si alguien hubiese optado por denunciar una agresión antes de consumar una macabra venganza, seguramente Sebas aún estaría vivo y recordaría a aquella chica que se llevó a la playa del Gurugú en los últimos días de agosto.



Fuentes: Getafeweb, azulones.com, As, El País, ciao.es, ABC, El Periódico Mediterráneo, Las Provincias, bdfutbol.com  Foto: ABC