miércoles, 18 de octubre de 2017

La edad de oro

El chico zurdo acudió al torneo acompañado de su madre. Era rubio y tenía la mirada asesina de quien busca la gloria en cada instante. El rival, Roy Emerson, era más que una leyenda. Un Dios vestido en pantalón corto que pegaba bolas profundas y leía el juego como un maestro. Realmente aquella era la palabra adecuada. Maestro. El australiano había ganado doce títulos de Grand Slam y a los treinta y cuatro años estaba más para lo grueso que para lo fino, pero aún le quedaba tenis y, sobre todo, ganas de competir. Pero el chico rubio era más rápido, más fuerte y más agresivo. Le sacó de la pista y le ganó con una facilidad tan pasmosa que más de uno pidió anotar su nombre. "Se llama Jimmy Connors", dijeron, "tiene dieciocho años y la mujer que le acompaña, además de su madre, también es su entrenadora".

Un año después, aún como jugador amateur, rompió el molde en el campeonato de la Unión Atlética Universitaria de América. Se impuso a cada uno de sus rivales con un estilo directo y agresivo. Sin pausa, sin concesiones, sin descanso. Por entonces ya le llamaban Jimbo y como una especie de aeroplano que sobrevolaba por la pista, se lanzó al profesionalismo de la mano del sempiterno Pancho González; entrenador de estrellas y pulidor de diamantes. Era el comienzo de una carrera legendaria, y ya sólo en su primer año en la élite, ganó once títulos sobre superficie dura.

Por aquel entonces ya era casi imparable. Con un estilo agresivo y golpeo plano de la pelota, se había convertido en el mejor jugador del mundo en apenas tres años como profesional. En 1974 levantó tres trofeos de Grand Slam; Open de Australia, venciendo en la final a Phil Dent y Wimbledon y Open de Estados Unidos, después de ganar a Ken Rosewall en dos finales sin mucha historia. Porque lo suyo era ganar por la vía rápida; como un pegador profesional en el cuadrilátero, su estilo directo e insistente, le había llevado al número uno y a ser el terror del circuito. “Jugar con Connors es como pelear con Joe Frazier. Siempre viene hacia ti. Nunca para”, llegó a decir uno de sus contrincantes.

Pero aquel Joe Frazier habría de encontrarse con su Mohammed Alí particular. Como todo gran héroe, o incluso como un buen villano, nunca hubiese sido nadie de no haber aparecido una némesis a su altura. Aquel mismo año de 1974, un joven sueco que pocos años antes practicaba el tenis en el garaje de su casa, se alzó con el único título de Grand Slam que Connors no quiso disputar. Se convertía, de esta manera, en el jugador más joven en ganar en París después de derrotar en la final a Manuel Orantes tras una épica remontada. Días atrás nadie conocía su nombre y, de repente, como una estrella del rock surgida de la nada, medio mundo se enamoró de Bjorn Borg después de alzarse con la Copa de los Mosqueteros en su primera participación en Roland Garros.

Borg era lo opuesto a Connors. Dados sus comienzos como jugador de hockey sobre hielo, y sus andanzas en la fría Escandinavia, había forjado un carácter frío y casi intranquilizador. Era un martillo desde el fondo de la pista; constante, incansable, con una derecha eficaz y un revés imposible. En 1972, con dieciséis años, había debutado como componente en el equipo sueco de la Copa Davis. Un año después, sufriría ante Orantes su primera derrota en la competición por países y allí, en el corazón del tenis sobre arcilla, había vengado aquella derrota dejando al español a las puertas de una gloria que jamás volvería a alcanzar.

Sería el comienzo de una frenética y exitosa carrera. Ese mismo año ganaría siete torneos sobre las cuatro superficies, lo que le convertían en un todoterreno del juego de raqueta. Pero para entonces, el número uno ya tenía dueño. Connors, sabedor de su dimensión en el circuito, se enfrentó a la ATP por un sistema de competición que consideraba inhumano y se enemistó con gran parte del estamento tenístico en un momento que alcanzó su punto más álgido en la disputa del torneo de Wimbledon de 1975. Connors, estrella y referente del tenis mundial, cruzó una apuesta con su compatriota Arthur Ase, un tipo callado y honesto, que odiaba el ruido y las nueces de su rival. En un pacto entre caballeros, Ashe le promete a Connors, que si consigue llegar más lejos que él en ese Wimbledon, retirará todas las trabas sobre su persona, y le dejará jugar torneos fuera del circuito ATP con su correspondiente compensación económica. Aquella propuesta es un caramelo para Jimbo, que acepta sin dudar aun sabiendo que si perdía la apuesta habría de verse ligado por siempre al yugo de la ATP con sus causas y sus consecuencias. Pero ¿Por qué habría de perder? Él era el número uno del mundo y Ashe sólo un buen jugador más. Pero las rondas van pasando y el mundo, que desconoce la intrahistoria de aquel apretón de manos clandestino, observa, asombrado, como el bueno de Arthur Ashe realiza el torneo de su vida y va pasando rondas con la eficiencia de los mejores. Connors, por su parte, tampoco tiene demasiados problemas por su lado del cuadro y consigue confirmar los pronósticos plantándose en la final. Allí le esperará, para sorpresa de todos, el incombustible Arthur Ashe, que ha debido sudar sangre y tinta para derrotar a Roche en la semifinal. Así pues, el futuro de la ATP, debería dirimirse, como una gran película, en la final del torneo más importante del mundo. Connors, enérgico y joven, confiaba en doblegar a un Arthur Ashe que ya contaba con treinta y dos años y había pasado media vida luchando contra los intransigentes. Debido a su condición de afroamericano en una época en la que la que la lucha por la integración se dirimía a golpes, hubo de luchar el doble para conseguir menos de la mitad. Pero allí estaba, pletórico de moral y dispuesto a salvar la vida a la Asociación de Tenistas que él mismo había encabezado como líder fáctico durante los últimos años.

La final pasó a la historia como uno de los mejores partidos de Ashe. Fue, en realidad, su canto del cisne, pero un canto tan espléndido y celestial, que hubo merecido la pena todo lo anterior y lo posterior por haber podido disfrutar de aquel pedazo de gloria. Cuando Ashe se acercó a la red para saludar a su rival, sabía que aquel segundo apretón de manos iba a salvar la competición tenística y, al mismo tiempo, a pesar de la derrota física y moral, Connors sabía que, con ATP o sin ella, él seguiría siendo el mejor tenista del circuito por lo que debía recomponer su ánimo y preparase para regresar allí y levantar de nuevo una copa que, derrotado o no, consideraba como suya.

Como gran referente de la época, Connors se mantuvo como número uno del mundo entre 1974 y 1978. Y aquello habría de ser una batalla del niño mimado de América contra el resto del mundo, porque, con sus gestos de desprecio, su mal humor y su rictus de hombre serio, América, ávida de un campeón como aquel, adoraba al Jimmy Connors. Mientras tanto, en la lenta arcilla parisina, Borg seguía labrándose un nombre con un nuevo título. Tarde o temprano, habrán de verse las caras. Podría haber sido en Wimbledon, pero el incombustible Ashe de 1975 liquidó al sueco en cuartos de final por lo que el duelo se postergó hasta las semifinales del US Open. Aquella era la casa de Connors y no estaba dispuesto a consentir ninguna afrenta. No dio demasiadas opciones al sueco pero si algo sacaron en claro los allí presentes es que Borg, a poco que se tomara en serio las superficies rápidas, podía llegar a convertirse en el tenista más completo desde Rod Laver.

Si no fue así fue por la competencia feroz que encontró y por el estilo maniqueo de vida que optó por llevar cuando su fortuna se contaba con tantos ceros que era capaz de controlarlos. Pero de aquello ya hablaremos. Ahora estamos en septiembre de 1975 y el español Manuel Orantes da la campanada al vencer al gran Connors en la final de su torneo predilecto. En apenas dos meses se le habían escapado los dos torneos más prestigiosos del circuito y ambos ante dos jugadores veteranos que, en condiciones normales, no habrían tenido nada que hacer contra él. Se empieza a especular que algo hace “crack” en la cabeza de Connors cuando se enfrenta a un reto de envergadura. Al menos, los rivales, quieren ver eso como un síntoma de debilidad. Necesitan saber que el gran campeón también es humano.

Aquel curso termina con Suecia alzándose con el título de la Copa Davis. Borg es ya el tenista de referencia en el circuito europeo. Ha arrollado al gran Guillermo Vilas en la tierra parisina y ha culminado el año con el título del gran campeonato de naciones. Su juego de fondo es constante y preciso. Su físico, pese a su aspecto enclenque, es privilegiado y, cuando está en forma, es capaz de defenderse de los mejores golpes de su rival. Aparte, tiene duende, una derecha formidable y un revés más que certero. Necesita mejorar en hierba para saberse el mejor. Así se lo propone y así lo hace. Cambia el rito de sus entrenamientos y aprende a coger la raqueta por la parte más baja del mango. Hay que jugar más rápido, ser más directo y más explosivo. En 1976 el mundo fue testigo del nacimiento de un tenista casi perfecto.

Cuando llega a Wimbledon, ha acumulado cuarenta y una victorias consecutivas. Es un ser despiadado que no ofrece un milímetro al rival. Lo gana tan fácilmente que hay quien llega a pensar que no puede existir nadie capaz de bajarle de aquel trono de oro. Nastase, su rival en la final, declarará abatido, después de ser barrido en tres sets que a Borg deberían mandarle a otro planeta. Aquel no es un lugar lo suficientemente competente para él.

Poco antes, durante la celebración del torneo Conde de Godó, un chico enclenque y con cara de distraído, había tratado de disputar unos juegos contra los mejores. Toni Corominas, el gran preparador español de la época, observa en su estilo las maneras de un futuro campeón. Decide invitarle a una buena comilona para celebrar su participación en el torneo y consigue sacarle algunas palabras bajo su aspecto taciturno. Es checo, se llama Iván, quiere ser el número uno. Pero mientras el mundo le es ajeno, el planeta tenístico vuelve a poner su mirada en la pista central de Flushing Meadows. Allí, los dos mejores tenistas del circuito pondrán en juego la corona y el orgullo. Para satisfacción local, Connors vence a Borg y el mundo es consciente de que aquel duelo habrá de convertirse en eterno mientras el resto de tenistas sigan buscando una oportunidad.

Y a aquel Iván que había dado buena cuenta de la comida pagada por Corominas, habría de sumársele otro tipo de carácter extrovertido y celebraciones estruendosas que llegaría al tenis para cambiarlo todo. Mientras tanto, habría de jugarse el prestigio y el amor de América frente al gran Jimmy Connors en las semifinales de Wimbledon de 1977. Aquella aparición estelar de John McEnroe significó uno de los impactos más fulgurantes de la historia del tenis. Era un chico listo, voraz, valiente como pocos y demasiado temerario como para no tenerle en consideración. Vivía y moría en la red. Ponía de los nervios a sus rivales y aunque en aquel primer gran duelo contra Connors terminó hincando la rodilla, el mundo pudo contemplar el nacimiento de una gran estrella. Aquella derrota, sin embargo, dolió más al pobre McEnroe que al resto de la humanidad, ávida por ver la reedición del duelo entre Connors y Borg en la pista central de la catedral del tenis mundial. Borg, que había renunciado a jugar en París un mes atrás alegando una lesión, quiso confirmar sobre la hierba londinense que la verdadera gloria se alcanza a base de raquetazos perfectos. Fue Connors quien claudicó aquella tarde y fueron todos los que se marcharon del lugar sabiendo que, a partir de aquella edición, difícilmente el tenis volviera a ser lo mismo.

John McEnroe había nacido en una base naval alemana. Debido a su vida entre marines, obtuvo una educación casi militar y aprendió a jugar al tenis entre base y base mientras su padre le recordaba los valores de un ciudadano ejemplar. En plena adolescencia se incorporó como alumno a la prestigiosa academia tenística de Port Washington y, junto al insaciable Vitas Gerulatis, aprendió los secretos del tenis y de la vida. Aquella primera gran aparición en escena dejó al mundo boquiabierto, pero él sabía que aquello era sólo una muestra de lo que era capaz de hacer. Se apuntó a las rondas previas y fue liquidando rivales hasta que en semifinales no pudo contrarrestar el carácter iracundo de Jimmy Connors. Entonces pocos lo sabían, pero acababa de nacer una de las rivalidades más enconadas en la historia del deporte.

Su educación marcial, determinada por la disciplina y el amor por el coraje, le habían convertido en una persona de lo más irascible. Odiaba errar y, sobre todo, odiaba verse superado en la pista. Las masas, deseosas de adorar a un nuevo símbolo del deporte, comenzaron a adorarlo y a imitar aquel look rebelde en el que una desaliñada cabellera rizada se escondía tras una ancha cinta que recorría su frente. Si Borg había sido bautizado como un icono pop, allí estaba la contrarresta. Una estrella del rock había llegado al tenis para quedarse. Zurdo, impredecible, agresivo y, sobre todo, demasiado temerario como para no ser tenido en consideración en la agenda de las preocupaciones. Pero existe un punto de locura que lo echa todo al traste. Un lugar en el cerebro del jugador que le juega malas pasadas y le convierte en una persona insoportable. Su poca tolerancia a la frustración le hace perder los nervios y enfrentarse a quien ose practicarle una crítica. En su primera participación en el US Open ya tiene su primeros enfrentamientos con el público, pero es en su primera participación en la Copa Masters, en la que lanza una raqueta a un espectador, cuando la gente se da cuenta de que aquel no es un tipo vulgar a quien adorar solamente en las victorias. El Daily News describirá su actitud de la siguiente manera: “McEnroe es la anarquía en zapatillas de tenis. Es el clásico ejemplo del histérico extrovertido”. Aunque él lo resumirá de una forma más sencilla: “Yo me insultan, yo insulto”.

Los ataques de ira, asegura, le ayudan a concentrarse. Ataques de ira que alcanzan de igual manera a público, rivales o incluso árbitros. Uno de los momentos más recordados fue aquel en el que se dirigió a un árbitro y le espetó: “Usted ve menos que esas jodidas flores que además son de plástico”. No admitía errores, ni los propios ni los ajenos. De esta manera, el juego de comparaciones pasó a convertirse en inevitable. Todo era blanco o negro, frío o calor, fuego o hielo. McEnroe, el tipo agresivo, incandescente y expresivo. O Borg, el jugador de hielo que no perdía la compostura y mostraba siempre una educación exquisita. Le mente fría siempre presente, frente a la hostilidad inherente de McEnroe. Fuera de las pistas sin embargo, al estadounidense le seguía persiguiendo la competitividad mientras que Borg gustaba de los placeres y la vida contemplativa.

Sólo era cuestión de tiempo que el sueco le arrebatase el número uno a Jimmy Connors. Fue en septiembre de 1977, cuando el niño bonito de América perdió la final del US Open ante Guillermo Vilas, el momento en el que el testigo cambió de nombre. Ahí estaba Borg, el dueño de la tierra y la hierba, poniendo fin a un reinado de ciento sesenta semanas. Sin embargo, más allá de las realidades, quedaban las percepciones. Para Nike, por ejemplo, era más importante una imagen impactante que cien victorias. De esta manera, la marca americana se lanzó al mercado ofreciendo su primer gran contrato al aspirante John McEnroe, quien ya era una celebridad sin haber ganado prácticamente nada. Aquella rotura de relaciones de McEnroe con la sempiterna marca tenística Sergio Tachini, cambió todos los moldes del mercado deportivo. Por primera vez, una marca ajena al deporte de la raqueta, irrumpía con fuerza en el mercado. Solamente faltaba esperar a que los dos iconos de la imagen cruzasen sus fuerzas por primera vez. De esta manera, no fue de extrañar que el mundo se parase para ver un partido del generalmente intrascendente torneo de Estocolmo. Allí, Borg y McEnroe cruzaron sus raquetas por vez primera. Ganó el sueco, quien, montado en la nube de la invencibilidad, se anotó también, pocas semanas después, su tercer Wimbledon consecutivo venciendo, una vez más, al sempiterno Jimmy Connors.

Pero mientras todo aquello ocurría, un nuevo tipo surgía de las categorías inferiores y se comía los torneos junior como quien devora una presa en la sabana. Algunos le recordaban por ser aquel tipo escuálido a quien un día, Toni Corominas, invitó a una comilona mientras se disputaba el torneo Conde de Godó. Muchos sabían que se llamaba Iván, muchos más supieron después que se apellidaba Lendl. Acababa de ganar los torneos junior de Roland Garros y Wimbledon con apenas un mes de diferencia y se disponía a dar el salto al tenis profesional.

Pese a todo, más allá de filias y fobias, de apariciones estelares y de apuestas arriesgadas, el único tipo capaz de hacer frente a Borg sigue siendo el propio Connors. De esta manera, tras vencer en la semifinal a McEnroe tras un duelo fratricida, hace gala de su superioridad en su torneo fetiche ganando, una vez más, en la final del US Open al sueco Borg. De esta forma, Connors se convierte en el primer jugador en la historia en ganar el abierto de su país en tres superficies distintas: cemento, hierba y tierra. Y pese a haberse mostrado como un jugador solvente en esta última superficie, jamás será capaz de afrontar la barrera de Roland Garros, torneo que, como a tantos norteamericanos, quedará atragantado para siempre en la frontera de su palmarés.

La de 1978 sería la tercera vez que Borg acabaría cayendo contra el mismo jugador y en la misma final. Para refrendarse como un buen jugador de pistas rápidas, el sueco terminaría ganando la Copa Masters de los años 1978, 1979 y 1980, y para refrendarse como el coco de Connors en la catedral del tenis, volverá a vencer a Connors en Wimbledon antes de dar un nuevo paso hacia su cuarta final consecutiva. Y es que Wimbledon fue el lugar donde el maestro sueco ofreció sus mejores lecciones. En una pista acostumbrada a la agresividad y el juego directo, el paciente y elegante juego de fondo del escandinavo había enamorado al mundo. Melena rubia, gesto adusto y cuerpo compacto, su presencia en Londres generaba una expectación no vista desde que los Beatles se habían hecho dueños de los corazones de la juventud. Más que le mejor jugador del mundo, era el niño guapo del deporte mundial.

Todo esto lo observaba desde la barrera el obseso Ivan Lendl. El junior de oro quería ser mejor que los americanos y, sobre todo, mejor que aquel sueco despreocupado que hacía ver que el tenis no iba con él. Lendl, hijo de tenistas, entrenaba y entrenaba con la ambición por bandera. Sin embargo, tras tanta obsesión, tras tanta manía por arrancarse las pestañas ante la imposibilidad de leer un partido, ante tanta ambición, tuvo que dar paso a la frustración una vez hubo comprobado como el joven McEnroe le adelantaba por la derecha y, por fin, en 1979 daba el salto definitivo a la élite tras romper la hegemonía de Jimmy Connors en Flushing Meadows y convertirse en el jugador más joven de la historia en conquistar el US Open.

1979 es un año extraordinario para McEnroe. No solamente ha destronado a Connors en su casa ganándole en las semifinales del torneo, sino que ha sumado un total de diez torneos individuales y dieciséis en dobles. Y es aquí donde se descubre la verdadera especialidad de un tipo que convirtió el juego de saque y volea en un arte. Era tan tenaz y agresivo que, por las características de su juego, terminó convirtiéndose en el mejor jugador de dobles de la historia. Y mientras McEnroe dibujaba su camino, Borg volvía a ganar la Copa Masters y terminaba el año como número uno del mundo. Había vuelto a conseguir el doblete mágico conformado por Roland Garros y Wimbledon y aunque las pistas americanas se le resistían, seguía manteniendo ese encanto y ese estado de forma que le convertían en único e inigualable.

Cuando empieza la década de los ochenta, Borg ya le ha ganado a Connors en trece de sus dieciocho enfrentamientos. El dato deja claro quién manda sobre el terreno y el tenis vuelve a poner a cada uno en su lugar. El comienzo de la década deja la estela de un jugador increíble e imparable. Una auténtica pop star que aparece en todas las revistas y al que invitan a todas los saraos de la alta sociedad. Vuelve a ganar Roland Garros sin ceder un solo set y se prepara para afrontar Wimbledon con la intención de repetir una hazaña que ya cuenta con muy pocos precedentes.

Entre tanto, McEnroe y Lendl cruzan sus raquetas por vez primera en el torneo de Milán y el americano se lleva el duelo sin mucha dificultad ante la mirada incrédula del checoslovaco. Uno promete seguir entrenando y el otro promete vencer al sueco intratable en su terreno predilecto. Para ello tendrá que pasar por encima, una vez más, del cadáver deportivo de Jimmy Connors. Tras un partido tenso en el que los jugadores terminan entre insultos y con el público extasiado por el espectáculo, McEnroe da el paso decisivo para el cambio de generación y se planta por vez primera en la final de Wimbledon con la intención de dar también su merecido a aquel maldito sueco al que nada le parecía afectar. Lo que la gente vio aquella tarde junio fue tan apoteósico que, aún hoy, se recuerda aquella final como “El partido del siglo”. McEnroe empezó tan fuerte e intenso que, tras barrer a Borg en el primer set, muchos pensaron que sí, que había llegado el momento de cambiar la corona de cabeza. Pero el sueco tenía mucho que decir. Se llevó los dos siguientes sets y ambos se citaron para un cuarto set que aún está grabado en los anales del tenis. McEnroe se lo llevó en un tie break agónico, con un resultado, dieciséis a dieciocho, que dejó a los espectadores anonadados y al americano muy tocado físicamente. Aun así, ambos jugadores llegaron al último set plenos de confianza pero sin apenas fuerzas para resistir. Cinco horas después, Borg se imponía por ocho juegos a seis y reeditaba su estatus de campeón. Se dieron la mano, se abrazaron, Wimbledon se rindió a ellos, el mundo se frotó los ojos.

El desquite de McEnroe llegaría, como en el año anterior, en las pistas de cemento de Flushing Meadows. El hijo pródigo de la américa rebelde doblegaría, consecutivamente, a Ivan Lendl, a Jimmy Connors y, por último, a Bjorn Borg, antes de levantar, por segundo año consecutivo, la copa que le acreditaba como vencedor del abierto de los Estados Unidos. Lendl se desquitó ante el mundo adjudicándose, junto al equipo checoslovaco, la Copa Davis de 1980. Era su primer gran título a escala internacional. Quería decirle al mundo que ahí estaba él, el hijo de Jiri y Olga Lendl, números quince y dos del mundo en su tiempo. Demasiada buena madera como para no tener en cuenta la calidad de la astilla.

Para dar buena cuenta de su presencia, eliminó a McEnroe en los cuartos de final de Roland Garros en 1981 y se plantó en la final dispuesto a terminar con el reinado de Borg. No pudo hacerlo. En el único enfrentamiento entre ellos en torneos de Grand Slam, el sueco ganó cómodamente al checoslovaco y se adjudicó, un año más, la prestigiosa copa de los Mosqueteros. El balance era ya de cinco a dos para el sueco; si bien era una estadística que indicaba que el sueco era un jugador superior, también era un indicativo de que Lendl podía hacer frente a los mejores jugadores del circuito.

Y así llegamos a uno de los puntos culminantes en la historia del deporte. Un McEnroe desatado se plantó en Wimbledon dispuesto a luchar contra la historia y ni la historia fue capaz de detener tal derroche de energía. Tras una final impecable contra el rey de la hierba, fue capaz de derrotar a Borg después de cuarenta y un partidos y escribir, así, una de las páginas más memorables de la historia del torneo. El All England Club, sin embargo, no le concede la membresía honoraria con que se otorga a los ganadores debido a sus malas formas en la cancha. Inolvidable, en la final citada, fue la recriminación al juez de silla tras cantar como mala una bola que él consideraba como buena. Aquel “You can not be serious” quedó tan grabado en la memoria colectiva que con el tiempo fue elegido como el momento más estelar de la historia del torneo amén de dar título a la biografía del jugador una vez hubo dicho adiós a las pistas.

Como una forma de refrendar aquel éxito, McEnroe vuelve a derrotar a Borg en la final del US Open. Aquel es el salto definitivo hacia el estrellato mundial. Ha ganado al sueco las dos finales de Grand Slam que ha disputado. No puede pedir más. Se reivindica ante el mundo y hace saber que aquellos duelos de fuego contra hielo era el mejor lugar del mundo hacia el que dirigir la mirada. Fueron un total de catorce enfrentamientos en los que cada uno ganó en siete ocasiones. Imposible discernir si fue el fuego quien derritió el hielo o fue el hielo quien congeló el fuego. Lo que sí quedó claro es que aquella última derrota en Nueva York significó uno de los mayores puntos de inflexión en la historia del deporte. Borg, incapaz de seguir luchando y viéndose superado por jugadores más jóvenes, decide retirarse ante el asombro de todo el planeta. Tiene veintiséis años, solamente un bagaje de nueve años como profesional y toda una carrera por delante, pero decide dejar el tenis antes de que el tenis le deja a él. No tiene ilusión. No siente pasión. Tiene más dinero que motivación y genera más ingresos por publicidad que por el propio juego, por lo que cree que es el momento de explotar su imagen pública y decide irse a Montecarlo para vivir entre lujos y sin preocupaciones.

El impacto es terrible pero el tenis sigue. Y sigue dominado por un McEnroe que, tanto en individuales como en dobles, muestras la versatilidad y calidad de su juego. Forma una extraordinaria pareja de dobles junto a Peter Fleming y consiguen arrasar en el circuito donde quieran que jueguen. Mientras tanto, y ante la retirada de Borg, Connors sale de su letargo y es consciente de que aquel es el momento idóneo para regresar a lo más alto. Ha perdido velocidad y fuerza, pero mantiene la ambición. Ese mismo 1981 se reincorpora al equipo estadounidense que gana la Copa Davis y se dispone a mostrarse, una vez más, como un jugador intratable.

Dejando de lado el inabordable, Roland Garros, Connors prepara el año de 1982 concienzudamente. Tal es su mejoría que es capaz de derrotar a McEnroe en la final de Wimbledon. Jimbo ha vuelto y lo ha hecho a lo grande, lo que conduce a McEnroe a un nuevo estado de histeria. Decide tomarse la revancha en el US Open y alcanza la final después de derrotar el incombustible Lendl en una durísima semifinal. Su rival, una vez más, será el sempiterno Jimmy Connors quien, tras haber destrozado su mítica raqueta T200 en la semifinal ante Vilas, hace un llamamiento público a quien pueda tener una raqueta similar para poder disputar la final. Wilson ha dejado de fabricarlas y él se ha quedado sin reservas. El problema es que ha jugado todo el año con ellas y le ha ido tan bien que no se siente capaz de empuñar otro tipo de raqueta. La sorpresa es tan general que hasta el propio Connors se siente conmovido. Hay cientos de llamadas y decenas de requerimientos. Hay demasiada gente dispuesta a prestar su raqueta al bueno de Jimmy Connors. La inyección de moral es determinante y Connors aplasta a Lendl en la final.

Debe ser un nuevo punto de inflexión. Lendl ha vuelto a alcanzar una final, pero ha vuelto a perderla. Quizá el aspirante se quede en eso, en un simple aspirante. Para poner más fuego a su situación, Lendl se convierte en un renegado por su propio país después de jugar un torneo en la Sudáfrica del Apartheid. Durante mucho tiempo, el nombre de Ivan Lendl se convierte en tabú en Checoslovaquia; es como hablar del tipo que ha decepcionado a todo un país vendiendo su dignidad por un puñado de dólares. Aquello, sin embargo, no afecta a su juego y vuelve a plantarse en las semifinales del torneo de Wimbledon donde volverá a verse las caras con John McEnroe. Es un McEnroe de dulce y, como ya hiciese el año anterior, pasaría a la final contra el sorprendente Lewis para derrotarle por un triple seis a dos. Pero Lendl no quiere cejar en su empeño y, a base de constancia y golpes de revés, vuelve a plantarse, de nuevo, en la final del US Open. Y una vez más, vuelve a perderla, de nuevo ante Jimmy Connors. Aquello hubiese desesperado a cualquiera. No solamente ha sido capaz de ganar una sola de las cuatro finales de Grand Slam que ha disputado sino que además tiene que ver como sus rivales por el número uno del mundo se encuentran a años luz de sus aspiraciones. Toca seguir remando, seguir trabajando. Por suerte para él, Lendl es el tipo más constante del mundo y no dejará de trabajar hasta ver su nombre inscrito en los anales de la historia.

1984 asoma, por otro lado, como el año mágico de John McEnroe. Se impone en los primeros majors del año y todo parece un camino de rosas hasta que llega el tercer set de la final de Roland Garros. McEnroe nunca ha ganado en Francia y puede sentirse campeón en el instante en el que pone el marcador con dos sets a cero por delante de Ivan Lendl. Ha derrotado, no sin problemas, a Connors en la semifinal y se dispone a retar la afrenta de su compatriota. En el saludo final parece decirle “Voy a ganar donde tú no lo has hecho nunca”. Y de hecho que todos piensan que va a hacerlo. Pero Lendl gana en tercer set y siembra las dudas. De repente gana también el cuarto y pone los pronósticos patas arriba. Para cuando llega el quinto set ya todos saben que McEnroe es hombre muerto y el checo es un tipo con ganas de comerse el mundo. Aquel primer Grand Slam de Lendl significó el inicio de una rivalidad casi sin parangón en la historia del deporte. Nadie frustró más a McEnroe, nadie contrarrestó mejor los golpes de genio del hijo pródigo de la marina americana.

De hecho, McEnroe jamás volverá a ganar a Lendl en un partido de Grand Slam. Para poder pasar por encima de su cadáver tendrá que confiar en que sean otros los que se lo quiten de encima. Para volver a ganar Wimbledon tendrá que esperar a que sea Connors quien descabalgue a Lendl en semifinales. Tras aquel duro partido, Connors apenas podrá oponer resistencia ante un McEnroe que se coronaría en Londres por tercer año consecutivo. Tras aquella nueva victoria la gente quiere dudar. Un periodista se acerca Jimbo y le pregunta: “¿Tu rival es mejor que tú?”. Connors no sonríe, apenas le mira, apenas le contesta y, a paso lento, se aleja del mundo. “Nunca”.

Pese a todo, Lendl vuelve a ganar a Connors, esta vez en su territorio. A pesar de ello, de que ya le ha ganado en veinte ocasiones y de que le ha demostrado al mundo que es mejor que él, el público americano sigue prefiriendo a Connors por delante de McEnroe. Uno es el niño bonito, el otro un simple histriónico con ganas de dar la nota. Aquella indefensión termina por bloquear a McEnroe quien, presa de los abucheos, cae ante en la final ante el tenis incombustible de Lendl y ante su propia autodestrucción.

Pero poco tarda aquel tiro al blanco contra el genio incomprendido. Basta empezar a ganar para que las iras cambien de bando. De repente, a Lendl se le comienza a observar como el enemigo de América. De aspirante sin aspiraciones se convierte, de la noche a la mañana, en el gran rival a batir. Y de repente, también, ni Connors ni McEnroe son capaces de contrarrestarle. Su rictus siempre serio les hace desesperarse, igual que esa estúpida manía de arrancarse las pestañas cuando algo le va mal. Para defenderse del juego de red, adopta la simple estrategia de tirar la pelota al cuerpo del rival y para contrarrestar el juego de ataque tira pelotas profundas una y otra vez. Algunos opinan que ha convertido el tenis en un tedio, él prefiere pensar que ha dado paso a una nueva época.

De aquella manera vuelve a dejar a Connors a las puertas de dos sueños. Primero le vence en la semifinal de Roland Garros rompiéndole el penúltimo sueño de coronarse como Mosquetero en París. Después le masacra en la semifinal del US Open impidiéndole alcanzar el que sería su sexto entorchado. De repente el tenis tiene un nuevo dueño y no es el que todos esperaban. McEnroe, al verse de nuevo incapaz de vencer al checo en la final del US Open, decide poner fin a la temporada y se aleja del tenis para tomarse un largo descanso. De repente acaba de sentir la misma frustración que Borg había sentido con él. Pero Lendl no parará. Tras ganar en Australia, París y Nueva York, se propone conquistar el mundo completando el Grand Slam, pero por algún motivo incierto, la hierba se le resiste. Pierde la final de Wimbledon de 1986 ante un adolescente Boris Becker y vuelve a perder la final de 1987 ante el incandescente Pat Cash.

Algo hace crash en una cabeza capaz de controlarlo todo. Se obsesiona con Wimbledon de tal manera que se vuelca en el juego de saque y volea. Aquello cambia su percepción del juego y le convierte en más vulnerable en torneos de tierra, pero una bestia indomable en torneos de pista rápida. Vuelve a ganar el US Open después de barrer, una vez más, a los americanos en su propia casa. Se convierte, por derecho propio, en el rey de Flushing Meadows tras tres victorias consecutivas y confiesa haber contratado para su pista particular, a la misma empresa que monta las pistas de Nueva York. No satisfecho con ello, se propone terminar con la carrera de John McEnroe y lo destroza camino de las finales de Australia y Roland Garros de 1988.

Pero es en París, en la edición de 1989, donde encuentra la cruz de su moneda. Y lo hace precisamente contra quien menos hubiese esperado. Tras alcanzar la final contra el improbable Michael Chang, el americano, de origen asiático, elige la estrategia de frustrar al campeón y lo hace mediante bolas profundas y bombeadas. De esta manera el partido se convierte en un tedio en el que Chang juega globos constantes a la línea de fondo y Lendl devuelve golpes cargados de hastío contra la red o más allá de las líneas de fondo. Es difícil describir aquello sin recurrir a la palabra frustración. La que sintió Lendl, quien harto de aquel juego de trileros, terminó haciendo saques de cuchara ante la irritación del público, y la que sintió el propio público que creyó asistir a una final y terminó viendo un espectáculo cargado de patetismo.

Le quedaría al menos, al checo, la inútil satisfacción de haber vuelto a eliminar a su gran rival McEnroe en cuartos de final al igual que lo había hecho en el Open de Australia. A lo largo de su carrera le ganaría en veintiuna veces, por quince victorias del americano. Fue una rivalidad histórica e histriónica. El método contra el talento. Lendl era el hombre más constante del mundo. McEnroe era pura improvisación. Lendl no dejaba nada al azar. McEnroe vivía a base de impulsos.

Con el gesto siempre serio, la mirada fría y su estilo de fajador, como el luchador clásico, Lendl era lo más parecido a un antihéroe en una pista de tenis. Lo más curioso de todo es que a él le daba igual tener más o menos adeptos; lo suyo era el trabajo y, como consecuencia del mismo, la victoria. “Si no practicase de la forma en la que lo hago, no jugaría de la manera en que sé que puedo hacerlo”. Todo un libro de estilo en una sola frase. No fue en vano que le conociesen como Iván “el terrible”.

Con el comienzo de la última década del siglo llegó el crepúsculo de los dioses. El declive se abrazó a la edad y los recuerdos se abrazaron a la añoranza. Atrás quedaban cuatro carreras gloriosas, cuatro formas de vivir, cuatro formas de jugar, cuatro formas de ganar. 

Connors, el hombre que cambió el circuito, jugó hasta los cuarenta y un años. Ganó un total de ciento nueve títulos individuales y sumó ocho títulos de Grand Slam. Ostentó el record de partidos ganados tanto en Wimbledon como en U.S. Open y se convirtió en el penúltimo gran héroe americano.

Borg, su antítesis, se marchó mucho antes. Se mantuvo durante ciento nueve semanas en lo más alto de la clasificación ATP y cuando supo que su lugar estaba un escalón más abajo, decidió marcharse dando un portazo para hacer saber que su trono había quedado vacío. Está considerado como el cuarto mejor tenista, por ranking, de la historia, y hubiese sido el más talentoso de todos si un genio suizo no hubiese nacido unos años más adelante.

McEnroe se marchó como un genio y como un magnífico doblista. Uno de los mejores de siempre. No en vano, conquistó un centenar de victorias en dobles y aún es el tenista americano con más victorias en la Copa Davis. Su palmarés se engrosó con tres copas de maestros y siete títulos de Grand Slam, tres en Wimbledon y cuatro en el US Open, así como otros diez en la categoría de dobles donde fue prácticamente un maestro. Llama la atención el logro de sus cuatro títulos en Nueva York si lo comparamos con las cuatro finales que perdió allí mismo Bjorn Borg y que le impidieron ganar una sola vez el título de campeón en Flushing Meadows.

McEnroe, que se mantuvo durante ciento setenta semanas en el número uno del ranking ATP, fue, realmente, el enemigo más feroz de sus grandes coetáneos. A Connors le costó cederle el sitio, Borg directamente se lo cedió y Lendl fue quien le robó el trono. Con los tres mantuvo duelos de altura y broncas de campeonato. Contra los tres dibujó algunos de los partidos más inolvidables de la historia del tenis. No llegó a más, según confesó, porque él mismo no quiso. “De haber entrenado en serio hubiese sido el mejor de la historia”.

En sus mejores tiempos es una estrella de rock venida a más, famoso es el anuncio de Gillete en el que discute con el árbitro si la bola entró o no lo hizo mientras este le espetaba aquel famoso “muy apurado señor McEnroe”. En sus tiempo más convulsos es una estrella de rock venida a menos. Se casa con Tatum O’Neal para posteriormente separarse de ella y, una vez más, con mucho ruido, volver a casarse con Patty Smith. En las buenas y en las malas se siente, continuamente, en la cresta de la ola.

Lendl, por su parte, es un tipo mucho más sobrio. Huye de los focos y de la popularidad. Trabaja y gana, y cuando no gana se machaca la cabeza con preguntas frecuentes. Es un perfeccionista obsesivo y un minimalista para los detalles. A lo largo de su carrera ganaría noventa y cuatro títulos individuales, ocho de ellos en torneos de Grand Slam. Hasta la llegada de Federer, Nadal y Djokovic, era el tenista que más finales de Grand Slam había disputado con un total de diecinueve, aún ostenta el record de más semanas consecutivas como número uno de la ATP y en los enfrentamientos directos ante todos sus rivales solamente dos tenistas, Borg, por anterior, y Edberg, por posterior, sacaron un saldo positivo de victorias frente a él. En total, a lo largo de su carrera, ganó mil setenta y un partidos por doscientos treinta y nueve perdidos. Un saldo, más que positivo, que habla a las claras de la clase de jugador competitivo que era.

De los tres, solamente Connors y Lendl, ambos en una ocasión, consiguieron ganar el Open de Australia. De hecho, Borg solamente lo disputó una vez a lo largo de su carrera, lo que habla del poco interés que despertaba el torneo en aquella época. El sueco que, tras su retirada, llegó a pensar que el tenis sueco caería en una depresión, tuvo el honor de ser el precursor de una de las mejores generaciones del tenis de su país con la irrupción de dos genios de la volea como fueron Mats Wilander y Stefan Edberg. Aunque para volea majestuosa la que tuvo el honor de demostrar Boris Becker durante la final del US Open de 1989, el día que Lendl jugaba su octava final consecutiva en Nueva York e inició el principio del fin de su reinado. Un reinado que llegó a desesperar a McEnroe de tal manera que aún se recuerda aquel desafortunado incidente en el Roland Garros de 1989 en el que el americano le lanzó un pelotazo, preso de la frustración, y este lo recibió en el cuerpo sin apenas inmutarse. Algo que desesperó aún más al bueno de John McEnroe.

Pero si hay un torneo que marca el fin de una era, este es el US Open de 1990. En el mismo, un jovencito André Agassi derrota a un veteranísimo Jimmy Connors ante aquel famoso grito de ánimo de un aficionado nostálgico y enrabietado “Vamos Jimbo, tú eres una leyenda y ese es sólo un punk”. Fue el mismo US Open en el que Ivan Lendl perdió el número uno para no volver a recuperarlo, el mismo en el que la final, disputada entre los americanos Sampras y Agassi, marcaría el inicio de una nueva era y de una nueva legendaria y enconada rivalidad.

Jimmy Connors dirá adiós al tenis tras el US Open de 1991. Cae derrotado ante un inspirado Jim Courier y decidirá marcharse aprovechando que su casa mantiene abierta la puerta grande. La ovación es de época y los recuerdos son imbatibles. McEnroe, por su parte, y sin hacer tanto ruido, decide marcharse un año más tarde. Cambia la raqueta por la guitarra y se convierte en el papel que realmente siempre ha interpretado, el de rockero irreductible. Se marchaba el tipo que revolucionó el juego de ataque y el tipo que reinventó la Copa Davis para los Estados Unidos.

En 1992, Lendl decidirá, en el ocaso de su carrera, nacionalizarse estadounidense. Durante muchos años ha sido un proscrito en su país y, como medida de protesta, cambia el color de su bandera. Ya como jugador nacional, es elimando en las primeras rondas de su torno predilecto y pasa a convertirse, a los pocos meses, en el protector del joven Pete Sampras, el nuevo gran fenómeno del circuito internacional. Terminará sus días como deportista tras derrotar a Connors en un torneo benéfico, dejando el balance ante Jimbo en veintidós victorias a favor por doce en contra.

El tiempo y la añoranza terminaron por hacer mella en todos ellos. En 1994, McEnroe, hundido por el fallecimiento de su mentor, Vitas Gerulatis, acabó sumido en una depresión. Poco más tarde, redimido por la pena y auscultando su propia conciencia, reconoció haberse dopado durante los últimos años de su carrera. Le resultaba insoportable verse superado y, aun así, no pudo hacer frente a la inescrutable impiedad del tiempo. Como un hombre que ha dejado de ser niño y busca referentes en el pasado, terminó añorándose a sí mismo y se postró de rodillas ante su máximo rival. En 2006, tras conocer que Borg, acuciado por las deudas, había decidido subastar todos sus trofeos, se personó en su domicilio y le suplicó que no lo hiciera. No podía ser que la parte más legendaria de la historia del tenis terminase en el domicilio particular de cualquier adinerado con ínfulas. Borg, que ya había sido nombrado mejor deportista sueco de la historia, terminó por claudicar en sus proposiciones pero no pudo hacerle frente a sus nostalgias. Sigue viviendo del nombre y de su marca, pero aquella fortuna que amasó siendo el mejor jugador del planeta se fue esfumando poco a poco entre fiestas, caprichos y gorrones que se aprovecharon de la condición de estrella del tipo que revolucionó el mundo del deporte.

Por último, Lendl desapareció del circuito de la misma manera en que lo había hecho; en silencio. Poco se supo de él hasta que salió a la luz para promocionar la carrera como golfistas de dos de sus hijas. Y algo más de ruido hizo poco después cuando aceptó la oferta para entrenar a Andy Murray y sacarle de su letargo de eterno aspirante. Poco duró aquella relación entre el tipo frustrado y el tipo frustrante, pero dio de mucho ya que con Lendl en el banco, Murray ganó, por fin, su primer título de Gran Slam. Como siempre, trabajo y constancia, tenis y silencio.

La edad de oro del tenis quedó marcada por la llegada de cuatro tipos que revolucionaron el mundo. Antes de ellos estuvieron los grandes australianos, pero entre ellos no hubo una rivalidad tan enconada porque eran tiempos en los que el profesionalismo estaba mal visto y los torneos llevaban más pasión que competitividad. Junto a ellos convivieron Wilander, Edberg y Becker, pero, más allá de su elegancia y pasmosa calidad, no consiguieron enganchar al público y a mostrar una rivalidad de leyenda como lo habían hecho ellos y, aunque de manera inmediatamente posterior, aparecieron Sampras y Agassi, todos tuvieron la percepción de que aquella película ya tenía demasiadas escenas repetidas.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Once aldeanos

En 1898, un grupo de jóvenes estudiantes ingleses, aficionados a aquel nuevo deporte que pretendía hacerle la competencia del rugby en la vieja Gran Bretaña, decidieron fundar, en la capital de Vizcaya, un club de fútbol al que bautizaron como Athletic. Sus primeros partidos, en la bautizada como campa de los ingleses, atrajeron la atención de un centenar de vecinos que se acercaban, curiosos, a visionar aquel extraño deporte que se jugaba con los pies.

No tardaron los ingleses en dejar paso en el club a los jugadores nacidos en la tierra. La pasión por el fútbol fue tal que no hubo un joven de la zona que no quisiera formar parte de aquel equipo que había adoptado los colores azul y blanco en honor al Blackburn Rovers inglés. La popularidad del juego fue tal que el club se vio obligado a construir un nuevo campo de juego donde pudiesen acudir los miles de fieles que querían ver al equipo cada mañana de domingo.

Desde 1913, el Athletic Club de Bilbao, jugó todos sus partidos como local en el bautizado como Estadio de San Mamés. Con motivo del juego practicado en sus orígenes, el Athletic se convirtió en un equipo aguerrido de juego directo y eficaz, al más puro estilo británico. Aquella manera de jugar con todo y sin red les valió ganarse el sobrenombre de "leones". Con ello se hacía hincapié de la fiereza de los once tipos que vestían una casaca que había tornado en roja y blanca. Bandas de sangre y pureza.

La fama del equipo, lograda a base de victorias, le situó en el altar de los clubes más valorados del país. Suyo fue el primer doblete del fútbol español y solamente la guerra civil que estalló en España en 1936 fue capaz de frenar el ímpetu de un grupo dispuesto a escribir una historia con letras de oro.

Tras casi dos décadas de deriva institucional, el Athletic decide poner su futuro en manos del visionario Fernando Daucik. El entrenador húngaro, que había llegado a España de la mano de su cuñado Ladislao Kubala, había sido artífice desde el banquillo de exitoso Barça de las cinco copas. Entre sus ideas revolucionarias, había importado la figura del falso nueve que en la Hungría de los cincuenta había encarnado Hidegkuti y que Kubala había perfeccionado con la camiseta del Barça.

Entre sus arduas tareas, le tocó reconducir la transición entre la segunda delantera histórica y una nueva hornada de jóvenes que apretaban desde atrás. Aquella delantera hístórica que los viejos de lugar recitaban de memoria y que formaron Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza tuvo que dejar sitio a los Uribe, Aguirre o Artetxe que ya brillaban en el segundo equipo.

La dupla Panizo y Gaínza ha sido, hasta la fecha, la que más alegría, en concepción de fútbol bonito hablando, ha dado a la afición del Athletic de Bilbao. Eran dos jugadores excelsos que se entendían simplemente con mirarse. Por ello, la transición fue difícil en cuanto a Panizo se le acabó la magia con los años y Gaínza hubo de verse solo ante la apabullante juventud que pedía paso de forma descarada. Lo que algunos pensaron que duraría una eternidad apenas tardó en cuajar en un equipo inolvidable. Primero se ganó la copa del Generalísimo de 1955 con un solitario gol de Uribe ante el Sevilla, después vino el doblete de la siguiente temporada y en Bilbao se tuvo la sensación de que se volvía a ser todo lo grande que los más viajos habían augurado durante épocas anteriores.

Los días de vino y rosas se extendieron más allá de las fronteras de España. El equipo fue recibido por el Papa Pío XII quien les dio la bendición, uno a uno, a todos los jugadores de la plantilla. Era un grupo feliz, conjuntado, una tropa que jugaba de memoria. Quedaba el asalto a Europa y estaban dispuesto a emprenderlo como la más bella de las aventuras.

Primero cayó el Oporto. Los portugueses eran un buen equipo, rivalizaban en su país con un Benfica emergente e intentaban poner a Portugal en el mapa futbolístico europeo. Después cayó el Honved de Budapest y aquello fueron palabras mayores. Era el equipo de Puskas, de Bozsik, de Czibor y de Kocsis. Era un equipazo en toda regla, herederos de la fabulosa Hungría que había dominado el continente con puño de hierro durante el primer lustro de la década. Fueron dos partidos a cara de perro que el Athletic se terminó llevando por convencimiento, algo de suerte y puro fútbol. Porque era un gran Athletic, un equipo que competía hasta el tuétano y un grupo de amigos que soñaban muy fuerte.

El siguiente escollo era el Manchester United. Se había cambiado el año y el mes de marzo era frío como en la misma Siberia. Bilbao amaneció nevado la víspera del partido y dejó de caer nieve hasta el día después del épico encuentro. En San Mamés se vivió el que posiblemente sea el partido más memorable de su historia. El Athletic ganó por cinco goles a tres a un fabuloso equipo inglés capitaneado por Duncan Edwards y donde un incipiente Bobby Charlton hacía sus primeros pinitos. Nadie dudaba entonces de que aquel joven equipo sería algún día campeón de Europa.

Aquel fragor guerrero lo confirmó el United en el partido de vuelta. Con Old Trafford entregado a sus chicos, el Manchester arrolló al Athletic y le dejó sin el sueño de las semifinales. Tan solo el gran Real Madrid, el mejor equipo del mundo, pudo frenar a los descarados ingleses. En Bilbao quedó la sensación de oportunidad perdida y el recuerdo imborrable de dos tardes de fútbol completamente espectaculares.

Aquel partido significó el canto del cisne de un equipo que había nacido hambriento y terminó muriendo henchido de éxito. Han pasado sesenta años y el Athletic no ha vuelto a llegar tan lejos en la máxima competición. De repente, parecieron irse las musas. Se acabó la bendición papal y el equipo inició una cuesta abajo que terminó con la destitución de Daucik y el fin de un ciclo casi irrepetible.

Baltasar Albéniz, hombre de la casa, se hizo cargo del equipo empezado el año 1958. Las cosas iban mal y se hicieron esfuerzos para enderezar el timón. A pesar de los recientes éxitos, el público seguía añorando a Zarra. Había tipos con una extraordinaria visión y movilidad, pero no había goleadores tan excelsos como el viejo Telmo. Gaínza, que permanecía en el equipo a pesar de su veteranía, trataba de imponer su jerarquía, pero estaba lejos de ser el decisivo extremo que había vuelto locos a todos y cada uno de los defensas del fútbol español. Para colmo, la depresión se ahondó al verse el equipo hundido en el pavor que generó el accidente aéreo que terminó con la vida de la mitad de la plantilla de aquel Manchester que les había apeado un año antes del sueño europeo.

Se intentó enderezar el rumbo y se consiguió a medias. El equipo terminó sexto en liga y se centraron los esfuerzos en la copa, cuyas últimas rondas se jugaban una vez concluído el campeonato doméstico. El déficit económico había obligado al club a afrontar una temporada sin refuerzos. Habían subido chavales del filial, pero no habían sido todo lo fiables que se había supuesto. El equipo, pues, estaba en la manos de la magia de Uribe y Aguirre, dos tipos excelsos que jugaban por detrás del delantero y aportaban fútbol y goles. Fue por ello que, con la Copa por delante, ellos se vieron obligados a dar un paso al frente y tomar las riendas del equipo de cara a salvar la temporada.

Los rivales se fueron convirtiéndose en más difíciles a medida que avanzaban las eliminatorias. Primero cayó un buen Celta, al que eliminaron por un cuatro a cero en el global de la eliminatoria. Después cayó un Las Palmas que se estaba convirtiendo en un equipo muy difícil, pese a ello, el Athletic se llevó la eliminatoria por un global de cinco a cero. Por último, y como penúltimo escollo, quedaba el gran Barcelona de Kubala y Luis Suárez. El Athletic ganó dos a cero en San Mamés y refrendó su buen momento con un tres a cuatro en el Camp Nou. El pase a la final fue celebrado como un premio mayor. Esperaba el Real Madrid, el mejor equipo del mundo, quien no jugaba una final de Copa desde hacía once años.

El partido supondría, pues, la reedición de uno de los grandes clásicos del fútbol español. Ambos equipo se habían enfrentado en tantas ocasiones que se conocían casi de memoria. Si en los primeros años del fútbol patrio el Athletic había sido el equipo dominante, ahora era el Real Madrid el auténtico coloso casi imposible de batir.

El Athletic era el equipo con más copas en su haber, sin embargo, en aquella ocasión, su clasificación para la final se había considerado como una auténtica sorpresa. Nadie había esperado que el equipo que tan irregular marcha había seguido en la liga, se hubiese de plantar en la final de la Copa del Generalísimo. La Federación, por ello, y previendo que quizá no fuesen muchos los bilbaínos que viajasen para asistir a la final, dañados en su ánimo por la debilidad moral del equipo, propuso el Metropolitano como escenario de la final.

La fecha fijada para la misma es el veintinueve de junio, onomástica de Pedro y Pablo. Día festivo por entonces en España y día en el que resto del mundo estará pendiente de lo que ocurra en Estocolmo pues allí terminarán jugando la final del mundial la anfitriona Suecia contra la maravillosa Brasil. Aquel mismo día, además, el Barcelona jugará contra el Eschende el partido que servirá como homenaje al mítico extremo Estanislao Basora. El monstruo de Colombes.

En España, que la fecha coincidiese con la disputa de la final del mundial de fútbol daba un poco igual. Nuestra selección no se había clasificado para la fase final a disputar en Suecia y los organizadores de la federación habían pensado que, estando fuera de la competición el equipo nacional, a nadie le interesaría lo que ocurriese en Estocolmo un sábado cualquiera junio. Allí, como única representación española, estaría el juez de línea Don Juan Gardeazábal quien, entre carrera y carrera, disfrutaría desde la banda de los malabares de ese joven prodigio al que llamaban Pelé.

El Real Madrid, que venía de ganar liga y Copa de Europa, iba lanzado a por el triplete. El partido era un clásico, sí, pero el favoritismo caía, principalmente, de un solo lado. Aquello, sin embargo, no amedrentó a los dirigentes del Athletic. Sabedores de que tenían que aceptar Madrid como imposición directa al tratarse de la ciudad residencia del dictador Franco, en una bilbainada digna del mejor león, solicitaron el estadio de Chamartín como escenario de la final. "Vamos a ir a Madrid, vamos a jugar en Chamartín y vamos a traer la copa a Bilbao". Ni los más optimistas podían creer en aquella fanfarronada.

Los antecedentes no eran nada halagüeños. En liga, el Madrid había ganada por seis a cero como local y por cero a dos en San Mamés. Profanar aquel templo no era nada fácil en la época, pero el Madrid era mucho Madrid. Era el equipo que terminaba sus alineaciones de Di Stefano, Puskas y Gento. Canela fina.

En aquella época, el término Athletic estaba prohibido en España por ser considerado anglosajón. Llamar Atlético de Bilbao al equipo era la manera correcta de mostrar españolía y majestuosidad en el hablar. Pero ellos siempre fueron el Athletic en el corazón y en la memoria. Con aquella reivindicación, miles de bilbaínos invadieron Madrid y se abocaron a aquella tradición que decía que había un día cada mes de junio que Madrid se llenaba de vizcaínos. Por algo les llamaban "El rey de copas".

El partido sería televisado para Madrid. Era aún una televisión pública en pruebas y no había suficientes repetidores como para emitir la señal a toda España. Así pues, todos los bilbaínos que no hubieron conseguido entrada habrían de seguir el partido pegados al transistor.

En la previa, el Atlético le gana al Alicante por dos goles a uno la final juvenil. El público, inquieto ante un comienzo que no llega, se divierte a regañadientes con el espectáculo de veintidós chavales que sueñan con ser algún día futbolistas de verdad. Pero las estrellas de la noche son otras. El Madrid forma con Alonso, Atienza, Santamaría, Lesmes, Santisteban, Zárraga, Joseíto, Mateos, Di Stéfano, Rial y Pereda. Son bajas Kopa y Gento por lo que el equipo se verá obligado a atacar por el centro. Son los dos mejores extremos de Europa y los defensas del Athletic respirar aliviados ante su ausencia.

El Athletic, menos técnico pero con más brío, forma con Carmelo, Garay, Orué, Canito, Mauri, Etura, Artetxe, Marcaida, Arieta, Uribe y Gaínza. Eran once chicos nacidos y criados en Vizcaya. Once chicos de la tierre. Once hombres de casa.

La identidad, algo tan apropiado para afrontar los mayores retos, les estímuló el nervio. Aquello sirvió para que saliesen sin miedo a competir. La premisa táctica la tenían clara; repliegue y contragolpe. Y la manera de ejecutar el plan, también; velocidad y brío. A partir de ahí, balones largos a Arieta y Uribe guardando la espalda con Etura y Mauri. Es el Real Madrid quien se ve sorprendido con el planteamiento. Lejos de replegarse, el Athletic se abalanza a por cada balón. La presión asfixiante se traduce en dos robos y en dos buenas ocasiones que los bibaínos fallan en los primeros minutos de encuentro.

Pasado el cuarto de hora, Alonso salva un gol con una parada espectacular pero el infortunio del Athletic dura poco. Se acerca el ecuador de la primera parte cuando Gaínza recibe el balón en el costa izquierdo. Atienza no le aprieta por lo que tira un centro medido a la cabeza de Arieta quien remata con todo al poste. Parecía una ocasión marrada más, pero la pelota hace un efecto y termina en la portería del Madrid. 1-0. Salta la sorpresa.

Apenas tiene el Madrid tiempo para reaccionar cuando Uribe gana la pelota por el otro costado y la tira hacia atrás, rasa, para la llegada de Etura quien la pega con el alma al fondo de las redes. Corría el minuto veintitrés y la final se ponía cuesta arriba para los propietarios del terreno. Y aún pudo ser peor si Arieta acierta con un nuevo mano a mano que salva Alonso cuando la mitad del estadio ya celebraba un nuevo gol.

Había sido una media hora esplendorosa. Un tiempo que en Bilbao se recordará durante muchos años y que, las generaciones, irán mitificando haciendo creer que el equipo pudo ir ganando por diez al final del primer tiempo. No fue tanto, pero sí fue primoroso. Y si se recuerda con tanto entusiasmo es porque lo que vino después fue mucho peor. El Athletic se echó atrás, presto a guardar la ropa. El Madrid, sorprendido, se quedó sin ideas. Ni siquiera Di Stefano era capaz de cambiar el rumbo. En Bilbao, mientras tanto, miles de ciudadanos festejaban en silencio pegados al transistor y preguntándose si el tiempo seguiría pasando tan despacio antes de que el árbitro señalase el final del partido.

La superioridad del Athletic se hacía patente en cada lance. Quedaba claro que el partido había sido estudiado de antemano. Dos contra uno en cada acción, mucho sacrificio y movilidad arriba. En este aspecto destacó Arieta, con un partidazo soberbio. Tal fue su actuación que el encargado de marcarle, Santisteban, terminó siendo pitado por su propio público. Nada que hacer contra él. Si aparecía en el centro del campo, Santisteban siempre llegaba tarde, si aparecía en el área, era siempre ganando la espalda de Santamaría. Ambos soñaron durante meses con el ariete vasco.

Desesperada la retaguardia blanca y con Zárraga desaparecido, el Athletic se dedica a contener el partido y lo hace de una manera cómoda. Garay, Artetxe y Mauri forman un muro y, con la ayuda, de Canito, forman una línea de cuatro que ahoga a Di Stefano y Rial, los encargados de generar el juego de ataque, quienes se ven siempre en inferioridad contra los defensores vascos.

La segunda parte apenas ofrece emoción. El partido se va apagando, poco a poco, mientras languidecen las estrellas madridistas y se crecen, en defensa, los bizarros vizcaínos. Carmelo se dedica a perder tiempo, el público madridista pita, a su equipo y al propio Carmelo, el equipo responde con patadas a destiempo y Gaínza, sabedor de que la gloria de recoger la copa será suya, pide la pelota para hacerse dueño del último momento de gloria.

¡Qué grandes somos! Le gritó Artetxe a Gaínza cuando buscó el abrazo del capitán una vez hubo finalizado el partido. Más tarde, ya en frío, el propio Artetxe reconoció que había sido un partido mucho más fácil de lo esperado. Aún así, es el saludo final, Di Stéfano, que había jugado uno de los partidos más incómodos de su carrera, le confesó al propio Artetxe, dolido por la derrota: "No jugáis a nada". "Sí, pero os ganamos", le contestó este.

No fue del todo cierto que el Athletic no jugase a nada. Aquella tarde jugó una primera media hora fantástica. Luego, cierto es, se dedicó a dormir el partido. Una hora de juego trabado que quedó en la memoria de los frustrados perdedores. Cuando subió al palco a recoger la copa, Franco le dijo a Gaínza: "¿Otra vez usted por aquí?". El capitán sonrió y levantó el trofeo. Se convertía en el futbolista con más copas de España de la historia. Un hito aún no superado en la actualidad.

Aquel triunfo signficaba el séptimo entorchado del Piru y la tercera copa ganada por el Athletic en la década de los cincuenta. Con ella, el palmarés subía a veinte. Y todos querían más. La algarabía por la gesta se plasmó en un recibimiento apoteósico nada más pisar el equipo tierra vizcaína. Unas horas antes, haciendo parada y fonda en el burgalés pueblo de Ojeda, el presidente, Enrique Guzmán, les hizo saber que eran héroes y que como tal les iban a recibir.

El Alirón se escuchaba en las calles y plazas. Bilbao se echó a la calle, la ría se llenó de barcos pintados de rojo y blanco y muchos llegaron a exclamar que ellos eran los auténticos campeones de Europa. Les alimentaba el ánimo la legitimidad de saberse vencedores en su último duelo ante el campeón continental. Enrique Guzmán, desde el balcón del ayuntamiento, tomó la palabra:

- ¡Con once aldeanos les hemos pasado por la piedra!

Once chicos de Vizcaya habían reescrito la historia. Once hombres del Athletic habían levantado un país.

- ¡Hasta el año que viene!

Aquel saludo de despedida, tan cargado de promesa y voluntad, terminó convirtiéndose, con el tiempo, en una losa casi imposible de cargar. Aquel "hasta el año que viene" se alargó tanto que muchos aficionados llegaron a creerse malditos por algún capricho del destino. El Athletic, quien hasta entonces llevaba impreso en su razón de ser, el sobrenombre de "Rey de Copas", tardó ocho años en volver a disputar una final y once en total hasta que volvió a salir victorioso. Entonces ya no quedaba ningún aldeano de los que habían derrotado al gran Real Madrid de Di Stéfano. Aquellos once aldeanos que escribieron una bonita historia y dieron paso a una coplilla que, durante años, se tarareó por los alrededores de San Mamés en víspera de gran partido:

"Ya te lo dije, hermano. Que las cosas no están mal. Para ganar la final, nos basta con once aldeanos".



Fuentes: Iraizar.com, Wikipedia, As, Diarios de fútbol, El blog de Iñigo Landa, Miathletic.com, Cadena Ser, Pinterest.com, Bilbao.net, Mística del fútbol, Abc    Foto: Mística del fútbol

viernes, 25 de abril de 2014

La perla negra

El seis de enero de 1955, el estadio Metropolitano de Madrid se llenó para recibir al Sport Wiener Club austriaco. No es que fuese un equipo temible el visitante, el acontecimiento, de carácter lúdico festivo, se celebraba para conmemorar los diez años de Adrián Escudero como delantero titular del Atlético de Madrid. El club local, engalanado para el homenaje, se vio reforzado con tres jugadores del equipo rival; el impetuoso Oliva, el raudo Molowny y el inconmensurable Di Stefano. Ver a Alfredo Di Stefano con la camiseta del Atlético de Madrid era un motivo más que suficiente para acercarse una fría tarde de invierno al Paseo de la Reina Victoria. Durante años, el Atlético había sido el equipo referencia de la capital, pero desde la llegada de la Saeta Rubia, había sido el Real Madrid quien había tomado el testigo de equipo campeón. No fue un gran partido aquel del homenaje a Escudero; pero valió la pena ver como, ante la omnipresente figura de Di Stéfano, se imponía el corpachón de un negrito desgarbado de andares imposibles. Bastó un quiebro a cámara lenta, un chotis de pelota plana y un centro por encima de la defensa para que los más nostálgicos sacasen los pañuelos y pidiesen puerta grande para quien otrora fuese su gran ídolo.

El Metropolitano, puesto en pie, despidió en el cambio a Larbi Ben Barek como un padre que despide a su hijo pródigo en su viaje hacia nunca jamás. Tantas tardes de domingo bajo el sol de Madrid, tantos goles, tantos triunfos y tantos sueños cumplidos merecían un reconocimiento a la altura de los mejores recuerdos. Aquella tarde no solamente sirvió de homenaje a Adrián Escudero, fue la tarde del homenaje tardío al futbolista de los mejores sueños atléticos durante su poco más de medio siglo de vida.

Larbi Ben Barek nació en Casablanca una soleada tarde de 1917. Jugaba al fútbol desde que empezó a andar; corría detrás de la pelota y su padre, necesitado de mano de obra, le obligaba a cargar sacos mientras él soñaba goles. Endureció sus piernas jugando en barbechos de tierra con los pies descalzos. Convirtió el amague en un arte y el regate en una costumbre para los días de fiesta. El caso es que, en algún rincón de Casablanca, todos los días eran festivo si jugaba al fútbol el pequeño de los Ben Barek. Cuando cumplió los dieciocho años y los edictos le señalaron como, oficialmente, una persona mayor de edad, el Club Casablanca le hizo debutar en la segunda división marroquí. La diversión continuaba; como Ben Barek nunca había entendido el fútbol como un compromiso sino como una fiesta, los agraciados espectadores pudieron disfrutar de un tipo que driblaba a medio equipo rival y marcaba goles a puerta vacía. Un año allí y el Club Casablanca ascendió a la divisón honor marroquí y se plantó en la final de la Copa de Marruecos. Demasiado bonito, demasiado deprisa. La derrota en la final le enseñó a afrontar la vida con cautela y el fútbol con pasión. El poderoso U.S. Marocaine le incorporó a sus filas y el siguiente verano ya estaba celebrando el campeonato de liga. Era cuestión de tiempo que el joven Ben Barek deslumbrase al mundo. La oportunidad le llegó en un enfrentamiento amistoso entre Marruecos y Francia, su país protector. La victoria francesa por cuatro goles a dos quedó en anécdota ante la portentosa exhibición de Larbi Ben Barek. Dos goles, cien regates y mil detalles. Un emisario viajó a Marruecos y llamó a la puerta de la joven promesa del fútbol marroquí. "Trabajo para el Olympique de Marsella. Haz la maleta. Te vienes conmigo".

Y allí viajó Ben Barek; con la maleta llena de ilusiones y el sueño cumplido de jugar en Europa. Era el año 1938 y el Olympique organizó un encuentro amistoso contra el poderoso Racing de París. La presentación en sociedad de Ben Barek ante el público francés no pudo ser más asombrosa; goleada por cinco goles a dos y una actuación portentosa del delantero marroquí. En apenas dos días era el dueño de las portadas y en dos meses ya era el dueño de la liga francesa. La revolución en el juego pasó por sus pies, el histórico Olympique se convirtió, de la noche a la mañana, en el equipo al que todos querían ver. Era tal la belleza de su juego, que el prestigioso cronista Max Urbini llegó a bautizarle como "el poeta del fútbol". Y es que sus jugadas eran versos de autor y sus goles estrofas dignas de ser cantadas por la multitud. "La Perla Negra" dijo otro periodista. Una perla sin pulir pero de un valor bruto incalculable. Quilates de fútbol en botas de piel.

Francia lo incorporó a su selección en el otoño de 1938 y con ellos alargó un romance que duró quince años y dos meses. Nunca otro jugador disputó partidos vestido de bleu en un periodo de tiempo más largo. A los diecisiete partidos y tres goles anotados hay que sumar la expectación generada antes de cada partido. El viejo Parque de los Príncipes se llenaba de gente ávida por ver jugar al genio de Casablanca. Siempre dejaba algún detalle, siempre presto al espectáculo, siempre señalado como el máximo precursor de un juego que no habían conocido hasta entonces. Días de vino y rosas que se ensombrecieron de golpe cuando se tuvieron noticias del avance alemán sobre los países de la Europa del este. Hitler tenía hambre de imperio y en el viejo continente estalló una guerra que provocó la huída de millones de personas.

Uno de ellos, el futbolista Ben Barek, consiguió el salvoconducto y cruzó el mar para regresar a casa. Libre de una guerra que no había provocado, volvió a calzarse las botas de fútbol y volvió a hacer lo que más le gustaba: magia con el balón. El U.S. Marocaine vuelve a incorporarle a filas y Ben Barek responde con goles y títulos. Hasta cinco campeonatos de África del Norte consiguió el equipo de Casablanca antes de que rusos y americanos abordasen Alemania por ambos costados y se firmase el tratado que ponía fin a la guerra en la vieja Europa. Y fue entonces cuando el balón volvió a rodar por los prados europeos y fue entonces cuando las fronteras volvieron a abrirse para dar la bienvenida a equipos exóticos prestos a dejar un puñado de goles y un dinero en las resentidas taquillas. El Stade Français, equipo con glorias lejanas y presente ilusorio, confirmó la presencia del U.S. Marocaine el día que se abría la temporada postguerra de 1945. Y a Francia regresó Ben Barek para refrescar la memoria de aquellos que alguna vez le habían visto danzar sobre el césped. Regresó Ben Barek para volver a dejar su sello y el sello volvió a quedar impreso en una tierra francesa en la que volvió a quedarse para echar raíces. El Stade Français le dio un sueldo y un techo y, como aquel Olympique de años atrás, se convirtió, de la noche a la mañana, en el equipo de moda del fútbol francés.

Goles, regates y jugadas de ensueño. Y partidos amistosos contra los grandes de Europa dignos de museo. Uno de ellos le enfrentó al Atlético de Madrid de Helenio Herrera. El argentino, criado en Francia y curtido en campos de segunda, buscaba revolucionar el fútbol pero no encontraba una tecla sobre la que depositar su ego. Aquel Atlético en construcción fue vilipendiado por el Stade Français y desde aquel día, Herrera supo que para llegar a lo más alto, el equipo debía hacer un esfuerzo para contratar al negrito que les había mareado. O Ben Barek o nadie.

Y a punto estuvo de ser nadie. Nada más conocerse la noticia del interés del Atlético por Ben Barek, el propio Urbini publicó en letras grandes: "Vendan la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo. Vendan París. Pero no vendan a Ben Barek". Pero la oferta era irrechazable y el marroquí quería crecer. Había alcanzado la treintena y sabía que aquella era la última oportunidad de cazar un buen contrato. Corría el verano de 1948 cuando Stade Français y Atlético de Madrid llegaron a un acuerdo, lo que nadie se imaginaba era que el acuerdo con el jugador iba a tardar mucho más tiempo en llegar. Pasó el verano y empezó la temporada y en Madrid no se sabía nada de Larby Ben Barek. Llamaron a Francia y tampoco. Nadie lo había visto en Marruecos. Parecía habérselo tragado la faz de la tierra. Cuando las mofas y chanzas comenzaban a poblar los rincones del Madrid más futbolero, a la sede del Atlético llegó un telegrama: "Mi mujer ha fallecido. Tuve que volver a casa para buscar acomodo a mis hijos. Estaré allí dentro de dos días".

El catorce de septiembre de 1949 una delegación del Atlético, encabezada por el portero Marcel Domingo, amigo personal del jugador, acudió al aeropuerto de Barajas para recibir a Larby Ben Barek. Al tipo que vieron aparecer por la terminal le sobraban kilos y arrugas, pero en su sonrisa cansada se adivinaba un halo de ilusión. En su primera comparecencia ante la prensa fue explícito: "Me siento como un chaval de veinte años". Aquello parecía una bravuconada propia de un tipo que desconocía lo que le esperaba en el campeonato español; defensas aguerridos, sistemas defensivos complejos y centrocampistas con gusto por la velocidad. Pero el Atlético, que había perdido sus dos primeros partidos de liga, necesitaba a alguien que diese la vuelta a los malos augurios y disparase al equipo hacia los primeros puestos. Y el debut no fue lo que se esperaba. El equipo salió goleado de Sarriá y la gente quedó con la impresión de que se había fichado a un hombre mayor que solamente sabía trotar por el campo ¿Dónde está la perla? Se preguntó algún cronista. La mitad blanca de la capital salió a sonreir aquel lunes. La otra mitad, herida en el orgullo, agachó el cuello y guardó silencio mientras contenía su decepción.

Las expectativas habían sido altas, por lo que el Atlético ya había organizado un partido amistoso para presentar a Ben Barek en sociedad. El rival fue el Racing de Santander y el resultado fue de ocho goles a uno. Aquel día comenzó la historia que derivó en leyenda. Ben Barek bailaba en el campo; buscaba la pelota, la tocaba con suavidad, a veces driblaba, otras veces jugaba en largo y en dos ocasiones apareció en el área para hacer un gol. Los cronistas borraron con el codo lo que habían escrito con la mano y en pocos meses, la denostada delantera del Atlético pasó a ser bautizada como la maravillosa "delantera de cristal". Juncosa, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero. Maravillosa porque gustaba del verso, del artisteo, del riesgo, de la genialidad. De cristal porque eran muchas las veces que maravillaban, pero pocas las veces que coincidían los cinco juntos sobre el terreno de juego. Siempre había una lesión, un contratiempo, una pequeña causa que les impedía comparecer en grupo ante la sociedad.

Pero el asombro era constante y el negro era colosal. El negro era Ben Barek, bautizado así por los castizos por su color de piel. Blanca sonrisa siempre presente, el negro del Metropolitano completó una magnífica primera temporada y voló en verano a Marruecos para meditar sobre el punto que sería capaz de alcanzar en la temporada siguiente. En la que se convirtió en su temporada de confirmación, el equipo comenzó perdiendo en Bilbao para ir remontando poco a poco sacando victorias imposibles en campos inaccesibles. Ben Barek era el jugador total en el que Herrera confiaba la suerte del juego. Disciplina, orden, esfuerzo y pocas contemplaciones con el rival; y el balón siempre para el negro. Desde la zona de tres cuartos, Ben Barek recibía, miraba y jugaba. Fluía el fútbol cuando el balón salía de sus pies, ganaba el equipo cada vez que asomaba media docena de veces por el borde del área.

La remontada comenzó en Mestalla. Después de unos primeros malos resultados, el Atlético asaltó Valencia y dejó seis goles en el zurrón visitante. Herrera, sometido a la crítica diaria por un sistema de juego demasiado heterodoxo, se quitó aquel día el lastre que le acusaba de ser un tipo frío y conservador y que aquellos valores los transmitía a un equipo plano y aburrido. Ben Barek, que había llegado al puzzle para convertirse en la pieza que hiciese encajar todo lo demás, no tuvo una fácil adaptación debido a su tendencia por el vedetismo. A menudo, los defensores, conocedores de que el carácter del delantero estaba forjado con sangre de horchata, le buscaban las cosquillas y le provocaban por lo bajini y con patadas a destiempo. Eran las tardes en las que Ben Barek desaparecía para volver a aparecer frente al micrófono de algún reportero y repetirle su mantra de que él había viajado a España para jugar al fútbol, no para disputar una guerra. Fue entonces cuando llegaron las palabras de Helenio Herrera al que, con el tiempo, terminaron llamando "El Mago". "Escúcheme. Usted se achica ante los fuertes y se esconde ante los rápidos. No pasa nada. Usted tiene talento. Le dejo achicarse y esconderse, pero a cambio, por favor, le pido dos hombradas por partido. Solamente dos". Pero fueron muchas más. Crecido en su ego por la confianza depositada, Ben Barek jugó al fútbol como los ángeles y bailó en el césped como un profesional del Bolshoi.

Aquel negrito gordo producía ternura y admiración por partes iguales. En un fútbol de ataque como era el de los cincuenta, Ben Barek entendió su rol y se dejó retrasar unos metros para convertirse en un exquisito medio creativo. De sus botas nacieron cientos de jugadas que morían en las redes contrarias previo pase en profundidad buscando las alas. Conformó una sociedad inolvidable junto a Adrián Escudero, el primer "Niño" del Atleti, que cabalgaba la banda izquierda como el gamo que busca una pradera infinita. Una sociedad que alcanzó el cénit una tarde de domingo en el viejo Chamartín. El Atleti visitó al Madrid y le endosó seis goles para firmar la que, hasta ahora, ha sido su victoria más holgada frente al máximo rival. De aquel partido quedó el recuerdo del marcador final y del baile con el que Ben Barek deleitó al fondo norte del estadio rival mientras celebraba el gol que redondeaba la goleada.

Piernas largas, zancada de bailarín y goles, muchos goles. Tantos como cincuenta y ocho en los ciento cuarenta y cuatro partidos que jugó como rojiblanco. Aquel equipo que ganó dos ligas provocó un éxtasis sin precedentes en el Metropolitano, hasta el punto de que el estadio se quedó pequeño en más de un partido viendo como mucha gente que acudía en masa para ver al negro, se quedaba a las puertas en espera de una mejor ocasión. Fútbol de quilates que llenaba campos propios y ajenos. Una expectación nunca antes conocida para el disfrute de un fútbol de salón pocas veces deleitado por el espectador.

La apoteosis llegó en la última jornada en un partido a cara de perro disputado contra el Sevilla. Aquel era un gran Sevilla, probablemente uno de los dos o tres mejores equipos en la historia del club. Allí, en Nervión, los más viejos del lugar aún no olvidan lo que ocurrió una soleada tarde de abril de 1951. El Real bullía con la feria y los sevillistas acudieron en masa al estadio para ver salir a su equipo campeón. Tenían que ganar el partido mientras que al Atlético le valía el empate. Ante la baja de Silva, Herrera optó por colocar a Ben Barek en la zona central de terreno de juego. El equipo perdía fuerza pero ganaba en toque. Sin embargo, todas las expectativas se fueron al traste ante el empuje del equipo sevillista. Un Sevilla en tromba tardó cinco minutos en adelantarse y en meter el miedo al equipo rojiblanco. Y ante el miedo, decisión. Ante la duda, fútbol. Ben Barek dibujó una fabulosa pared con Pérez Payá y cruzó la pelota hacia la red de Busto. El ánimo, que durante minutos se fue enfriando ante el ritmo de crucero impuesto por el Atlético, terminó de caldearse cuando el señor Azón anuló un gol de Araujo al considerar que la pelota había traspasado la línea de fondo en la jugada previa. Una decisión discutida para una jugada que aún los años no han terminado de aclarar. Una lluvia de objetos que invadió el césped y que obligó al Atlético festejar la liga en el vestuario antes de salir corriendo para evitar males mayores.

El año siguiente Ben Barek regresó a Sevilla y volvió a marcar un golazo, pero el Atlético perdió un partido que significó el comienzo de su declive. Al declive rojiblanco le siguió el declive de su estrella. Cansado por la exigencia y vencido por la edad, Ben Barek pasó de jugar mucho a jugar poco antes de jugar muy poco. Los estadios se habían olvidado de él y ahora se llenaban para ver jugar a un fenómeno de pelo rubio apellidado Kubala. El frío Europeo había vencido a la memoria de la cálida África del Norte.

Tras Kubala llegó Di Stéfano y la luz de Ben Barek terminó por apagarse. Al Atlético triunfador le siguió un Real Madrid arrasador. Cuando los blancos ganaban Copas de Europa por doquier, Ben Barek ya había regresado a Casablanca. Allí seguía chutando a la pelota, tocando, driblando, bailando. Había salvado al Olympique del descenso en una segunda etapa triunfal y había vuelto a la tierra prometida para descansar en paz. Volvió al Metropolitano en aquel día de Reyes en el que el Atlético homenajeó a Escudero y la afición terminó por homenajearle a él. Tanto nos das, tanto te agradecemos. Tanto nos diste, tanto te recordaremos.

Tras dejar el fútbol pasó a los banquillos para convertirse en el primer seleccionador de Marruecos libre del protectorado francés. Desde el banquillo cumplió un sueño internacional que no pudo hacer como jugador; disputar un partido oficial como marroquí. El momento fue simbólico pero poco duradero. Fuera del césped Ben Barek era más espectador que instructor, más historia que memoria. Por aquel entonces despuntaba en Brasil un joven flacucho y veloz que regateaba como un demonio y marcaba goles como un fusilador profesional. Le llamaban Pelé y algunos le apodaron "El Rey". "Si yo soy el Rey", dijo entonces, "Ben Barek es Dios". He aquí la dimensión de un tipo que traspasó fronteras e hizo felices a muchas personas. El recuerdo imborrable de un amago, una finta y una celebración bailando salsa en el fondo norte de Chamartín.

Murió solo, muchos años después, como solo había vivido una vez le hubo abandonado el fútbol. La gente recuerda a Herrera y su libro de estilo. El Mago llegó a ser mago porque un día encontró un negro que jugaba al fútbol como los ángeles. Aquel Atleti le hizo despegar hacia el estrellato; el Atleti de Ben Barek. La delantera de Cristal y los goles en blanco y negro. Nada más conocer su muerte, la FIFA le condecoró a título póstumo, era el reconocimiento que no le dieron en vida, el del mejor jugador marroquí de la historia. La historia de un tipo que fue película y fue feliz jugando al fútbol. La sonrisa de marfil, la perla negra. El niño que jugaba descalzo y eclipsó a Di Stéfano el día que este se puso la rojiblanca para rendir homenaje al capitán del equipo rival.



Fuentes: Wikipedia, colchonero.com, ABC, bdfutbol, En clave de fútbol, Señales de humo, Historia del fútbol mundial, Auge y caída del trofeo Teresa Herrera, El fútbol tiene música, Futbolprimera, Diario Calle de Agua, La vida en rojiblanco, Marca, As, futbolmarroqui.com, Cyclopedia, El Comercio, Atlético de Madrid, El País, Infoatleti, sevillafc.com    Foto: Ramón Chao