miércoles, 6 de mayo de 2015

Once aldeanos

En 1898, un grupo de jóvenes estudiantes ingleses, aficionados a aquel nuevo deporte que pretendía hacerle la competencia del rugby en la vieja Gran Bretaña, decidieron fundar, en la capital de Vizcaya, un club de fútbol al que bautizaron como Athletic. Sus primeros partidos, en la bautizada como campa de los ingleses, atrajeron la atención de un centenar de vecinos que se acercaban, curiosos, a visionar aquel extraño deporte que se jugaba con los pies.

No tardaron los ingleses en dejar paso en el club a los jugadores nacidos en la tierra. La pasión por el fútbol fue tal que no hubo un joven de la zona que no quisiera formar parte de aquel equipo que había adoptado los colores azul y blanco en honor al Blackburn Rovers inglés. La popularidad del juego fue tal que el club se vio obligado a construir un nuevo campo de juego donde pudiesen acudir los miles de fieles que querían ver al equipo cada mañana de domingo.

Desde 1913, el Athletic Club de Bilbao, jugó todos sus partidos como local en el bautizado como Estadio de San Mamés. Con motivo del juego practicado en sus orígenes, el Athletic se convirtió en un equipo aguerrido de juego directo y eficaz, al más puro estilo británico. Aquella manera de jugar con todo y sin red les valió ganarse el sobrenombre de "leones". Con ello se hacía hincapié de la fiereza de los once tipos que vestían una casaca que había tornado en roja y blanca. Bandas de sangre y pureza.

La fama del equipo, lograda a base de victorias, le situó en el altar de los clubes más valorados del país. Suyo fue el primer doblete del fútbol español y solamente la guerra civil que estalló en España en 1936 fue capaz de frenar el ímpetu de un grupo dispuesto a escribir una historia con letras de oro.

Tras casi dos décadas de deriva institucional, el Athletic decide poner su futuro en manos del visionario Fernando Daucik. El entrenador húngaro, que había llegado a España de la mano de su cuñado Ladislao Kubala, había sido artífice desde el banquillo de exitoso Barça de las cinco copas. Entre sus ideas revolucionarias, había importado la figura del falso nueve que en la Hungría de los cincuenta había encarnado Hidegkuti y que Kubala había perfeccionado con la camiseta del Barça.

Entre sus arduas tareas, le tocó reconducir la transición entre la segunda delantera histórica y una nueva hornada de jóvenes que apretaban desde atrás. Aquella delantera hístórica que los viejos de lugar recitaban de memoria y que formaron Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza tuvo que dejar sitio a los Uribe, Aguirre o Artetxe que ya brillaban en el segundo equipo.

La dupla Panizo y Gaínza ha sido, hasta la fecha, la que más alegría, en concepción de fútbol bonito hablando, ha dado a la afición del Athletic de Bilbao. Eran dos jugadores excelsos que se entendían simplemente con mirarse. Por ello, la transición fue difícil en cuanto a Panizo se le acabó la magia con los años y Gaínza hubo de verse solo ante la apabullante juventud que pedía paso de forma descarada. Lo que algunos pensaron que duraría una eternidad apenas tardó en cuajar en un equipo inolvidable. Primero se ganó la copa del Generalísimo de 1955 con un solitario gol de Uribe ante el Sevilla, después vino el doblete de la siguiente temporada y en Bilbao se tuvo la sensación de que se volvía a ser todo lo grande que los más viajos habían augurado durante épocas anteriores.

Los días de vino y rosas se extendieron más allá de las fronteras de España. El equipo fue recibido por el Papa Pío XII quien les dio la bendición, uno a uno, a todos los jugadores de la plantilla. Era un grupo feliz, conjuntado, una tropa que jugaba de memoria. Quedaba el asalto a Europa y estaban dispuesto a emprenderlo como la más bella de las aventuras.

Primero cayó el Oporto. Los portugueses eran un buen equipo, rivalizaban en su país con un Benfica emergente e intentaban poner a Portugal en el mapa futbolístico europeo. Después cayó el Honved de Budapest y aquello fueron palabras mayores. Era el equipo de Puskas, de Bozsik, de Czibor y de Kocsis. Era un equipazo en toda regla, herederos de la fabulosa Hungría que había dominado el continente con puño de hierro durante el primer lustro de la década. Fueron dos partidos a cara de perro que el Athletic se terminó llevando por convencimiento, algo de suerte y puro fútbol. Porque era un gran Athletic, un equipo que competía hasta el tuétano y un grupo de amigos que soñaban muy fuerte.

El siguiente escollo era el Manchester United. Se había cambiado el año y el mes de marzo era frío como en la misma Siberia. Bilbao amaneció nevado la víspera del partido y dejó de caer nieve hasta el día después del épico encuentro. En San Mamés se vivió el que posiblemente sea el partido más memorable de su historia. El Athletic ganó por cinco goles a tres a un fabuloso equipo inglés capitaneado por Duncan Edwards y donde un incipiente Bobby Charlton hacía sus primeros pinitos. Nadie dudaba entonces de que aquel joven equipo sería algún día campeón de Europa.

Aquel fragor guerrero lo confirmó el United en el partido de vuelta. Con Old Trafford entregado a sus chicos, el Manchester arrolló al Athletic y le dejó sin el sueño de las semifinales. Tan solo el gran Real Madrid, el mejor equipo del mundo, pudo frenar a los descarados ingleses. En Bilbao quedó la sensación de oportunidad perdida y el recuerdo imborrable de dos tardes de fútbol completamente espectaculares.

Aquel partido significó el canto del cisne de un equipo que había nacido hambriento y terminó muriendo henchido de éxito. Han pasado sesenta años y el Athletic no ha vuelto a llegar tan lejos en la máxima competición. De repente, parecieron irse las musas. Se acabó la bendición papal y el equipo inició una cuesta abajo que terminó con la destitución de Daucik y el fin de un ciclo casi irrepetible.

Baltasar Albéniz, hombre de la casa, se hizo cargo del equipo empezado el año 1958. Las cosas iban mal y se hicieron esfuerzos para enderezar el timón. A pesar de los recientes éxitos, el público seguía añorando a Zarra. Había tipos con una extraordinaria visión y movilidad, pero no había goleadores tan excelsos como el viejo Telmo. Gaínza, que permanecía en el equipo a pesar de su veteranía, trataba de imponer su jerarquía, pero estaba lejos de ser el decisivo extremo que había vuelto locos a todos y cada uno de los defensas del fútbol español. Para colmo, la depresión se ahondó al verse el equipo hundido en el pavor que generó el accidente aéreo que terminó con la vida de la mitad de la plantilla de aquel Manchester que les había apeado un año antes del sueño europeo.

Se intentó enderezar el rumbo y se consiguió a medias. El equipo terminó sexto en liga y se centraron los esfuerzos en la copa, cuyas últimas rondas se jugaban una vez concluído el campeonato doméstico. El déficit económico había obligado al club a afrontar una temporada sin refuerzos. Habían subido chavales del filial, pero no habían sido todo lo fiables que se había supuesto. El equipo, pues, estaba en la manos de la magia de Uribe y Aguirre, dos tipos excelsos que jugaban por detrás del delantero y aportaban fútbol y goles. Fue por ello que, con la Copa por delante, ellos se vieron obligados a dar un paso al frente y tomar las riendas del equipo de cara a salvar la temporada.

Los rivales se fueron convirtiéndose en más difíciles a medida que avanzaban las eliminatorias. Primero cayó un buen Celta, al que eliminaron por un cuatro a cero en el global de la eliminatoria. Después cayó un Las Palmas que se estaba convirtiendo en un equipo muy difícil, pese a ello, el Athletic se llevó la eliminatoria por un global de cinco a cero. Por último, y como penúltimo escollo, quedaba el gran Barcelona de Kubala y Luis Suárez. El Athletic ganó dos a cero en San Mamés y refrendó su buen momento con un tres a cuatro en el Camp Nou. El pase a la final fue celebrado como un premio mayor. Esperaba el Real Madrid, el mejor equipo del mundo, quien no jugaba una final de Copa desde hacía once años.

El partido supondría, pues, la reedición de uno de los grandes clásicos del fútbol español. Ambos equipo se habían enfrentado en tantas ocasiones que se conocían casi de memoria. Si en los primeros años del fútbol patrio el Athletic había sido el equipo dominante, ahora era el Real Madrid el auténtico coloso casi imposible de batir.

El Athletic era el equipo con más copas en su haber, sin embargo, en aquella ocasión, su clasificación para la final se había considerado como una auténtica sorpresa. Nadie había esperado que el equipo que tan irregular marcha había seguido en la liga, se hubiese de plantar en la final de la Copa del Generalísimo. La Federación, por ello, y previendo que quizá no fuesen muchos los bilbaínos que viajasen para asistir a la final, dañados en su ánimo por la debilidad moral del equipo, propuso el Metropolitano como escenario de la final.

La fecha fijada para la misma es el veintinueve de junio, onomástica de Pedro y Pablo. Día festivo por entonces en España y día en el que resto del mundo estará pendiente de lo que ocurra en Estocolmo pues allí terminarán jugando la final del mundial la anfitriona Suecia contra la maravillosa Brasil. Aquel mismo día, además, el Barcelona jugará contra el Eschende el partido que servirá como homenaje al mítico extremo Estanislao Basora. El monstruo de Colombes.

En España, que la fecha coincidiese con la disputa de la final del mundial de fútbol daba un poco igual. Nuestra selección no se había clasificado para la fase final a disputar en Suecia y los organizadores de la federación habían pensado que, estando fuera de la competición el equipo nacional, a nadie le interesaría lo que ocurriese en Estocolmo un sábado cualquiera junio. Allí, como única representación española, estaría el juez de línea Don Juan Gardeazábal quien, entre carrera y carrera, disfrutaría desde la banda de los malabares de ese joven prodigio al que llamaban Pelé.

El Real Madrid, que venía de ganar liga y Copa de Europa, iba lanzado a por el triplete. El partido era un clásico, sí, pero el favoritismo caía, principalmente, de un solo lado. Aquello, sin embargo, no amedrentó a los dirigentes del Athletic. Sabedores de que tenían que aceptar Madrid como imposición directa al tratarse de la ciudad residencia del dictador Franco, en una bilbainada digna del mejor león, solicitaron el estadio de Chamartín como escenario de la final. "Vamos a ir a Madrid, vamos a jugar en Chamartín y vamos a traer la copa a Bilbao". Ni los más optimistas podían creer en aquella fanfarronada.

Los antecedentes no eran nada halagüeños. En liga, el Madrid había ganada por seis a cero como local y por cero a dos en San Mamés. Profanar aquel templo no era nada fácil en la época, pero el Madrid era mucho Madrid. Era el equipo que terminaba sus alineaciones de Di Stefano, Puskas y Gento. Canela fina.

En aquella época, el término Athletic estaba prohibido en España por ser considerado anglosajón. Llamar Atlético de Bilbao al equipo era la manera correcta de mostrar españolía y majestuosidad en el hablar. Pero ellos siempre fueron el Athletic en el corazón y en la memoria. Con aquella reivindicación, miles de bilbaínos invadieron Madrid y se abocaron a aquella tradición que decía que había un día cada mes de junio que Madrid se llenaba de vizcaínos. Por algo les llamaban "El rey de copas".

El partido sería televisado para Madrid. Era aún una televisión pública en pruebas y no había suficientes repetidores como para emitir la señal a toda España. Así pues, todos los bilbaínos que no hubieron conseguido entrada habrían de seguir el partido pegados al transistor.

En la previa, el Atlético le gana al Alicante por dos goles a uno la final juvenil. El público, inquieto ante un comienzo que no llega, se divierte a regañadientes con el espectáculo de veintidós chavales que sueñan con ser algún día futbolistas de verdad. Pero las estrellas de la noche son otras. El Madrid forma con Alonso, Atienza, Santamaría, Lesmes, Santisteban, Zárraga, Joseíto, Mateos, Di Stéfano, Rial y Pereda. Son bajas Kopa y Gento por lo que el equipo se verá obligado a atacar por el centro. Son los dos mejores extremos de Europa y los defensas del Athletic respirar aliviados ante su ausencia.

El Athletic, menos técnico pero con más brío, forma con Carmelo, Garay, Orué, Canito, Mauri, Etura, Artetxe, Marcaida, Arieta, Uribe y Gaínza. Eran once chicos nacidos y criados en Vizcaya. Once chicos de la tierre. Once hombres de casa.

La identidad, algo tan apropiado para afrontar los mayores retos, les estímuló el nervio. Aquello sirvió para que saliesen sin miedo a competir. La premisa táctica la tenían clara; repliegue y contragolpe. Y la manera de ejecutar el plan, también; velocidad y brío. A partir de ahí, balones largos a Arieta y Uribe guardando la espalda con Etura y Mauri. Es el Real Madrid quien se ve sorprendido con el planteamiento. Lejos de replegarse, el Athletic se abalanza a por cada balón. La presión asfixiante se traduce en dos robos y en dos buenas ocasiones que los bibaínos fallan en los primeros minutos de encuentro.

Pasado el cuarto de hora, Alonso salva un gol con una parada espectacular pero el infortunio del Athletic dura poco. Se acerca el ecuador de la primera parte cuando Gaínza recibe el balón en el costa izquierdo. Atienza no le aprieta por lo que tira un centro medido a la cabeza de Arieta quien remata con todo al poste. Parecía una ocasión marrada más, pero la pelota hace un efecto y termina en la portería del Madrid. 1-0. Salta la sorpresa.

Apenas tiene el Madrid tiempo para reaccionar cuando Uribe gana la pelota por el otro costado y la tira hacia atrás, rasa, para la llegada de Etura quien la pega con el alma al fondo de las redes. Corría el minuto veintitrés y la final se ponía cuesta arriba para los propietarios del terreno. Y aún pudo ser peor si Arieta acierta con un nuevo mano a mano que salva Alonso cuando la mitad del estadio ya celebraba un nuevo gol.

Había sido una media hora esplendorosa. Un tiempo que en Bilbao se recordará durante muchos años y que, las generaciones, irán mitificando haciendo creer que el equipo pudo ir ganando por diez al final del primer tiempo. No fue tanto, pero sí fue primoroso. Y si se recuerda con tanto entusiasmo es porque lo que vino después fue mucho peor. El Athletic se echó atrás, presto a guardar la ropa. El Madrid, sorprendido, se quedó sin ideas. Ni siquiera Di Stefano era capaz de cambiar el rumbo. En Bilbao, mientras tanto, miles de ciudadanos festejaban en silencio pegados al transistor y preguntándose si el tiempo seguiría pasando tan despacio antes de que el árbitro señalase el final del partido.

La superioridad del Athletic se hacía patente en cada lance. Quedaba claro que el partido había sido estudiado de antemano. Dos contra uno en cada acción, mucho sacrificio y movilidad arriba. En este aspecto destacó Arieta, con un partidazo soberbio. Tal fue su actuación que el encargado de marcarle, Santisteban, terminó siendo pitado por su propio público. Nada que hacer contra él. Si aparecía en el centro del campo, Santisteban siempre llegaba tarde, si aparecía en el área, era siempre ganando la espalda de Santamaría. Ambos soñaron durante meses con el ariete vasco.

Desesperada la retaguardia blanca y con Zárraga desaparecido, el Athletic se dedica a contener el partido y lo hace de una manera cómoda. Garay, Artetxe y Mauri forman un muro y, con la ayuda, de Canito, forman una línea de cuatro que ahoga a Di Stefano y Rial, los encargados de generar el juego de ataque, quienes se ven siempre en inferioridad contra los defensores vascos.

La segunda parte apenas ofrece emoción. El partido se va apagando, poco a poco, mientras languidecen las estrellas madridistas y se crecen, en defensa, los bizarros vizcaínos. Carmelo se dedica a perder tiempo, el público madridista pita, a su equipo y al propio Carmelo, el equipo responde con patadas a destiempo y Gaínza, sabedor de que la gloria de recoger la copa será suya, pide la pelota para hacerse dueño del último momento de gloria.

¡Qué grandes somos! Le gritó Artetxe a Gaínza cuando buscó el abrazo del capitán una vez hubo finalizado el partido. Más tarde, ya en frío, el propio Artetxe reconoció que había sido un partido mucho más fácil de lo esperado. Aún así, es el saludo final, Di Stéfano, que había jugado uno de los partidos más incómodos de su carrera, le confesó al propio Artetxe, dolido por la derrota: "No jugáis a nada". "Sí, pero os ganamos", le contestó este.

No fue del todo cierto que el Athletic no jugase a nada. Aquella tarde jugó una primera media hora fantástica. Luego, cierto es, se dedicó a dormir el partido. Una hora de juego trabado que quedó en la memoria de los frustrados perdedores. Cuando subió al palco a recoger la copa, Franco le dijo a Gaínza: "¿Otra vez usted por aquí?". El capitán sonrió y levantó el trofeo. Se convertía en el futbolista con más copas de España de la historia. Un hito aún no superado en la actualidad.

Aquel triunfo signficaba el séptimo entorchado del Piru y la tercera copa ganada por el Athletic en la década de los cincuenta. Con ella, el palmarés subía a veinte. Y todos querían más. La algarabía por la gesta se plasmó en un recibimiento apoteósico nada más pisar el equipo tierra vizcaína. Unas horas antes, haciendo parada y fonda en el burgalés pueblo de Ojeda, el presidente, Enrique Guzmán, les hizo saber que eran héroes y que como tal les iban a recibir.

El Alirón se escuchaba en las calles y plazas. Bilbao se echó a la calle, la ría se llenó de barcos pintados de rojo y blanco y muchos llegaron a exclamar que ellos eran los auténticos campeones de Europa. Les alimentaba el ánimo la legitimidad de saberse vencedores en su último duelo ante el campeón continental. Enrique Guzmán, desde el balcón del ayuntamiento, tomó la palabra:

- ¡Con once aldeanos les hemos pasado por la piedra!

Once chicos de Vizcaya habían reescrito la historia. Once hombres del Athletic habían levantado un país.

- ¡Hasta el año que viene!

Aquel saludo de despedida, tan cargado de promesa y voluntad, terminó convirtiéndose, con el tiempo, en una losa casi imposible de cargar. Aquel "hasta el año que viene" se alargó tanto que muchos aficionados llegaron a creerse malditos por algún capricho del destino. El Athletic, quien hasta entonces llevaba impreso en su razón de ser, el sobrenombre de "Rey de Copas", tardó ocho años en volver a disputar una final y once en total hasta que volvió a salir victorioso. Entonces ya no quedaba ningún aldeano de los que habían derrotado al gran Real Madrid de Di Stéfano. Aquellos once aldeanos que escribieron una bonita historia y dieron paso a una coplilla que, durante años, se tarareó por los alrededores de San Mamés en víspera de gran partido:

"Ya te lo dije, hermano. Que las cosas no están mal. Para ganar la final, nos basta con once aldeanos".



Fuentes: Iraizar.com, Wikipedia, As, Diarios de fútbol, El blog de Iñigo Landa, Miathletic.com, Cadena Ser, Pinterest.com, Bilbao.net, Mística del fútbol, Abc    Foto: Mística del fútbol

viernes, 25 de abril de 2014

La perla negra

El seis de enero de 1955, el estadio Metropolitano de Madrid se llenó para recibir al Sport Wiener Club austriaco. No es que fuese un equipo temible el visitante, el acontecimiento, de carácter lúdico festivo, se celebraba para conmemorar los diez años de Adrián Escudero como delantero titular del Atlético de Madrid. El club local, engalanado para el homenaje, se vio reforzado con tres jugadores del equipo rival; el impetuoso Oliva, el raudo Molowny y el inconmensurable Di Stefano. Ver a Alfredo Di Stefano con la camiseta del Atlético de Madrid era un motivo más que suficiente para acercarse una fría tarde de invierno al Paseo de la Reina Victoria. Durante años, el Atlético había sido el equipo referencia de la capital, pero desde la llegada de la Saeta Rubia, había sido el Real Madrid quien había tomado el testigo de equipo campeón. No fue un gran partido aquel del homenaje a Escudero; pero valió la pena ver como, ante la omnipresente figura de Di Stéfano, se imponía el corpachón de un negrito desgarbado de andares imposibles. Bastó un quiebro a cámara lenta, un chotis de pelota plana y un centro por encima de la defensa para que los más nostálgicos sacasen los pañuelos y pidiesen puerta grande para quien otrora fuese su gran ídolo.

El Metropolitano, puesto en pie, despidió en el cambio a Larbi Ben Barek como un padre que despide a su hijo pródigo en su viaje hacia nunca jamás. Tantas tardes de domingo bajo el sol de Madrid, tantos goles, tantos triunfos y tantos sueños cumplidos merecían un reconocimiento a la altura de los mejores recuerdos. Aquella tarde no solamente sirvió de homenaje a Adrián Escudero, fue la tarde del homenaje tardío al futbolista de los mejores sueños atléticos durante su poco más de medio siglo de vida.

Larbi Ben Barek nació en Casablanca una soleada tarde de 1917. Jugaba al fútbol desde que empezó a andar; corría detrás de la pelota y su padre, necesitado de mano de obra, le obligaba a cargar sacos mientras él soñaba goles. Endureció sus piernas jugando en barbechos de tierra con los pies descalzos. Convirtió el amague en un arte y el regate en una costumbre para los días de fiesta. El caso es que, en algún rincón de Casablanca, todos los días eran festivo si jugaba al fútbol el pequeño de los Ben Barek. Cuando cumplió los dieciocho años y los edictos le señalaron como, oficialmente, una persona mayor de edad, el Club Casablanca le hizo debutar en la segunda división marroquí. La diversión continuaba; como Ben Barek nunca había entendido el fútbol como un compromiso sino como una fiesta, los agraciados espectadores pudieron disfrutar de un tipo que driblaba a medio equipo rival y marcaba goles a puerta vacía. Un año allí y el Club Casablanca ascendió a la divisón honor marroquí y se plantó en la final de la Copa de Marruecos. Demasiado bonito, demasiado deprisa. La derrota en la final le enseñó a afrontar la vida con cautela y el fútbol con pasión. El poderoso U.S. Marocaine le incorporó a sus filas y el siguiente verano ya estaba celebrando el campeonato de liga. Era cuestión de tiempo que el joven Ben Barek deslumbrase al mundo. La oportunidad le llegó en un enfrentamiento amistoso entre Marruecos y Francia, su país protector. La victoria francesa por cuatro goles a dos quedó en anécdota ante la portentosa exhibición de Larbi Ben Barek. Dos goles, cien regates y mil detalles. Un emisario viajó a Marruecos y llamó a la puerta de la joven promesa del fútbol marroquí. "Trabajo para el Olympique de Marsella. Haz la maleta. Te vienes conmigo".

Y allí viajó Ben Barek; con la maleta llena de ilusiones y el sueño cumplido de jugar en Europa. Era el año 1938 y el Olympique organizó un encuentro amistoso contra el poderoso Racing de París. La presentación en sociedad de Ben Barek ante el público francés no pudo ser más asombrosa; goleada por cinco goles a dos y una actuación portentosa del delantero marroquí. En apenas dos días era el dueño de las portadas y en dos meses ya era el dueño de la liga francesa. La revolución en el juego pasó por sus pies, el histórico Olympique se convirtió, de la noche a la mañana, en el equipo al que todos querían ver. Era tal la belleza de su juego, que el prestigioso cronista Max Urbini llegó a bautizarle como "el poeta del fútbol". Y es que sus jugadas eran versos de autor y sus goles estrofas dignas de ser cantadas por la multitud. "La Perla Negra" dijo otro periodista. Una perla sin pulir pero de un valor bruto incalculable. Quilates de fútbol en botas de piel.

Francia lo incorporó a su selección en el otoño de 1938 y con ellos alargó un romance que duró quince años y dos meses. Nunca otro jugador disputó partidos vestido de bleu en un periodo de tiempo más largo. A los diecisiete partidos y tres goles anotados hay que sumar la expectación generada antes de cada partido. El viejo Parque de los Príncipes se llenaba de gente ávida por ver jugar al genio de Casablanca. Siempre dejaba algún detalle, siempre presto al espectáculo, siempre señalado como el máximo precursor de un juego que no habían conocido hasta entonces. Días de vino y rosas que se ensombrecieron de golpe cuando se tuvieron noticias del avance alemán sobre los países de la Europa del este. Hitler tenía hambre de imperio y en el viejo continente estalló una guerra que provocó la huída de millones de personas.

Uno de ellos, el futbolista Ben Barek, consiguió el salvoconducto y cruzó el mar para regresar a casa. Libre de una guerra que no había provocado, volvió a calzarse las botas de fútbol y volvió a hacer lo que más le gustaba: magia con el balón. El U.S. Marocaine vuelve a incorporarle a filas y Ben Barek responde con goles y títulos. Hasta cinco campeonatos de África del Norte consiguió el equipo de Casablanca antes de que rusos y americanos abordasen Alemania por ambos costados y se firmase el tratado que ponía fin a la guerra en la vieja Europa. Y fue entonces cuando el balón volvió a rodar por los prados europeos y fue entonces cuando las fronteras volvieron a abrirse para dar la bienvenida a equipos exóticos prestos a dejar un puñado de goles y un dinero en las resentidas taquillas. El Stade Français, equipo con glorias lejanas y presente ilusorio, confirmó la presencia del U.S. Marocaine el día que se abría la temporada postguerra de 1945. Y a Francia regresó Ben Barek para refrescar la memoria de aquellos que alguna vez le habían visto danzar sobre el césped. Regresó Ben Barek para volver a dejar su sello y el sello volvió a quedar impreso en una tierra francesa en la que volvió a quedarse para echar raíces. El Stade Français le dio un sueldo y un techo y, como aquel Olympique de años atrás, se convirtió, de la noche a la mañana, en el equipo de moda del fútbol francés.

Goles, regates y jugadas de ensueño. Y partidos amistosos contra los grandes de Europa dignos de museo. Uno de ellos le enfrentó al Atlético de Madrid de Helenio Herrera. El argentino, criado en Francia y curtido en campos de segunda, buscaba revolucionar el fútbol pero no encontraba una tecla sobre la que depositar su ego. Aquel Atlético en construcción fue vilipendiado por el Stade Français y desde aquel día, Herrera supo que para llegar a lo más alto, el equipo debía hacer un esfuerzo para contratar al negrito que les había mareado. O Ben Barek o nadie.

Y a punto estuvo de ser nadie. Nada más conocerse la noticia del interés del Atlético por Ben Barek, el propio Urbini publicó en letras grandes: "Vendan la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo. Vendan París. Pero no vendan a Ben Barek". Pero la oferta era irrechazable y el marroquí quería crecer. Había alcanzado la treintena y sabía que aquella era la última oportunidad de cazar un buen contrato. Corría el verano de 1948 cuando Stade Français y Atlético de Madrid llegaron a un acuerdo, lo que nadie se imaginaba era que el acuerdo con el jugador iba a tardar mucho más tiempo en llegar. Pasó el verano y empezó la temporada y en Madrid no se sabía nada de Larby Ben Barek. Llamaron a Francia y tampoco. Nadie lo había visto en Marruecos. Parecía habérselo tragado la faz de la tierra. Cuando las mofas y chanzas comenzaban a poblar los rincones del Madrid más futbolero, a la sede del Atlético llegó un telegrama: "Mi mujer ha fallecido. Tuve que volver a casa para buscar acomodo a mis hijos. Estaré allí dentro de dos días".

El catorce de septiembre de 1949 una delegación del Atlético, encabezada por el portero Marcel Domingo, amigo personal del jugador, acudió al aeropuerto de Barajas para recibir a Larby Ben Barek. Al tipo que vieron aparecer por la terminal le sobraban kilos y arrugas, pero en su sonrisa cansada se adivinaba un halo de ilusión. En su primera comparecencia ante la prensa fue explícito: "Me siento como un chaval de veinte años". Aquello parecía una bravuconada propia de un tipo que desconocía lo que le esperaba en el campeonato español; defensas aguerridos, sistemas defensivos complejos y centrocampistas con gusto por la velocidad. Pero el Atlético, que había perdido sus dos primeros partidos de liga, necesitaba a alguien que diese la vuelta a los malos augurios y disparase al equipo hacia los primeros puestos. Y el debut no fue lo que se esperaba. El equipo salió goleado de Sarriá y la gente quedó con la impresión de que se había fichado a un hombre mayor que solamente sabía trotar por el campo ¿Dónde está la perla? Se preguntó algún cronista. La mitad blanca de la capital salió a sonreir aquel lunes. La otra mitad, herida en el orgullo, agachó el cuello y guardó silencio mientras contenía su decepción.

Las expectativas habían sido altas, por lo que el Atlético ya había organizado un partido amistoso para presentar a Ben Barek en sociedad. El rival fue el Racing de Santander y el resultado fue de ocho goles a uno. Aquel día comenzó la historia que derivó en leyenda. Ben Barek bailaba en el campo; buscaba la pelota, la tocaba con suavidad, a veces driblaba, otras veces jugaba en largo y en dos ocasiones apareció en el área para hacer un gol. Los cronistas borraron con el codo lo que habían escrito con la mano y en pocos meses, la denostada delantera del Atlético pasó a ser bautizada como la maravillosa "delantera de cristal". Juncosa, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero. Maravillosa porque gustaba del verso, del artisteo, del riesgo, de la genialidad. De cristal porque eran muchas las veces que maravillaban, pero pocas las veces que coincidían los cinco juntos sobre el terreno de juego. Siempre había una lesión, un contratiempo, una pequeña causa que les impedía comparecer en grupo ante la sociedad.

Pero el asombro era constante y el negro era colosal. El negro era Ben Barek, bautizado así por los castizos por su color de piel. Blanca sonrisa siempre presente, el negro del Metropolitano completó una magnífica primera temporada y voló en verano a Marruecos para meditar sobre el punto que sería capaz de alcanzar en la temporada siguiente. En la que se convirtió en su temporada de confirmación, el equipo comenzó perdiendo en Bilbao para ir remontando poco a poco sacando victorias imposibles en campos inaccesibles. Ben Barek era el jugador total en el que Herrera confiaba la suerte del juego. Disciplina, orden, esfuerzo y pocas contemplaciones con el rival; y el balón siempre para el negro. Desde la zona de tres cuartos, Ben Barek recibía, miraba y jugaba. Fluía el fútbol cuando el balón salía de sus pies, ganaba el equipo cada vez que asomaba media docena de veces por el borde del área.

La remontada comenzó en Mestalla. Después de unos primeros malos resultados, el Atlético asaltó Valencia y dejó seis goles en el zurrón visitante. Herrera, sometido a la crítica diaria por un sistema de juego demasiado heterodoxo, se quitó aquel día el lastre que le acusaba de ser un tipo frío y conservador y que aquellos valores los transmitía a un equipo plano y aburrido. Ben Barek, que había llegado al puzzle para convertirse en la pieza que hiciese encajar todo lo demás, no tuvo una fácil adaptación debido a su tendencia por el vedetismo. A menudo, los defensores, conocedores de que el carácter del delantero estaba forjado con sangre de horchata, le buscaban las cosquillas y le provocaban por lo bajini y con patadas a destiempo. Eran las tardes en las que Ben Barek desaparecía para volver a aparecer frente al micrófono de algún reportero y repetirle su mantra de que él había viajado a España para jugar al fútbol, no para disputar una guerra. Fue entonces cuando llegaron las palabras de Helenio Herrera al que, con el tiempo, terminaron llamando "El Mago". "Escúcheme. Usted se achica ante los fuertes y se esconde ante los rápidos. No pasa nada. Usted tiene talento. Le dejo achicarse y esconderse, pero a cambio, por favor, le pido dos hombradas por partido. Solamente dos". Pero fueron muchas más. Crecido en su ego por la confianza depositada, Ben Barek jugó al fútbol como los ángeles y bailó en el césped como un profesional del Bolshoi.

Aquel negrito gordo producía ternura y admiración por partes iguales. En un fútbol de ataque como era el de los cincuenta, Ben Barek entendió su rol y se dejó retrasar unos metros para convertirse en un exquisito medio creativo. De sus botas nacieron cientos de jugadas que morían en las redes contrarias previo pase en profundidad buscando las alas. Conformó una sociedad inolvidable junto a Adrián Escudero, el primer "Niño" del Atleti, que cabalgaba la banda izquierda como el gamo que busca una pradera infinita. Una sociedad que alcanzó el cénit una tarde de domingo en el viejo Chamartín. El Atleti visitó al Madrid y le endosó seis goles para firmar la que, hasta ahora, ha sido su victoria más holgada frente al máximo rival. De aquel partido quedó el recuerdo del marcador final y del baile con el que Ben Barek deleitó al fondo norte del estadio rival mientras celebraba el gol que redondeaba la goleada.

Piernas largas, zancada de bailarín y goles, muchos goles. Tantos como cincuenta y ocho en los ciento cuarenta y cuatro partidos que jugó como rojiblanco. Aquel equipo que ganó dos ligas provocó un éxtasis sin precedentes en el Metropolitano, hasta el punto de que el estadio se quedó pequeño en más de un partido viendo como mucha gente que acudía en masa para ver al negro, se quedaba a las puertas en espera de una mejor ocasión. Fútbol de quilates que llenaba campos propios y ajenos. Una expectación nunca antes conocida para el disfrute de un fútbol de salón pocas veces deleitado por el espectador.

La apoteosis llegó en la última jornada en un partido a cara de perro disputado contra el Sevilla. Aquel era un gran Sevilla, probablemente uno de los dos o tres mejores equipos en la historia del club. Allí, en Nervión, los más viejos del lugar aún no olvidan lo que ocurrió una soleada tarde de abril de 1951. El Real bullía con la feria y los sevillistas acudieron en masa al estadio para ver salir a su equipo campeón. Tenían que ganar el partido mientras que al Atlético le valía el empate. Ante la baja de Silva, Herrera optó por colocar a Ben Barek en la zona central de terreno de juego. El equipo perdía fuerza pero ganaba en toque. Sin embargo, todas las expectativas se fueron al traste ante el empuje del equipo sevillista. Un Sevilla en tromba tardó cinco minutos en adelantarse y en meter el miedo al equipo rojiblanco. Y ante el miedo, decisión. Ante la duda, fútbol. Ben Barek dibujó una fabulosa pared con Pérez Payá y cruzó la pelota hacia la red de Busto. El ánimo, que durante minutos se fue enfriando ante el ritmo de crucero impuesto por el Atlético, terminó de caldearse cuando el señor Azón anuló un gol de Araujo al considerar que la pelota había traspasado la línea de fondo en la jugada previa. Una decisión discutida para una jugada que aún los años no han terminado de aclarar. Una lluvia de objetos que invadió el césped y que obligó al Atlético festejar la liga en el vestuario antes de salir corriendo para evitar males mayores.

El año siguiente Ben Barek regresó a Sevilla y volvió a marcar un golazo, pero el Atlético perdió un partido que significó el comienzo de su declive. Al declive rojiblanco le siguió el declive de su estrella. Cansado por la exigencia y vencido por la edad, Ben Barek pasó de jugar mucho a jugar poco antes de jugar muy poco. Los estadios se habían olvidado de él y ahora se llenaban para ver jugar a un fenómeno de pelo rubio apellidado Kubala. El frío Europeo había vencido a la memoria de la cálida África del Norte.

Tras Kubala llegó Di Stéfano y la luz de Ben Barek terminó por apagarse. Al Atlético triunfador le siguió un Real Madrid arrasador. Cuando los blancos ganaban Copas de Europa por doquier, Ben Barek ya había regresado a Casablanca. Allí seguía chutando a la pelota, tocando, driblando, bailando. Había salvado al Olympique del descenso en una segunda etapa triunfal y había vuelto a la tierra prometida para descansar en paz. Volvió al Metropolitano en aquel día de Reyes en el que el Atlético homenajeó a Escudero y la afición terminó por homenajearle a él. Tanto nos das, tanto te agradecemos. Tanto nos diste, tanto te recordaremos.

Tras dejar el fútbol pasó a los banquillos para convertirse en el primer seleccionador de Marruecos libre del protectorado francés. Desde el banquillo cumplió un sueño internacional que no pudo hacer como jugador; disputar un partido oficial como marroquí. El momento fue simbólico pero poco duradero. Fuera del césped Ben Barek era más espectador que instructor, más historia que memoria. Por aquel entonces despuntaba en Brasil un joven flacucho y veloz que regateaba como un demonio y marcaba goles como un fusilador profesional. Le llamaban Pelé y algunos le apodaron "El Rey". "Si yo soy el Rey", dijo entonces, "Ben Barek es Dios". He aquí la dimensión de un tipo que traspasó fronteras e hizo felices a muchas personas. El recuerdo imborrable de un amago, una finta y una celebración bailando salsa en el fondo norte de Chamartín.

Murió solo, muchos años después, como solo había vivido una vez le hubo abandonado el fútbol. La gente recuerda a Herrera y su libro de estilo. El Mago llegó a ser mago porque un día encontró un negro que jugaba al fútbol como los ángeles. Aquel Atleti le hizo despegar hacia el estrellato; el Atleti de Ben Barek. La delantera de Cristal y los goles en blanco y negro. Nada más conocer su muerte, la FIFA le condecoró a título póstumo, era el reconocimiento que no le dieron en vida, el del mejor jugador marroquí de la historia. La historia de un tipo que fue película y fue feliz jugando al fútbol. La sonrisa de marfil, la perla negra. El niño que jugaba descalzo y eclipsó a Di Stéfano el día que este se puso la rojiblanca para rendir homenaje al capitán del equipo rival.



Fuentes: Wikipedia, colchonero.com, ABC, bdfutbol, En clave de fútbol, Señales de humo, Historia del fútbol mundial, Auge y caída del trofeo Teresa Herrera, El fútbol tiene música, Futbolprimera, Diario Calle de Agua, La vida en rojiblanco, Marca, As, futbolmarroqui.com, Cyclopedia, El Comercio, Atlético de Madrid, El País, Infoatleti, sevillafc.com    Foto: Ramón Chao

martes, 7 de enero de 2014

Una partida de cartas

Tener una naranja como mascota indica el atisbo de infelicidad de un país que vivía en transición y respiraba humos de vientos lejanos. España se estructuraba, poco a poco, después de una desestructuración social y política y jugaba a desperezarse después de cuarenta años de silencio. En octubre del ochenta y dos se celebrarían las terceras elecciones de la nueva etapa democrática, la Constitución cumpliría cuatro años y en las calles seguía escuchándose el runrún del miedo después del golpe de estado fallido durante el año anterior.

En junio, mientras las familias planeaban las vacaciones, miles de entusiastas llegarían al país desde diversos rincones del mundo para enarbolar banderas, ondear bufandas y enseñar mil gritos. Empezaba el mundial de fútbol y Naranjito, con su bizarra hoja suspendida en la cabeza, animaba a la juventud a practicar un deporte sano y respetuoso.

El mundial se jugaría en cuatro fases; dos de grupos, una elimatoria y la decisiva final. Un premio gordo para uno de los veinticuatro participantes cuyas aficiones llenaron las calles días antes del espectáculo. El partido inugural se programó para el día trece de junio; Argentina, como vigente campeón, se jugaría el orgullo ante Bélgica en un partido trampa. Tan traumática fue la preparación, que el equipo terminó perdiendo. Un día antes del partido, todas las selecciones ya descansaban en sus respectivos hoteles. España era fútbol y para ello se ideó una ceremonia de inauguración que mezcló lo hortera con lo innovador. Un desastre rematado por Plácido Domingo y su canto al mundo desde el centro del Camp Nou. Siempre nos quedaría, al menos, Pepe Da Rosa y su estrambótico canto a un país dormido.

Un día más tarde, el gobierno argentino presentó armas y se rindió ante Gran Bretaña en su desigual lucha por reconquistar el territorio de las Islas Malvinas. La derrota militar, unida a la humillación futbolística, sumió al país en una depresión de la que tardarían cuatro años en salir, Maradona mediante. El mismo Tango que había dado nombre al balón del mundial porteño, dio denominación a la pelota oficial del mundial de España. Adidas obtenía, así, una supremacía deportiva por encima de sus rivales y repartía beneficios al ritmo de las ventas de un balón de costuras impermeables.

Fueron más los que compraron el balón que los que acudieron a España para contemplar la primera fase de grupos. Salvo el anfitrión, con un par de llenos al que correspondieron con un fútbol discreto, ningún país logró reventar una taquilla en espera, quizá, de momentos mejores que llegarían con el paso de los días. Entre los más bulliciosos se encontraban los italianos, siempre tan pasionales y tan dados al ánimo cuando se trata de animar a los suyos en el camino hacia un sueño. Los tifosi venían de secar el agua de un cuello que habían puesto a remojo después de verse contra la cuerdas en un partido de clasificación ante Yugoslavia. Las dudas, como en todo gran campeonato, viajaron en el equipaje de los italianos como una mascota incómoda de la que no se pueden deshacer. Bearzot llevaba siete años en el cargo y aún había una mayoría que no creía en él. Y eso que el tipo aguantó estoicamente y se mantuvo en el cargo hasta que Francia le devolvió a la tierra en el césped mexicano, pero en su contra había demasiados malos recuerdos como para considerarle un tipo de fiar.

Los más viejos del lugar aún recordaban a aquel tipo silencioso que jugó varias temporadas en el Torino como defensa central. Un tipo correcto como jugador, un tipo correcto como entrenador. Nada más. Muchos acuciaban su falta de méritos para echarle en cara su suerte a la hora de obtener un caramelo tan jugoso como el puesto de seleccionador italiano. Pero el tipo, viejo zorro, callaba y callaba. No había sido un futbolista recordado, pero estaba seguro de que podía llegar a ser un buen entrenador. Y para ello contaba con una buena base; ni más ni menos que la del mejor equipo de Italia. Poco a poco, la columna vertebral de la Juventus de Turin se fue haciendo un hueco en el equipo nacional. Los comienzos fueron esperanzadores, con un buen cuarto puesto en el mundial disputado en Argentina en 1978, pero la desesperanza hundió al país en el pesimismo después de la desastrosa participación del equipo en la Eurocopa de 1980 en la que Italia acudió en calidad de anfitrión. Un ridículo así, y más ante tu gente, no es una buena carta de presentación de cara a todo un mundial de fútbol. Pero Bearzot aguantó el tirón y siguió contando con su bloque de acero. Peleó contra viento y marea y desoyó mil consejos; volvió a convocar a Paolo Rossi, a pesar de que el delantero llevaba dos años apartado del fútbol por un escándalo de apuestas ilegales, prescindió de Pruzzo, el delantero más querido del momento y se vio obligado a dejar en casa a Roberto Bettega, víctima de una grave lesión. Vistos los precedentes, era casi normal que cundiera el desánimo entre los aficionados italianos. Pero llegada la hora, como siempre, los tifosi no fallaron y anduvieron detrás de su equipo hasta el fin de los días.

Los primeros días dejaron goles y golpes. Los goles llegaron por parte de Hungría que, con su diez a uno a El Salvador del por entonces desconocido Mágico González, estableció la marca, aún vigente, de mayor goleada de la historia de los mundiales. Y los golpes llegaron por parte de la policía que, tras cada partido de Inglaterra, hubo de emplearse a fondo para apaciguar los más que encendidos ánimos de los hooligans.

Perú empató a cero con Camerún e hizo saltar la primera sorpresa en el grupo de Italia. Parecía que el camino iba a ser distinto al esperado si aquellos correosos africanos mostraban el mismo entusiasmo en cada partido. Bearzot dispuso un sistema en el que otorgaba libertad a sus tres hombres en punta e imponía una disciplina férrea para los siete hombres que formaban la defensa y el centro del campo. Marcajes individuales, balones largos, defensa protegida y contraataque fugaz. No dejaba de ser una variante del catenaccio de toda la vida. Y aquello no dio para mucho. Tres empates en la primera ronda que pusieron al equipo contra las cuerdas. Cero a cero contra Polonia en el primer partido. Uno a uno contra peró en el segundo, despúes de pedir la hora y buscar resuello en el vestuario. No era un buen presagio. Camerún volvió a empatar con Polonia y dejaba el grupo abierto. Si Polonia ganaba a Perú, bastaba un empate con goles para eliminar a Camerún. Y Polonia ganó a Perú por cinco goles a uno desatando una furia que le llevaría hasta las semifinales.

Bastaba un empate a uno para pasar a la segunda fase e Italia comenzó haciendo los deberes con el gol de Graziani en el minuto sesenta. Quedaba media hora para guardar la ropa y empató Camerún cuando solamente había transcurrido un minuto. Una larga agonía bajo el sol vigués. Pero no ocurrieron más cosas; Italia se defendió, Camerún no supo atacar y los años pusieron en duda aquel empate que puso a la escuadra azzurra en la segunda fase de grupos. Los periodistas Roberto Chiodi y Oliviero Beha destaparon un rumor tan solo un año más tarde: aquel empate con Camerún pudo estar pactado de antemano. El asunto, que no llegó a mayores por las amenazas de la Federación Italiana, puso en entredicho un mundial que ya estaba manchado por la ignominia del absurdo empate entre Austria y Alemania en Gijón. A partir de entonces, todos los partidos decisivos de la fase de grupos se jugarían en simultáneo, dejando al margen cualquier atisbo de duda y cualquier denuncia por agravio.

No se libraron los futbolistas italianos, de igual modo, de ser procesador por delito fiscal una vez hubieron regresado a tierras transalpinas. Pero las anécdotas extrafutbolísticas quedan al margen de una historia que se había detenido en Vigo y que transcurrió tormentosa por los azares de la crítica. El fútbol había sido tan pobre que resultaba imposible no detenerse a analizar el simulacro de ridículo que había rozado Italia. Los periodistas, que se preguntaban qué hacía Pruzzo en Roma mientras Rossi no era capaz de generar una sola ocasión de gol, sumieron al equipo en un estado de sitio del que no salieron hasta el día en el que pudieron sacar pecho. El caos se hizo dueño de la situación, un titular exclamó "Putiferio Italia" tras uno de los empates y la plantilla se puso sería de puertas para adentro para no permitir una sola declaración de puertas para afuera.

Los más puntillosos quisieron ver el principio del fin en aquella apertura de fronteras que había derivado en la internacionalización del Calcio un par de años atrás. Se culpó una decisión que atrajo buenos futbolistas extranjeros, adujendo que aquellos le habían cerrado el sitio a los jugadores locales. La apertura que hubo de hacerse por sentencia del tribunal europeo, importó en el Calcio a una docena de fabulosos futbolistas que hicieron creer que otro juego era posible. Pero ese no era el juego de la Italia de Bearzot, más preocupado de no encajar un gol que de hacerlo en la meta rival. No revolucionario ni involucionario. El italiano de toda la vida.

Pero la tradición solamente gusta en Italia cuando se gana. Cuando se pierde, se tiende a señalar un culpable y hacer pasear su cabeza por el foro. Pero los jugadores de Italia no estaban dispuestos a permitir que se mancillase el nombre de su seleccionador. Amotinados en un hotel de vigo, el capitán, Dino Zoff, con el gesto compungido que siempre le había caracterizado, hizo saber que la plantilla rompía todas las relaciones con la prensa. Bearzot, respaldado por su plantilla, salió a la palestra y se dejó ningunear mientras sabía que, tras cada crítica, él se iba haciendo más fuerte. Y es que Bearzot era lo más parecido a un padre que aquellos jugadores tenían a mano. Bérgomi aún recordaba el día en el que celebró gol que cerraba una goleada ante un equipo inferior; le llamó al orden y le explicó la humildad como elemento esencial de la condición humana: "Hay que respetar a todos, en especial a los más débiles". Y Bearzot era el más débil en aquellos momentos ¿Cómo no protegerle ante la animadversión? Causio tomó las riendas e hizo de enlace entre la plantilla y la prensa. Era un tipo respetado, ídolo de la Juventus y futbolista venido a menos que aglutinaba sobre sus hombros todas las frustraciones del vestuario. "No le peguen más al entrenador", suplicó. "Si esto no sale adelante, nosotros seremos los culpables".

Mientras las portadas asomaban con el esperpéntico espectáculo del jeque de Kuwait o el pasteleo ofrecido entre Alemania y Austria en la denominada "vergüenza de Gijón", Italia lamía sus heridas y miraba al frente encontrando el horizonte más oscuro posible; en la segunda fase quedaría encuadrada con Argentina y Brasil. Ni más ni menos que la actual campeona por un lado y la máxima favorita por el otro. Tocaban los clarines y las faenas se presentaban en un ominoso cartel.

El equipo viajó a Barcelona tocado pero no hundido. Aún quedaban esperanzas en el equipaje y una buena ración de fármacos de los que hicieron uso en los días previos a las grandes citas. La caritina les permitiría aguantar una hora y media de esfuerzo bajo el insolente sol español. Había que buscar un medio y encontraron un modo. Aquello, la táctica y el talento. Todo cuenta, claro está. Sin talento no vale lo demás. Y eso lo sabía Bearzot quien, con su inseparable pipa, divisaba a sus jugadores analizando cual sería la manera más sencilla de desesperar al rival. No hubo descanso del guerrero. Mientras algunas selecciones aprovecharon el día de parón para hacer turismo, los italianos se encerraron en el césped de Sarriá y se comprometieron a ganar a costa de perder el último aliento.

Ante Argentina, Bearzot alineó el equipo base que el mundo terminó aprendiendo de carrerilla: Zoff, Gentile, Collovati, Cabrini, Oriali, Tardelli, Antognoni, Graziani, Rossi y Conti. Los goles los marcaron Tardelli y Cabrini, pero el partido se ganó en el vestuario con una orden que terminó en leyenda negra para uno de los más duros marcadores de la historia del fútbol. "No te separes de Maradona", le dijo Bearzot a Gentile. Y Gentile se lo tomó a pecho. Persiguió a Maradona, le cuerpeó, le pegó, le insultó y le anuló después de comerle la moral bocado a bocado. El dos a uno final representó la realidad de dos equipos; uno quería ganar, el otro tenía miedo de perder.

El problema con el gol se había solucionado, el problema con el delantero seguía vigente. Nadie podía entender qué seguía haciendo Rossi en el equipo titular cuando adolecía de una falta de instinto asesino más que preocupante. Uno miraba a los otros delanteros del campeonato y se asombraba con la pasmosa facilidad del alemán Rummenigge para generar pánico en las defensas rivales. A simple vista, había una gran diferencia entre uno y otro.

Pero el problema defensivo ya estaba más que ajustado. Allí el líder era Scirea y aquel era uno de aquellos mandamientos de equipo y que no se debía romper por nada del mundo. Scirea era listo, fuerte, elegante. Un líder silencioso que barría su zona, jugaba con la facilidad de un centrocampista y de vez en cuando se incorporaba al ataque para hacer goles por sorpresa. En el banquillo, como si de un máster acelerado se tratase, un joven Franco Baresi asistía asombrado a las clases de brillantez que exhibía el mejor defensor de Europa. Más allá, el viejo Bearzot, pipa en ristre, sonreía satisfecho seguro de sí mismo por contar en sus filas con semejante talento defensivo.

El siguiente partido, ante Brasil, significó la explosión del frágil y vilipendiado Paolo Rossi. Más allá de aquel campeonato, Rossi no había demostrado muchas más cualidades que la de ser el típico oportunista; un ratón del área que rehusaba el cuerpo a cuerpo pero que buscaba las espaldas sibilinamente. Un buen puñado de goles en área chica le catapultaron al puesto de titular en la selección azurra y no fue hasta aquella tarde de Sarriá cuando vacunó tres veces al portero Valdir Peres cuando alcanzó la categoría de leyenda mundial. Los niños que crecimos un verano asombrados por la samba futbolística brasileña, quedamos aterrorizados ante el nombre de un tipo flaco que marcaba goles con la facilidad del ejecutor impío. Una parada a bocajarro de Dino Zoff a Paulo Roberto selló el final de un equipo fabuloso que perdió un partido ante Italia pero que ganó el mundial de millones de corazones. Los que habían dudado de la capacidad competitiva de Italia se iban a comer, una vez más, los puños y las palabras. Roma entera se echó a la calle, el resto de Italia le siguió en su fiesta y las tras las gafas oscuras de Enzo Bearzot, reflejando un estadio bajo un sol de justicia, se escondía la mirada de orgullo del padre que ve crecer a sus hijos.

Con la eliminación de los favoritos Argentina y Brasil a manos de la, a priori, débil Italia, el mundial quedó en manos de los equipos europeos. Igual que ocho años antes, en Alemania, lo que indicaba un cambio de tendencia en el mundo futbolísitco. La agresividad, el orden, la táctica y la técnica le estaban ganando al toque, la improvisación, la libertad, el baile. El feo le estaba ganando al bueno. Solamente faltaba saber si el vencedor final iba a ser el más malo. Y entre los malos destacaban la hosca Alemania y la eficaz Italia. Más allá del Brasil fantástico, el mundo se había enamorado de la bella Francia comandada por Platini. Pero los sueños de grandeza siguen siendo sueños rotos si se despierta antes de tiempo. Alemania le ganó a Francia en el último asalto e Italia le ganó a la loca Polonia por k.o. técnico. De nuevo apareció Paolo Rossi y aquella tarde del Camp Nou pocos dudaron ya de que se encontraban ante el mejor delantero del campeonato. El rodillo alemán tendría rival en la dudosa Italia que había llegado desde el infierno con visos de querer alcanzar el cielo. De menos a más, como un Ave Fénix, con furia de león y carácter de campeón.

Gentile había anulado a Maradona y a Zico. Quedaba una santidad para hacerse con el poder de la trinidad. No tenía Alemania un armador específico pero sí un tipo que aglutinaba el talento en las incursiones de último pase. Bearzot iluminó su pizarra para cumplir el sueño de una noche de verano y puso el nombre de Littbarski en el lugar de las prioridades. Gentile captó el mensaje y supo que Alemania sufriria si quería reivindicar sus aspiraciones a ser campeón del mundo. En la tele refulgía el verde del partido por el tercer y cuarto puesto. Polonia le dio la puntilla a una afligida Francia y el mundo se preparó para el final del espectáculo.

El día fue soleado, más que caluroso, como debiera haber correspondido a cualquier buen día de verano en España. Madrid respiraba fútbol; mitad blanco, mital azul. Alemanes e italianos, antiguos aliados de guerra que volvían a verse las caras para disputarse una batalla deportiva. En el cielo, las nubes flotaban en busca de un sol brillante. En el campo, veintidós valientes formaban con el rictus serio de quien quiere hacer historia. En el palco, Sandro Pertini y Helmut Schmitd, se ajustaban la corbata y franqueaban al rey de España con los nervios a flor de piel y el deseo en la punta de la lengua.

Cabrini falló un penalti. Era la primera vez que aquello ocurría en la final de un campeonato del mundo. Era un preámbulo de pasión que indicaba qué equipo buscaba y qué equipo guardaba. Italia dejaba de ser Italia y Alemania parecía un zorro asustado ante la escopeta de un cazador. El tres a uno final quedó sellado con una carrera inolvidable de Tardelli que aún perdura en el imaginario de todas las celebraciones de la historia del fútbol. Una jugada de Scirea en asociación con el mundo y un disparo con el alma de Marco Tardelli que se coló a la derecha de la portería de Schumacher, convertido días antes en villano del mundial tras un lance terrorífico con el francés Battiston.

No menos ostentosa fue la celebración de Sandro Pertini a medida que los goles iban cayendo uno detrás de otro en el ínfimo espacio de veinte minutos. Don Juan Carlos, atónito, y el señor Schmitd, circunspecto, asistían al baile del simpático presidente de la República italiana que se coló en los corazones de millones de espectadores. Rossi, que volvió a cerrar la boca de los agoreros, y Altobelli, ídolo interista, cerraron un resultado que solamente pudo maquillar Breitner desde el punto de penalti, repitiendo la escena de ocho años antes en Alemania pero con un resultado diametralmente opuesto. Italia, pese a los golpes, las palabras y las dudas, se convertía en la segunda tricampeona del mundo y el capitán Zoff, con su rictus de seriedad, se convertía en el jugador de más edad en levantar una copa de campeón mundial con cuarenta años.

Las controversias del mundial se reflejaron en dos fotografías que indicaban la solemnidad de quien se sabe triunfador en una batalla desigual. Nada más terminar el partido, el defenestrado Bearzot fue levantado en hombros y en su mirada se pudo descubrir la felicidad de quien se sabe poseedor de todos los secretos del triunfo. Meses más tarde, un elegante Paolo Rossi posaba junto a su Balón de Oro y en su mirada se pudo descubrir la satisfacción de quien sabe que ha regresado del infierno pese a que nadie le echó una cuerda para regresar al cielo en una escalada tormentosa. El triunfo de aquel equipo fue el triunfo de la fe, y como tal fue reconocido en un país acostumbrado a la exageración y en el que millones de personas dejaron sus planes para otro día y se echaron a la calle para recibir a los futbolistas que les habían hecho saborear la gloria.

Decenas de capitales del mundo se vieron invadidas por inmigrantes italianos, ávidos de ilusión y empachados de felcidad. Y cientos de ciudades, pueblos y barrios de Italia se llenaron de tifosis; los balcones de banderas, las calles de canciones, las casas de sonrisas, las instituciones de orgullo. Y en el avión de regreso a casa, mientras un grupo de jóvenes brindaban y un grupo de veteranos se hinchaban de satisfacción, cuatro personas se reunían alrededor de una mesa para disputar una partida de cartas que sellaba el final de un viaje con final feliz. Franco Causio, Dino Zoff, Enzo Bearzot y Sandro Pertini miraban sus naipes y los depositaban con la ilusión de quien quiere ganar hasta en los juegos de jardín. Bearzot, el hombre al que habían incapacitado para ganar un solo partido, recogió los naipes en señal de ganador. "Caramba", le espetó el Presidente de la República. "Ni a esto se deja usted ganar". Nadie ganó a Bearzot aquel verano. Nadie pudo con Italia cuando Italia quiso demostrar que no eran una banda sino un equipazo en toda la extensión de la palabra.



Fuentes: Wikipedia, myfutbol.com, Historia y fútbol, Futboladictos, El País, marca.com, fifa.com, futbolprimera.es, ABC    Foto: Sky Sports

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El Divino

Su padre, que le había llamado Ricardo con la intención de que llegase a ser rey de su vida, quería que el chico estudiase medicina, pero el chico se empeñaba una y otra vez en lanzarse al suelo y buscar una pelota imposible nacida de un puntapié certero. Probó con la natación, el boxeo y el atletismo, el cuerpo fornido alcanzó un metro y noventa y cuatro centímetros, la gente, desnutrida, le miraba al cruzarse con él. Había desconfianza y miedo. España no era un país de gigantes. Tenía dieciséis años cuando regresó a casa y encontró una visita. Su padre aceptó el destino con resignación; Ricardo no sería médico. Intentaría ganarse la vida como portero de fútbol. No quería ser un cualquiera, quería ser el mejor. Así lo expresó la primera vez que pisó las oficinas del Español de Barcelona.

Se caló una gorra y se situó bajo los palos. Era alto y ágil. Un prodigio. Los compañeros, desesperados, no consiguieron anotarle un solo gol y el entrenador, asombrado, no tardó en tomar una decisión; el chaval sería el portero titular del equipo. A menudo, cuando la pelota llegaba bombeada y necesitaba alejarla del área, colocaba la mano en la cintura, flexionaba el brazo y despejaba fuerte con el codo. Nadie había hecho aquello antes, y como Ricardo Zamora fue el primero, no tardaron en bautizar aquel despeje como "la zamorana". Se formó una selección nacional de fútbol por primera vez en la historia y los aficionados no tuvieron que recordar al seleccionador Bru quien era el favorito para ocupar la portería. Zamora y diez más viajaron a Amberes para defender el pabellón español en los juegos olímpicos y regresaron con una medalla de plata y la admiración de todo un país. Había nacido la leyenda del primer gran jugador mediático de nuestro fútbol.

Debutó en la primera liga de la historia, en 1929, vistiendo el jersey con el escudo del Español. Para entonces ya le apodaban "el divino", porque lo suyo, bajo palos, era lo más parecido a un milagro que el aficionado había conocido. Para entonces, también, ya había hecho un viaje de ida y vuelta desde Les Corts hasta Sarriá. Al Barcelona llegó tras discutir con el máximo dirigente del Español. Al Español regresó tras discutir con el máximo dirigente del Barcelona. Así se las gastaba el chico. Lo quería todo y no se conformaba con nada.

Fichó por el Barcelona en 1919. Tras su enfrentamiento con la directiva españolista estuvo a punto de dejar el fútbol. No quería más sinsabores. Quería jugar, parar y triunfar. Eso es lo que le prometieron en el Barcelona. Y allí disfrutó durante tres temporadas. No fue mucho tiempo, pero fue el tiempo suficiente para juntarse con Samitier y formar una dupla inmortal que aún se escribe en oro en la prehistoria del equipo culé. Uno paraba los goles, el otro los anotaba. Los dos eran genios. Los dos ganaron partidos al tiempo que convertían su figura en un espejo ante la fama y un delirio ante la grandeza. Pero los sueños se acaban, y los de los aficionados azulgranas se apagaron el día que vieron a uno de sus ídolos regresar a su primera casa. El Español le ofreció el pan que le había negado el Barcelona y le firmó un contrato por veinticinco mil pesetas anuales. No tardó el chascarrillo en recorrer las calles de Barcelona. "Zamora tiene un sueldo de ministro".

Y como un ministro de sí mismo, gobernó su vida como quiso. Por ello, cuando la madurez deportiva le alcanzó y supo que debía agotar sus últimos años enmarcado en la grandeza de la prosperidad, negoció su fichaje con el Real Madrid y consiguió que el club capitalino pagase al Español cien mil pesetas por su traspaso. Aquella cifra sonó como un trueno en España. Cien mil pesetas era más dinero que el que cualquier españolito pudiese ganar en toda una vida. El Madrid mejoró su caché y recibió en su oficina cinco mil nuevas inscripciones de aficionados que querían hacerse socios de la entidad. Su fama de imbatible se acrecentó a medida que los títulos iban cayendo y los partidos iban terminando con un cero en el casillero de goles en contra. Alguien dijo una frase y España la corroboró al son de un grito asombrado tras una estirada imposible. "Solamente existen dos porteros; San Pedro en el cielo y Zamora en la tierra".

En Madrid crece su fortuna, aunque no su fama porque él ya era lo suficientemente famoso como para ver su nombre en cada uno de los carteles anunciativos de los partidos de media tarde, sol y sombra. Las alineaciones del equipo empezarán siempre con Zamora, Ciriaco y Quincoces. Y así sigue siendo en la memoria colectiva a quien la fama del trío defensivo madridista de los años treinta ha grabado a fuego historias de abuelos a nietos y nietos a hijos imberbes. Igual que siguen resonando los ecos del mundial de 1934 jugado en Italia donde Zamora, Ciriaco, Quincoces y otros cuantos valientes fueron vilipendiados y tratados como inmundicia por el árbitro Baert. El regreso fue duro y la recomposición fue lenta. Las memorias, aún candentes, se citaron una vez más con la historia en un duelo entre hermanos. En 1936 el Athletic había ganado la liga y durante el mes siguiente se jugaron las eliminatorias correspondientes a la Copa de la República.

El Barcelona había sido quinto en liga y no creía en sus posibilidades. El Madrid era un equipo más certero, no había alcanzado al Athletic en un apretado final de liga, pero seguía mostrando orgullo por ganar. La proclamación de la República le había quitado el sobrenombre de "Real" y ahora volvía a ser el Madrid Club de Fútbol, igual que sus orígenes e igual que entonces luchaba su parcela de gloria contra los leones de Bilbao y contra los estilistas de Barcelona. El camino a la final no fue fácil. Sañudo dejó su impronta en las eliminatorias con ocho goles de distinto calibre. Un gran delantero para un gran equipo. Un gran equipo que sufrió en el norte y salió vencedor de sus duelos ante Arenas de Guecho y Athletic de Bilbao. La emoción por eliminar al campeón de liga fue tan intensa que el equipo se dejó llevar en el partido de ida de semifinales ante el Hércules de Alicante. Hubieron de enseñar los dientes en la vuelta para hacer siete goles y certificar su pase a la final.

El camino del Barcelona fue igual de duro y no menos épico. Los viajes al norte eran especialmente difíciles porque allí esperaban equipos que manejaban el barro y la fuerza. Hubo que remontar al Sporting de Gijón y hubo que batirse el cobre contra el vecino Español. La ciudad se dividió en dos bandos y el bando vencedor, el azulgrana, tuvo que apretar los dientes en un penúltimo esfuerzo titánico para eliminar a Osasuna. Uno a dos en Pamplona. Dos a cero en Les Corts. La final en Valencia ya tenía contendientes. El Madrid se encontraría con un Barcelona necesitado que llevaba siete años sin levantar un título. Lejos quedaban aquella copa del veintiocho y aquella liga del veintinueve. En las calles, entretanto, no se hablaba tanto de fútbol como de política. España era un caos y en medio del mismo, un grupo de militares buscaba apoyo político para levantarse contra el gobierno. El mismo día de la final, el empresario Juan March recaudaba el dinero suficiente para fletar un avión con destino a Canarias. Él sería el encargado de trasladar a Madrid al general Franco y comenzar una guerra que aún pervive en carne viva en la memoria de un país que no ha cerrado sus heridas.

El partido significó un conato de paz en mitad de un ambiente de guerra. Ya había hermanos matándose entre ellos, cazadores nocturnos que apaleaban a insurgentes, pirómanos que encendían altares, jóvenes brazo en alto que golpeaban sin piedad en nombre de la Falange. Pero aquella tarde, en Valencia, se juntaron miles de paisanos, encendidos en su pasión, en pos de animar al equipo de su alma. El partido se presentó como un acontecimiento único; era la primera vez que Madrid y Barcelona se encontraban en una final, la primera vez que los destinos de los que se convertirían en santo y seña de nuestro fútbol, se cruzaban en un partido definitivo con un título en juego esperando a pie de campo. Valencia se llenó de coches, de autocares, se doblaron los trenes, acudieron viandantes, corredores, ciclistas, viajeros de España que buscaban un lugar entre los miles de aficionados que se agolparían en las gradas del estadio.

Para la tarde del día antes del partido, la Federación había organizado un par de actos para amenizar la estancia del aficionado y apagar la sed de fútbol de la gente. El amateur del Barcelona se enfrentó al del Valencia venciéndole por seis goles a tres. Posteriormente, el Levante le ganó por cuatro goles a cero a un equipo bautizado como "turistas de Madrid" y formado por aficionados madrileños que había abarrotado las calles de Valencia. Acudió tanta gente a la capital de Levante que fueron muchos los aficionados que se vieron obligados a pernoctar en plena calle la noche antes del partido. Hacía buen tiempo y había parques y jardines con huecos lo suficientemente cómodos como para alojar a cualquier buen hijo de vecino que se atreviese a echar una cabezada a la intemperie.

La madrugada valenciana se convirtió en un hervidero de tertulias. La gente subía de aquí para allá, con una horchata en la mano o un pedazo de bocadillo entre los dientes. Fueron muchos los que apuraron la hora a la que irse a la cama, el ambiente era distendido, las aficiones se mezclaban e intercambiaban opiniones, se contaban sus deseos y lanzaban sus pronósticos. Los madrileños optimistas, los catalanes más pesimistas. La baja de última hora del defensa central Zabalo era un hándicap, a priori, muy difícil de superar.

Mientras, en el lujoso restaurante de los Jardines del Real, los miembros de ambos clubes se juntaban en una cena cordial ofrecida por la Federación de Fútbol. Presidiendo la mesa, el anfitrión, Don Luis Casanova, invitaba a ambos presidentes a tomar la palabra y hacer prometer a sus chicos una hora y media de fútbol apasionante. Pero los chicos no querían promesas sino palabras certeras. Un capitán se puso en pie e invitó al ídolo a tomar la palabra. Zamora, jersey aparte y chaqueta bien ajustada, se levantó de la silla y alzó la voz. Todos le escucharon solemnemente; habló de sus recuerdos, de sus sueños, de su equipo. Habló de fútbol. Y todos le aplaudieron con sonoridad porque a todos les gustaba escuchar hablar de fútbol. El presidente de la Federación repartió medallas conmemorativas y mandó a la cama a los chicos citándoles para unas horas más tarde en el campo de Mestalla.

El día siguiente amaneció espléndido. Era el veintiuno de junio de 1936 y en las calles de Valencia se respiraba fútbol. Quizá más allá, en las ciudades de donde provenían los contendientes, se respirase más tensión que pasión, más guerra que deporte, pero en Valencia se jugaba un partido y el partido se jugaba en las calles desde el amanecer. La gente se agolpaba en los parques, los bares y en los alrededores de Mestalla. Las banderas ondeaban al aire y la deportividad era la seña de una rivalidad que, por entonces, apenas se había enconado.

Mientras las aficiones se acercaban al campo, el Barcelona permanecía en su hotel y la plantilla del Madrid se bañaba en las aguas de la playa del Saler. Quedaban horas para el partido y el entrenador Paco Bru había decidio que sus chicos destensasen los músculos en el agua antes de tensar la conciencia encerrados en una habitación solitaria. La moral reforzó la confianza y la confianza derivó en favoritismo. Los barcelonistas no se veían campeones. Miraban de lejos a aquellos tipos disfrutar bajo el sol, tumbados en la arena, y envidiaban una forma física que intuían no tenían sus chicos. Hacía mucho calor, Valencia se había puesto guapa, el fútbol pretendía paralizar un país muerto de miedo.

Las entradas en taquilla se agotaron en lo que tardó un suspiro en recorrer la avenida de Aragón. Fueron muchos los aficionados que se quedaron esperando, en la cola, a que les llegase el turno y poder retirar un ticket, pero no había más tickets para ellos. Aparecieron los reventas y lucieron sus sonrisas de lucro. Quisieron hacer el agosto y consiguieron engañar a un buen puñado de incautos. Hubo alguno que llegó a presumir de haber pagado cuarenta duros por una entrada. Aquella más que el sueldo de todo un año de trabajo. Dentro, los quince mil seiscientos espectadores que llenaban el estadio, se apretaban unos contra otros queriéndose dar más calor que el ya aplastaba ánimos e ilusiones.

La recaudación final ascendió a ciento cuarenta mil pesetas. Siendo el sestena por ciento a repartir por partes iguales por cada uno de los finalista, el treinta por ciento para la Federación de Fútbol y el diez por ciento restante para el Presidente de la República a fin de que lo destinase a labores humanitarias. Si el dinero llegó a los más necesitados es algo que la guerra privó de conocer y la sangre hizo que se olvidase como un detalle insignificante. Los que hubieron pagado su entrada de manera religiosa pudieron disfrutar de un partido previo puesto que tres horas antes de que comenzase la final y a una hora más propia para la siesta que para el deporte, la marabunta desbordaba las localidades disponibles y jaleaba pan y circo como si esperasen ansiosos la presencia de su emperador.

Los equipos amateur de Sevilla y Zaragoza jugaron un partido bronco que dejó sangre, goles y épica. Aquellos futbolistas, que llegaron a Valencia con la ilusión de un niño que juega su primera final, vieron truncadas sus carreras por tres años en los que militando en bandos contrarios se tiraron a matar desde trincheras y barracones. Aunque la guerra futbolistica ya la habían comenzado aquella misma tarde con un partido duro de los de verdad en el que el Sevilla se llevó la copa ante un Zaragoza mermado que terminó con diez hombres y sin resuello, pero con el orgullo intacto, cabalgando sobre el área rival y no suplicando un árnica que solamente les llegó en forma de pitido final.

Diez minutos antes de que terminase aquel primer partido, decenas de fotógrafos, ajenos al juego, se amontonaban junto al túnel de vestuarios donde el equipo de Madrid, comandado por Zamora, esperaba el final de la contienda para saltar al campo y hacer rugir a los miles de paisanos que se habían desplazado desde la capital con el fin de cantar orgullosos los himnos de la victoria.

Saltó el Madrid al campo, y el estadio, convertido en un volcán, entró en ebullición disparando lava en forma de forofismo exhacerbado. Los vítores se mezclaron con los abucheos. Zamora caminaba tranquilo, sabedor de que las miradas estaban puestas en él y de que aquel partido, tal y como se estaban poniendo las cosas, podría ser el último que disputase con un jersey de lana calado hasta la barbilla. La expectación se correspondía con el del partido más importante del año. Jugar como si no hubiese un mañana había sido una consigna asumida como real por más de un futbolista. Mañana será otro día. La copa vive. Los recuerdos nunca mueren.

Los banderines azulgranas, que eran mucho mayores que los blancos, se levantaron al cielo inundando la grada, cuando el Barcelona saltó al terreno y los futbolistas corrieron como niños buscando el círculo central. Los presidentes Suñol y Sánchez Guerra se acomodaron en el palco de autoridades y desde un viejo altavoz se pidió silencio y respeto hacia el himno de la República. Se hizo el silencio y sonaron los acordes del himno compuesto en honor al General Riego en 1820. Los onces, alineados en fila y en gesto solemne, eran los previstos. Zamora, Ciriaco, Quincoces, Pedro Regueiro, Bonet, Souto, Eugenio, Luis Regueiro, Sañudo, Lecue y Sánchez por el Real Madrid. Iborra, Arezo, Bayo, Argemí, Franco, Balmanya, Ventolrá, Raich, Escolá, Fernández y Munlloch por el Barcelona. Bayo es el sustituto de Zabalo. Bayo es la clave del partido. Así lo prevén los expertos. Así lo temen los culés.

En la foto oficial, forman en orden según el dorsal. Por orden se colocan sobre el terreno de juego y, en orden de respetuosidad, los capitanes, Zamora y Ventolrá, se acercan hacia el trío arbitral formado por Ostalé, Ferragut y Soliva. Ellos son los únicos que jugarán en casa, los únicos sobre los que recaerá la polémica si alguna de sus decisiones no es compartida por la multitud. Zamora y Ventolrá se abrazan con entusiasmo, ambos, jugando con el Español, ya habían ganado juntos la copa de España en 1929. La moneda gira en el aire y Zamora gana el sorteo. Es el encargado de elegir y elige tener el sol de espaldas. Una decisión crucial que no tardará en dar sus réditos al equipo blanco. El señor Ostalé, interpérrito, manda organización y situa el balón en el centro. Por un momento se hace el silencio. El partido va a comenzar.

Escolá juega con Raich y la platea se convierte en un gallinero. El terreno de juego, duro con un barbecho abandonado, impide a los artistas fabricar un fútbol de salón. Arriba, en las escalas de hormigón, las conversaciones son más bárbaras. Hay quien abuchea a Zamora tildándolo de traidor. Hay quien reprueba el insulto contra el guardián del centeno. Valencia, neutral en la batalla, ha cedido un público medio hostil que pronto se decanta del lado azulgrana. Cuestión de paisaje o de paisanaje.

Pero es el Madrid el que empieza mucho más enchufado. El Barcelona, joven e inexperto, ve rodar la pelota de una esquina a otra sin conseguir parar ninguno de los avances. En uno de ellos, Lecue filtra hacia Eugenio y este chuta fuerte y al centro. El balón, como una piedra pesada, se clava en la red defendida por un Iborra que parece no dar crédito a lo sucedido. El sol que Zamora había querido tener a su espalda le había cegado un instante y cuando quiso buscar la trayectoria del balón, este ya había besado la red. Seis minutos de juego. Un gol a cero a favor del Madrid.

El Barcelona, confundido por el azote, confunde fútbol con solidaridad y se dedica a entregar cada ataque a los pies de los jugadores del Madrid. Estos, alentados por el miedo que atenaza a sus contrarios, se lanzan alegres a cada ataque y culminan cada jugada en la línea de fondo con un centro peligroso o un disparo cruzado. Quincoces, amo del área propia, roba una pelota como quien roba un juguete a un niño y lanza un contraataque que conduce con maestría Luis Reguiero. La jugada es de manual. Regueiro, Lecue, Regueiro. Regueiro, Eugenio, Regueiro. Regueiro, Lecue y gol. Doce minutos de juego. Dos goles a cero a favor del Madrid y el sol calentando la espalda de un Zamora que vive tranquilo y respira el aire de los campeones.

El Barcelona no ha empezado a jugar y ya lleva dos goles de desventaja. Mala forma la de aspirar a un sueño impregnando de miedo cada una de las acciones. Es un equipo timorato, que no se encuentra y que ha dejado a Argemesí solo, en la media, como una cebra abandonada en una selva de leones. Y el rey león avanza y filtra un pase interior hacia Lecue que chuta fuerte al cuerpo de Iborra. El Barcelona, desconcertado por la inexperiencia, se está librando de una goleado que merece con creces. Desde la tribuna se señala a un culpable; el presidente, quien no ha sabido fichar con cabeza y no ha sabido confeccionar un equipo con grandeza. Y para colmo está lo de Zabalo, para un solo defensa decente que tenemos, se lo tiene que perder mirando el castigo desde la grada. Bayo, el sustituto obligado, no está a la altura de las circunstancias. Que no tiene el nivel suficiente para la final ya lo sabe todo el mundo. Incluso los delanteros del Madrid, quienes buscan su cintura para hacerle bailar como un pato. Todo lo contrario ocurre con los jerarcas blancos. Ciriaco y Quincoces son un muro, tienen a Zamora tan protegido que, durante un minuto, llega a pensar que quizá pueda aburrirse en el transcurso del partido. Ya han pasado veinte minutos y nadie le ha chutado a puerta. Es su equipo el que domina, es el portero contrario el que trabaja y  suda para evitar la goleada.

Y es Luis Regueiro, rey león de la jungla de Mestalla, quien, desatado, organiza cada contraataque. Visto el desarrollo del partido, parece casi un milagro que no hayan llegado más goles. El interior Fernández, dechado de técnica y corto de físico, no es capaz de aguantar el ritmo del mayor de los Regueiro. Es rápido como una centella, conduce el balón con elegancia y sabe buscar a cada compañero en el momento preciso. Tanto domina la escena que, llegado el momento de tomar resuello, decide formalizar la estrategia y entrega el balón al equipo rival para que pueda marearlo sin encontrar una rendija. El Madrid es un equipo solidario que defiende junto y ataca en desbandada. Zamora, cobijado por su equipo, apenas se ve inquietado, todo lo contrario que Iborra que, una vez más, debe hacer acto de reflejos para desbaratar un buen cabezazo de Eugenio.

El Barcelona maneja ahora la pelota, pero es el Madrid el que sigue percutiendo el área contraria. Tras un nuevo córner atrapado por Iborra, el cancerbero azulgrana ve la posibilidad, inaudita hasta el momento, de lanzar un contragolpe peligroso. El Madrid se ha desajustado y el Barcelona se lanza en tromba. Sin cabeza, pero con corazón. Ante la falta de precisión, los impulsos son el recurso desesperado para buscar la gloria. Ventolrá se deshace de un rival, centra al corazón del área, Escolá se dispone a rematar, pero interviene Souto para despejar a córner. Los jugadores del Barcelona se vuelven contra el señor Ostalé. Algo, en ese despeje, no ha parecido todo lo ortodoxo que pareciese. "Ha sido mano, ha sido mano". La protesta lleva a la desesperación. Pero el señor Ostalé sigue señalando la esquina del campo. "Saquen y jueguen". Interpérrito, les hace ver que él no ha visto mano, sino un complicado despeje con el pecho. Encendido en el ánimo, Ventolrá saca el córner fuerte, pero sin precisión. Souto interviene de nuevo, pero esta vez su despeje es incierto; queda corto y en el corazón del área. Aparece Escolá y chuta. Bonet no la ve, Ciriaco no la ve, Quincoces no la ve, Zamora no la ve. Como si de una partida de snooker se tratase, el balón había sorteado obstáculos, piernas y brazos para introducirse, mansamente, dentro de la portería del Madrid.

Zamora no se lo puede creer. Era la primera vez que le chutaban a puerta y el balón más manso del partido se le había colado por debajo del brazo. Desesperado, tira la gorra contra el suelo y se la vuelve a poner con gesto serio mientras observa como el público barcelonés, entusiasmado, canta el gol con pasión en una grada que parece venirse abajo. Hay partido. Y si lo hay es porque, en gran medida, él ha contribuido a ello.

Pero su equipo no dejará que el portero, que tantas veces ha sido héroe, termine el partido convirtiéndose en villano. El Madrid vuelve a venirse a arriba, vuelve a tomar el mando del partido y vuevle a generar ocasiones al ritmo que impone Luis Regueiro, convertido, por enésima vez, en capitan en plaza. Iborra despeja una doble ocasión y no llega por poco a un remate que se marcha alto. El agobio es total. El Barcelona pide árnica en forma de descanso y solamente se atreve con disparos lejanos que, esta vez sí, Zamora atrapa sin apuros. Quincoces despeja un nuevo balón y Souto, en la recepción, gira mal el tobillo y cae el suelo entre gestos de dolor. El apoyo es doloroso y el rostro es lacrimógeno. El Madrid se verá obligado a prescindir de uno de sus futbolistas en un momento crucial del partido. Aún así, la insistencia del Barcelona no irá a mayores, con un Ventolrá casi desaparecido y un Munlloch ordenado pero desorientado, el equipo se va diluyendo en el juego como el tiempo se va diluyendo en el cronómetro.

En el lado opuesto, el ala izquierda del ataque es radicalmente opuesta al ala fuerte del ataque azulgrana. Luis Regueiro y Eugenio son una pesadilla para la zaga barcelonista. Uno filtra los pases y el otro encuentra siempre el espacio para llegar a línea de fondo. Trabajo a destajo para el pobre Iborra quien mira con recelo y envidia la tranquilidad con la que vive su honónimo en la portería rival. San Pedro en el cielo y Zamora en la tierra. El portero de Dios entre los mortales tiene poco trabajo de el que presumir.

Y es Ventolrá quien parece darse cuenta del detalle ¿Cómo hacer inmortal a un amigo? Dándole trabajo. Desaparecido hasta entonces, el potente extremo azulgrana cabalga como un rayo hasta la línea de cal. El centro es largo, bombeado, peligroso. Los guantes de Zamora son firmes, seguros, adhesivos. El balón cae en sus manos, el árbitro les manda a todos a la caseta y el público comienza su habitual tertulia en la que las opiniones derivan entre la verdad, la mentira y el deseo.

El segundo tiempo, tras el bocadillo y el trago de vino, no se hace esperar demasiado. La sorpresa es general cuando se ve al Madrid salir al campo con diez jugadores. Parece que Souto no ha podido superar el golpe. Parece que el equipo está destinado a sufrir hasta el final. Parece que en el rostro de los barcelonistas se dibuja una media sonrisa de complacencia. Pero Souto es un guerrero y los guerreros no se rinden. La grada madridista, enfervorizada, jalea sin contemplación al ídolo de sus pretensiones. El medio se viene a la izquierda, Regueiro se viene al medio para hacer tándem con su hermano y Eugenio se viene al interior para intentar el imposible de imitar a Regueiro. Los planes son concisos; estamos cansados y mermados, no dejemos jugar al rival. Y el rival no pudo jugar porque enfrente se encontró un ejército, formado en escuadrón e impidiendo las incursiones del enemigo. Y aunque es el Madrid de nuevo quien comienza amagando, pronto el partido se vuelve plomizo y carente de tensión. Uno no quiere y el otro no puede. Mala pareja de baile para el espectáculo.

Ahora es el Barcelona el dueño del partido, pero no es el dueño del tiempo. El tiempo lo maneja el Madrid con soltura; con diez futbolistas y un chico cojo metidos atrás, con un gol de ventaja y con un público que empieza a sentir el frío del miedo bajo su estómago. La defensa del Barcelona vive más tranquila, pero el ataque sigue siendo romo; no hay profundidad, no hay alegría, no hay peligro. Y el público comienza a aburrirse. Y a cabrerarse. Hartos de la situación comienzan a gritar, de manera irónica, aquello de "Otro toro, otro toro" que se gritaba en las plazas de toros cada vez que la corrida adquiría un tono anodino.

Es entonces cuando hace aparición la esponja de Peris. Peris es el masajista del Real Madrid; tipo viejo, ufano y con muchas cornadas encima como para no reconocer cuando sus chicos necesitan ayuda. Peris moja su gran esponja en un cubo rebosante de agua y, uno a uno, van asomando a la banda para buscar consuelo. Hay un jugador que se deja caer, un balón lanzado a la grada o alguna protesta repetitiva al trío arbitral. Son los tiempos muertos que aprovechan los futbolistas para visitar a Peris y son los tiempos que aprovecha Peris para resucitar a sus futbolistas. Y entre todos, en un ambiente de aplastamiento y redención, aparece la figura de Sañudo para imponer su físico sobre el de sus compañeros. Por Sañudo no parecen pasar los minutos. "Balones a mí", grita. Y él es el encargado de hacer lo que Luis Regueiro perpretó duranto los primeros cuarenta y cinco minutos. Abusar de la pelota, dirigir el juego, comandar las tropas. El Barcelona sabe que el tiempo juega en su contra y no se puede permitir resurrecciones de ningún tipo. Balmanya, de nombre Domingo y que con el tiempo se haría un hueco en la historia como entrenador y comentarista radiofónico, busca a Sañudo y choca violentamente contra él. No hay concesiones al rival. El tiempo es oro y solamente hay una copa a repartir entre los dos.

El equipo madridista es un clamor al comprobar como Ostalé no amonesta a Balmanya. Algo debió quedar patente en la conciencia de Ostalé cuando, apenas un minuto después, amonestó a Bayo por una entrada de menor impacto contra Eugenio. El Barcelona ha pasado de ser un equipo timorato a ser un equipo agresivo. No encuentra el término medio. Los nervios terminan por desatarse con una cesión imposible de Arezo que Iborra se las ve y se las desea para conseguir despejar a córner. Regueiro, agotado y desdibujado, lo saca en corto. El despeje es fácil y el fútbol vuelve a morir en anodinos saques de banda. Como si de una súplica se hubiese entendido, Pedro Regueiro escucha el corazón de su hermano y se dispone a relevarle en el esfuerzo. Tú adelante que atrás me las compongo yo solo. Y no fue fácil, porque el tiempo pasaba y el Barcelona, ahora sí, venía apretando.

Zamora despeja fuerte, de puños, un centro escorado de Munlloch. No eran momentos para zamoranas ni para adornos más excelsos; balón fuerte al centro y vuelta a empezar. Souto, desatado en su esfuerzo, fuerza un córner. El público ya está totalmente entregado a él, y más que lo estará cuando comprueben que será el propio Souto quien, de un cabezazo, aleje el peligro tras el saque de esquina. La grada está alborozada y más conseguirá extasiarse cuando vean como Sañudo marca el tercer gol ante la pasividad de Iborra. La desilusión no tarde en hacer mella en la tribuna y la pasividad de Iborra tendrá justificación en cuanto todos se cercioren de que tanto el línea como el árbitro habían señalado fuera de juego ante el desmarque de Sañudo. Al encargado de mover el marcador le dan una orden: todo sigue igual.

Pero algo ya había cambiado. El Barcelona, ahora, quiere ganar y eso es un concepto nuevo en el transcurso del partido. Ventolrá, genio y figura, pide el balón y encara sin cesar. Una y otra vez busca a Luis Regueiro, y una y otra vez se aprovecha del agotamiento del genio de Irún. En una de ellas dribla a Regueiro, a Bonet y a Quincoces y, cuando se disponía a centrar, el terreno le juega una mala pasada y el balón termina por la línea de fondo. Todos sabían de antemano que aquel terreno duro y hosco perjudicaría seriamente al Barcelona. Aunque si alguien o algo perjudicó al Barceloa fue más él mismo que el terreno de juego o el ábritro a quien empezaron a protestar tras cada jugada no finalizada. Como aquel centro mal despejado por Bonet y que dejó al campo en silencio durante un par de segundos. "¡Mano!", exclamó un espectador. Y seguidamente se escucharon quince mil gritos, unos acordándose de una madre y otros acordándose de un padre. Lo que bien viene a llamarse división de opiniones.

Y lo que está completamente dividido es el partido. El Barcelona es otro. Empujado por la inercia parece buscar un premio que, realmente, no sabe como encontrar. Pero busca. Rasca en el muro de hormigón y busca resquicios donde hacer aflorar el agua. Una vía de escape, un motivo para la esperanza. Ciriaco y Quincoces, que habían vivido tranquilos en su guarida, comienzan a emplearse con seriedad. Su presencia es notoria. La vieja escuela era así de concisa: o el balón o el jugador. Nunca los dos al mismo tiempo. Escolá es quien más quebraderos de cabeza les está dando. Quien lo iba a decir; el tosco Escolá, con esa pinta tan suya de camionero, siempre buscando el choque, el remate, el fallo del rival. No le tenían especial miedo y, sin embargo, se está convirtiendo en una mosca cojonera en el plato de sopa.

Bonet, el encargado de echar una mano a los centrales en materia de contención, está más desentonado que de costumbre. Hasta el pobre Sañudo parece más dispuesto a evitar el empate que el medio central. No encuentra a Escolá y Escolá vive lejos de él para buscar el balón suelto. Y el balón suelto llega. Después de el enésimo córner y justo después del enésimo bostezo, el Barcelona inicia un contraataque. No es especialmente peligroso y tanto Ciriaco como Quincoces viven en la seguridad de haber atajado antes otros contragolpes mucho más incisivos. Pero resulta que Raich, quien recibe en posición franca para encarar, comete un error y el balón se cuela entre sus piernas. Resulta que el error es inesperado y tanto Ciriaco como Quincoces quedan con el molde mientras el balón bota despacio hacia los pies de Escolá. Y resulta que Escolá, quien ya había anotado el primero, tiene en su bota la ocasión más certera del partido. El disparo es fuerte, cruzado, con la izquierda y el balón sale como una centella, ocasionando una nube de polvo y arena. Zamora no puede ver la pelota y tira de intución, observa la posición del jugador tras el disparo y se lanza como un felino hacia el poste izquierdo de su portería. Cuando aparece el balón, su mano ya está en posición de despeje. Palmea la pelota, esta toca el poste y se marcha, levantando más polvo, hacia la línea de fondo. El momento, inmortal, quedó reflejado en una fotografía que aún no recorre las redacciones de España como uno de los mayores ejemplos de milagro futbolístico.

La grada blanca, cuyo corazón se encogió durante el instante que precedió al golpeo, hace amago de invadir el campo. Está tan enloquecida con la parada que no son conscientes de que al partido aún le quedan los dos minutos de rigor que suponen el alargue. El córner es sacado sin consecuencias, el Madrid achica agua con fuertes patadas al balón y el Barcelona no encontrará el momento para volver a poner a prueba al mito. Aquella instantánea supuso la última gran parada de Ricardo Zamora como jugador de fútbol al máximo nivel. El pitido final desata los instintos. Ahora sí, el público invade el terreno y los aficionado más pasionales buscan a Zamora para alzarle en hombros. Una faena así bien merece puerta grande.

En un momento, las gradas, pasaron a tener un color azulgrana bastante tristón. Los aficionados, que sabían que su equipo podía haber dado mucho más, se lamentaban de la imagen ofrecida y dejaban caer sus banderines mientras observaban a la plebe blanca enfervorizada con el resultado final. En la entrega de trofeos, mientras Zamora recibe la copa, es Ventolrá, capitán azulgrana, quien inicia, con un aplauso, la sonora ovación que acompañará al portero mientras levanta el trofeo. En una mano la copa de campeón de España y en la otra, vacía, un dedo índice levantado hacia el cielo en señal inequívoca de que allí estuvo y seguía estando, el verdadero número uno del fútbol español.

Tras el partido, la entrega y los estertores, sobre el terreno de juego quedó el silencio, miles de banderines y las cuatro o cinco botellas de gaseosa que no habían conseguido acertar al trío arbitral. Pese a ello, las crónicas de la época cuentan que el público supo comportarse. Y cuentan como, desde Barcelona, se asumió la derrota como merecida y se felicitó al Madrid por su trabajada victoria. Cuentan, en general, que fue una final aburrida, en la que el Madrid hizo mejor lo que tuvo que hacer, que forzó la máquina en un primer cuarto de hora excepcional y después supo nadar y cuidar la ropa. Pero cuentan, por encima de todo, el asombro que generó aquella última parada de Zamora a disparo de Escolá y afirman que aquella acción le dio el campeonato al Madrid. El veterano Zamora, el viejo zorro que había vuelto desde los infiernos para apostillar al equipo que no le quiso dar un sueldo de ministro. El hombre que amedrentó al bisoño Barcelona, el hombre que levantó una ciudad mientras apagaba las esperanzas de redención de la capital de Cataluña.

"El resultado ha sido el previsto", apostilló tranquilamente tras el duelo. Los honores colmaban su figura, los agasajos circulaban tras sus oídos, la inmortalidad se había ganado estirada a estirada. Aquel balón con arena, aquel polvo del camino, aquellos botes imprevisibles y la mano salvadora cacheteando la pelota hacia la línea de fondo. "Yo no entiendo de fútbol", sentenció el ministro Funes al ser inquirido tras el partido. Realmente, no hacía falta entender para admirar una obra de arte tan plástica, un milagro tan excelso. El milagro que hizo llorar a Ventolrá; tantas veces compañero y ahora amigo y enemigo que lamentaba el fracaso. "No lloro por mí", exclamó entre sollozos mientras era sacado en automóvil y la multitud aclamaba al ídolo caído, "lloro por estos señores y por Cataluña". Señaló a la gente, recordó a la directiva y entonó el mea culpa sentado en un coche con destino a ninguna parte.

Todo lo contrario que el tren del Madrid, que llegó a Atocha entre vítores y paró máquinas ante el estruendo de la multitud. Fueron miles los que acudieron a felicitar a sus héroes. Fueron miles los que quisieron volver a levantar a Zamora en hombros y hacerle sentir de nuevo maestro inmortal de ceremonias. Aquel día, nacionales y republicanos se unieron en un solo grito; el grito del deporte. Días más tarde, los mismos que se habían abrazado en la estación de Atocha, se estaban matando incrustados en barricadas y dando paseos infames hacia el muro de cualquier cementerio. Los mismos hermanos que apresaron al presidente del Barcelona, Josep Sunyol, en su viaje de vuelta a casa y le asestaron dos tiros antes de lanzar su cuerpo a una cuneta. Los mismos que olvidaron el fútbol y se dieron a las armas dejando en el olvido aquella última parada de un Zamora que se vio obligado a huir llevando en el pasaporte una foto en blanco y negro y ninguna referencia a las cinco copas y dos ligas que había levantado como jugador de fútbol.

En la guerra no existía el pasado y en un presente ficticio se quiso reprogramar el fútbol creándose una copa de la España Libre que no convenció a nadie. Aquellos títulos fueron obviados por el tiempo y por la Federación de fútbol. Los libros de historia hablan de disparos a bocajarro, de trincheras improvisadas y de batallas infames que visten de luto nuestra memoria reciente. Zamora, utilizado por ambos bandos como el símbolo de una España que fue y no pudo, fue recluido en la cárcelo modelo de Barcelona a la espera de mejores tiempos para la lírica. De allí fue trasladado a la embajada francesa en Madrid en espera de un salvoconducto que le sacara de aquel infierno de balas y sangre. En uno de sus viajes hacia la estación de tren, uno de los soldados creyó ver el rostro del héroe tras aquella frondosa barba. "¡Zamora, hombre, qué haces con esas pintas!". No supo si reir o llorar. Pese al camuflaje, había sido identificado y, durante un segundo, temió por su vida. Pero el soldado le estrechó la mano, le incitó a seguir y el portero se marchó de España dejando lágrimas y recuerdos. Atrás quedaba el mar y delante quedaba una vida. El exilio le esperaba al mejor portero de la historia del fútbol.

En Francia se enroló en las filas del OGC Niza donde ofreció sus últimas paradas y donde comenzó su carrera como entrenador. Una carrera que le llevó a lo más alto una vez hubo regresado a España y se hizo cargo del Atlético Aviación. Pasaba a formar parte, de esta manera, de la historia de los tres equipos más importantes del fútbol español. En el banquillo su imagen distó mucho de la ofrecida bajo los palos. Cambió el jersey de lana por una chaqueta de paño y la gorra por un pelo sujeto con fijador. Fumaba mucho, algo que ya hacía de joven pero que no hizo realmente público hasta convertirse en director de orquesta. El Atlético ganó sus dos primeras ligas y la gloria se agrandó para quien, durante muchos años, fue considerado como el mejor deportista español de todos los tiempos.

Tras su exitoso paso por los banquillos, alcanzó el puesto de seleccionador, pero aquella silla eléctrica no tuvo piedad ni para el más grande. Poco a poco se fue alejando del fútbol y se dejó envejecer mientras protagonizaba películas de bajo presupuesto y preparaba a su hijo mayor para el salto a la primera división. Las cosas ya habían cambiado mucho, España vivía bajo el puño de hierro de la dictadura, el miedo había dejado paso al silencio y el silencio abría viejas heridas que no terminaban de supurar. Le dio tiempo a volver a vivir en democracia y cuando ya hubo contado a todos sus historias, falleció un día de verano de 1978, cuando a España le regaba aquel sol que había sido testigo de su parada más espectacular. Para entonces, muchos habían olvidado a Escolá y había quien aseguraba que Zamora había volado como un superhéroe. No era cierto; había sido una parada inmortal protagonizada por el más admirado de los mortales. Un mortal que dejó un legado vestido con jersey de lana y calado con una gorra de fieltro.

Un mortal cuya memoria reside en el nombre de una plaza en el barrio de Sarriá, allí, junto al lugar donde estuvo el estadio donde vivió sus mejores tardes, un lugar en la leyenda del fútbol español reconocido en nombre de premio al portero menos goleado, un lugar en el ideario de nuestra historia y una leyenda que recorre las calles cada vez que una final de copa se acerca y los abuelos cuentan la historia de una parada imposible, la misma historia que habían escuchado en boca de sus padres. Algunos, con un poco de fortuna, pudieron estar allí. Pudieron aplaudir el vuelo, reconocer al mito y sacar al maestro en hombros después de su faena más recordada.



Fuentes: Wikipedia, Biografías y vidas, realmadrid.com, 20 minutos, fcbarcelona.es, defensacentral.com, madridismosalvaje.com, centurymatch.com, Marca, ceroacero.es, Amigos blaugranas, La Vanguardia, ABC    Foto: halloffameperico.com